La vivienda como servicio: Por qué el negocio ya no es vender cemento

por Carlos Solis-Tejada

Por: Carlos Antonio Solís Tejada

El negocio tradicional de la construcción en nuestras ciudades está llegando a su límite. Durante décadas, la receta para ganar dinero en el sector inmobiliario ha sido siempre la misma y muy lineal: comprar un terreno, pedir un préstamo millonario al banco, levantar un edificio de la nada, vender los apartamentos uno a uno al por menor y salir corriendo hacia el siguiente proyecto. Sin embargo, este viejo motor transaccional está perdiendo fuerza. Las tasas de interés suben y bajan de forma volátil, la tierra está carísima y los salarios de la clase media profesional están estancados. Ya no es tan fácil calificar para una hipoteca a 30 años.

Hoy, las empresas desarrolladoras se enfrentan a un dilema obligatorio: o siguen compitiendo en ese mercado de venta de cemento cada vez más estrecho, o cambian el chip hacia un modelo de negocio basado en la permanencia y los ingresos recurrentes. La respuesta no está en seguir tirando concreto en las afueras de la ciudad, obligando a la gente a pasar tres horas diarias en el tráfico. La respuesta está en cambiar la forma en que gestionamos e inyectamos valor a los metros cuadrados que ya existen en los centros urbanos. Es el paso de la venta tradicional al concepto de Vivienda como un Servicio.

El verdadero desafío de nuestros barrios céntricos no es que falte gente con ganas de vivir en ellos. El problema es una desconexión matemática: los precios de venta de los apartamentos nuevos son de lujo, pero la fuerza laboral que sostiene la economía de la ciudad —maestros, enfermeras, técnicos, oficinistas y jóvenes profesionales— gana salarios de clase media. Intentar resolver esta brecha construyendo edificios nuevos desde cero es casi imposible si se quieren mantener precios lógicos, porque excavar sótanos para estacionamientos subterráneos y cumplir con las burocracias de la obra nueva eleva los costos al cielo.

La verdadera asequibilidad y la renovación de nuestras ciudades deben nacer del arbitraje operativo del inventario existente. ¿Qué significa esto? Significa, simplemente, ganar dinero reviviendo y ordenando edificios viejos, en lugar de gastar millones construyendo desde cero. Nuestras ciudades están llenas de un inventario invisible: edificios de apartamentos construidos en los años 70, 80 o 90 que estructuralmente están perfectos (sus columnas de concreto durarán cien años más) y tienen ubicaciones envidiables cerca de las estaciones de Metro. Sin embargo, sufren de abandono: fachadas sucias, elevadores dañados y administraciones informales en cuadernos viejos. Están mal administrados, no mal ubicados.

El negocio del futuro no requiere verter más cemento, sino desplegar orden y tecnología sobre ese cascarón que ya existe. Al asumir la administración de estos edificios obsoletos, introducir una aplicación digital para eliminar los retrasos en los pagos y optimizar el espacio interior, el valor cambia por completo. Si el edificio tiene apartamentos gigantescos y viejos que hoy nadie puede pagar, el modelo los remodela y los divide internamente en unidades más compactas, modernas y eficientes (de 40 a 60 metros cuadrados), transformando las áreas muertas o abandonadas en espacios comunes espectaculares que todos comparten, como una buena lavandería comunitaria o un salón para trabajar. Así, se pueden ofrecer alquileres entre un 15% y un 20% más baratos que el mercado común.

Sin embargo, para que este negocio funcione y sea financieramente defendible, los datos deben mandar sobre la geografía. En los barrios de rentas medianas-altas, comprar y factorizar estos activos viejos solo hace sentido si se adquieren con descuentos drásticos que reflejen su edad, logrando que el edificio se llene de inquilinos estables que generen un flujo de dinero constante, atrayendo a los grandes fondos de inversión que buscan rentabilidades seguras. Por el contrario, en los barrios de rentas medianas-bajas, comprar los inmuebles a precio de mercado para intentar alquilar barato es una contradicción aritmética que no cierra; en esas zonas, la empresa jamás debe comprar un ladrillo, sino operar estrictamente como una gestora digital, cobrando una comisión por ordenar el edificio de los dueños actuales sin alterar los precios del vecindario.

Este enfoque exige también despojar a la palabra «comunidad» de romanticismos ideales y tratarla como una herramienta fría de buena administración. La convivencia sana en un edificio no se logra haciendo entrevistas sicológicas ni comités de vecinos para ver quién «merece» entrar, lo cual es comercialmente lento y legalmente peligroso. Se logra mediante la transparencia: exponiendo reglas de convivencia rígidas y claras sobre el ruido, el reciclaje y las mascotas antes de firmar, para que el mercado se auto-seleccione por comportamiento. Cuando los inquilinos entran sabiendo las reglas y usan la tecnología para votar democráticamente si el salón de abajo será un gimnasio o una guardería, cuidan el inmueble como propio. Una comunidad corresponsable reduce drásticamente los apartamentos vacíos y los costos de reparaciones de emergencia, protegiendo las ganancias.

Finalmente, para que este modelo sea sostenible, cada proyecto debe pasar un filtro obligatorio que mida su Compatibilidad Urbana Rentable. Las empresas inmobiliarias del mañana no pueden operar como burbujas aisladas que provoquen la expulsión o el desplazamiento de los residentes históricos de un barrio. Cada intervención debe demostrar con números que reduce los espacios abandonados de la manzana, ilumina la calle, mejora la acera para el peatón e integra los servicios que los vecinos de la zona realmente necesitan.

Evolucionar de constructores tradicionales a operadores institucionales de vivienda de proximidad es el camino para extraer valor financiero, social y urbano de lo que ya está construido. No se trata de hacer caridad con el dinero de la empresa, sino de entender que el respeto al entorno es un acelerador de valor y que la compatibilidad con el barrio es el mejor escudo contra los riesgos comerciales. Al final del día, las empresas que sobrevivan los próximos cincuenta años no serán las que viertan más concreto en la periferia, sino aquellas capaces de transformar el hábitat central en una plataforma de servicios eficiente, rentable y profundamente conectada con la realidad de su calle.