La Ciudad Espléndida

Observaciones urbanas para una sociedad más humana

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Vivienda Digna. Una eterna discusión bizantina.

El día 28 de octubre de 2021 Antónima, en su cuenta de Instagram publicó una tertulia en la cual se discutiría el desalojo de los invasores de los terrenos contiguos al Hospital Nicolás Solano en La Chorrera en el cual crearon el asentamiento informal de Tierra Prometida en 2018. Dicha tertulia merece una respuesta pues los invitados y su anfitrión, hicieron todo menos un análisis crítico del tema que se suponía que tratarían. Fue ante todo una forma de apología del delito, mal disfrazado de buenísimo en forma de una falsa empatía.

Pero hagamos el análisis crítico por ellos. Comencemos por el título del conversatorio: Vivienda Digna ¿Derecho o sueño que cumplir? Tenemos tres conceptos dudosos: 1. Vivienda Digna. 2. Derecho a la vivienda digna. 3. La vivienda digna como un sueño que cumplir. Obviamente la base débil comienza por la Vivienda Digna.

Todos sabemos que es una vivienda, pero ¿Qué la hace digna o adecuada? ¿Su estética? ¿Su equipamiento? ¿Su emplazamiento urbano? ¿Sus habitantes? ¿Los materiales del que está hecha? ¿Su seguridad? Típicamente es una combinación de todos. El problema radica en lo escurridizo que resultan todos estos aspectos…y quien define su «dignidad o su calidad».

Una vivienda típica en un asentamiento informal panameño consolidado del siglo XXI en cuanto a su calidad, estética, equipamiento, materiales, en muchos aspectos (o sea como una realidad material aislada) pudiera ser considerada como “burguesa” para un observador de la primera mitad del siglo XX. Lo mismo se pudiera decir de las viviendas económicas de “interés social” que se venden en el mercado actualmente. Sin embargo, hoy día son consideradas “indignas” por muchos.

Es evidente que la vara con la que se mide es aquella del observador de clase media (con los conceptos que maneje en el momento) o en su defecto, el estilo de vida clasemediero criollo desde el punto de vista de la persona de ingresos bajos, aunque mayormente se trate de una caricatura de dicho estilo de vida o los símbolos de estatus de dicho estilo de vida.

Con el crecimiento económico experimentado en los últimos 15 años y con el incremento del nivel de vida de la población que le siguió, las expectativas sobre que es una “vivienda digna” sin duda han aumentado.

Luego tenemos el concepto de la vivienda como un derecho social.

Los derechos sociales como concepto suenan bien en principio, sin embargo, existe un problema práctico… ¿Quién los garantiza? Dicen que “el Estado” sin embargo esto más bien debe entenderse como los contribuyentes, o sea todos aquellos que pagan de forma regular o puntual alguna tasa, timbre o impuesto sean estos individuos o empresas.

En principio pareciera que “todos” o la “la sociedad” “solidariamente” está pagando por garantizar dichos derechos que se tienen por el sólo hecho de una persona existir. ¿Pero es esto realmente así? Además, cabe preguntarse si existe o no un deber moral de pagar solidariamente por el acceso a dichos derechos. Y es que los derechos sociales parten de convertir unas necesidades en unos derechos los cuales parecieran ser distintos, por ejemplo, al derecho a la vida el cual es verdaderamente inherente al individuo por el solo hecho de existir.

Ciertamente una existencia humana saludable depende de que a nadie se le niegue directa o indirectamente el poder comer, beber, cobijarse de las inclemencias del tiempo o a su seguridad, todos los cuales contribuyen a prolongar su vida, todas necesidades que a lo largo de la historia humana han podido ser satisfechas con el esfuerzo personal del individuo o con ayuda de su familia, amigos, vecinos, etc.

Sin embargo, todo ser humano también tiene derecho a la propiedad privada, ¿Qué cosas pueden entrar dentro de un régimen de propiedad privada? En su expresión mínima, todo aquello que tiene puesto. La respuesta se torna más compleja cuando se tratan de bienes que también pueden ser de propiedad colectiva y que sirven para sostener la vida por ejemplo los implementos de trabajo, pero sobre todo el acceso a las fuentes de agua y el bien más preciado, la tierra tanto para el cultivo como para la vivienda, así como la vivienda en sí.

En la Biblia encontramos codificado desde hace milenios conceptos morales tales como “No robarás” o “No codiciarás los bienes ajenos”. También existen prohibiciones en cuanto a la usura, o sea el prestar dinero esperando en contraprestación la devolución de lo prestado y un extra adicional por el servicio prestado, muchas veces por sumas totales que superan con creces lo prestado originalmente y que de por si constituye una forma de robo.

También la Biblia nos manda a honrar nuestra palabra diciendo “No darás falso testimonio ni mentirás”, lo cual nos obliga a cumplir con nuestros compromisos verbales y escritos, sin embargo, no se pueden hacer pactos que sean contrarios a la preservación y dignidad de la persona misma pues se violan otros mandamientos tales como “No matarás”.

Si en sociedades más sencillas, con menos gente y abundante tierra a disposición se hizo necesario codificar reglas que protegen al individuo y la sociedad de la que forma parte mediante en leyes divinas, es lógico que se haya hecho necesario profundizar en estas reglas a medida que nuestras sociedades se han hecho más complejas, requiriendo de una elite que administre y gestione nuestra convivencia, o sea un gobierno. A dicho gobierno entonces le toca dirimir los limites entre derechos que compiten entre sí y de gestionar los recursos cada vez más escasos, para que se multipliquen o se distribuyan entre sus súbditos de manera justa.

Dicho todo esto, ¿Existe un derecho a la vivienda? Definitivamente que sí. Si no, violentamos en última instancia el derecho a la vida de cada individuo y nuestro deber moral de no matar. ¿Quién la debe garantizar? Por ética la comunidad o la sociedad. ¿Cómo la debe garantizar? He allí otro problema. Antiguamente en algunas comunidades se hacía en distintos estilos colectivos. Algunas, mediante sus autoridades naturales, podían por ejemplo adjudicar la tierra para construir e incluso ayudaba en la construcción de la vivienda, en otras se compartía espacio dentro de una misma edificación de distintas formas.

Con el desarrollo de las ciudades y de oficios no ligados a la explotación de la tierra, la vivienda comenzó a ser un bien rentable, al igual que la tierra sobre la que se construye o se cultiva, y por tanto sujeto de poder ser adquirida en propiedad privada y explotada para provecho privado. Esto abrió paso a la vivienda en alquiler y a los préstamos hipotecarios.

En Hispanoamérica como en el resto del mundo occidental el problema de la vivienda comenzó primero con la privatización por parte de los gobiernos modernos de las tierras comunales o colectivas, ya sea como propiedad de la Iglesia, de las cofradías (una forma de asociación comunitaria religiosa popular), de los ejidos de los pueblos de indios o de las comunidades campesinas.

Con ello ciertos personajes comenzaron a adquirir grandes extensiones de tierra en propiedad privada aprovechando su ventaja económica y despojando a través de sus contactos gubernamentales a grandes grupos humanos de los beneficios de la tierra que explotaban colectivamente desde hacía siglos bajo el Antiguo Régimen. Todo esto bajo la excusa de poder utilizar la tierra de modo más racional y eficiente, de acuerdo a la lógica del mercado. Sin embargo, el proceso fue legal, y esto es muy importante considerarlo, muy a pesar de que muchas de estas tierras no se volvieron más productivas y algunas de ellas pudieran quedar en el olvido de las familias que las heredaron.

A la paulatina privatización le siguió la centralización del poder y concentración de la economía en las ciudades más poderosas económicamente e influyentes políticamente. También con las mejoras en la salud pública, el aumento del acceso a la educación y mejoras en la sanidad pública, además de mejoras en la productividad agrícola y el aumento del comercio regional e internacional con las carreteras, ferrocarriles y líneas navieras, la población comenzó a aumentar y mientras la tierras para cultivo y el trabajo en el campo comenzó a escasear obligando a mucho a crear nuevos pueblos donde asentarse para vivir, cultivar la tierra y criar su ganado colonizando zonas selváticas o de sabana.

Con la continua devaluación de la labor agrícola y las grandes oportunidades económicas ofrecidas por el comercio y las industrias el proceso de urbanización de la sociedad arrancó en la década de 1930 y cobró dinamismo a partir de la década de 1950. Los migrantes e inmigrantes comenzaron a encontrarse primero con la escasez de vivienda en las ciudades, dicho problema fue solventado mediante la ocupación forzosa de tierras nacionales o tierras ociosas propiedad de latifundistas en una era donde estaba de moda entre políticos la Reforma Agraria que buscaba ponerle fin al latifundismo y daban su respaldo político a los asentamientos informales, sin responsabilizarse necesariamente por su equipamiento para hacer de ellas lugares donde vivir sanamente.

Desde la década de 1950 hasta el presente muchas cosas han cambiado, el alquiler en Panamá dejó de ser en la práctica un negocio seguro en la década de 1970, con leyes que buscaron proteger a los inquilinos de los abusos de los caseros y en la década de 1980 como forma de paliar el costo de la vivienda autoconstruida se introduce la ley de interés preferencial, que en teoría subsidia a los intereses bancarios que deben pagar los consumidores, constituye en la práctica un subsidio a los constructores y a los terratenientes que pudieron aumentar el precio del suelo urbano y urbanizable. Esto incentivó el desarrollo de nuevas urbanizaciones de vivienda unifamiliar en las tierras de las familias latifundistas, algunas de las cuales también tenían intereses en el sector financiero y de construcción. Otros terratenientes en zonas urbanas aprovecharon para desarrollar vivienda multifamiliar en altura gracias a cambios en los códigos de zonificación que les regaló el gobierno central Un negocio redondo con apoyo del estado.

¿Justifica todo esto la invasión de tierras en 2021? Moralmente no, si consideramos que el fin no justifica los medios. Por otro lado, el acceso a la vivienda no ha disminuido, más bien ha aumentado. Muchas personas también han visto su poder adquisitivo aumentar, el problema es que un 40% de la población vive o labora en el sector informal de la economía.

Sin declaración de impuestos, sin ficha del seguro social, los bancos no tienen certeza alguna de que recuperarán el dinero prestado. Prueba de que no se trata necesariamente de un problema de ingresos es la rapidez con que algunos moradores de asentamientos informales comienzan a construir casas de diseño y fabricación comprables a las del mercado formal. El problema mayor está en los costos asociados a la provisión de servicios básicos como luz, agua potable, alcantarillado y telecomunicaciones. Dicho costo entonces se lo traspasan a la sociedad en general.

Pero, con los papeles en orden sí es posible conseguir vivienda formal en urbanizaciones formales, en lugares idóneos. No en laderas de cerros con tierra inestable o zonas inundables, sino en lugares en donde pueden estar seguros de que su propiedad podrá valorizarse y constituir de un capital para futuras inversiones o para asegurar parte de su vejez. El problema es que, debido al alto costo de la vivienda céntrica, entonces la vivienda asequible se está ubicando en las periferias, compartiendo espacio con las viviendas informales y hasta absorbiendo parte de su población constituyendo la clase media emergente. Es menester incluso señalar que el gobierno brinda un bono de $10,000 para la adquisición de vivienda e incluso subsidia los intereses de la vivienda con un valor menor a $40,000.

Entonces oportunidades para quien las busca hay, el problema es la vida precaria que muchos tienen en Panamá debido a su limitada formación financiera y de economía para el hogar. Ciertamente existe un problema ético dentro de la banca que practica formas extremas de usura y el estado no se atreve a brindar alternativas sostenibles a dicho régimen. Por ejemplo, reformar la Ley General de Arrendamiento para que pueda volver a ser un negocio rentable, pero ético. También considerar la posibilidad de que la Caja de Seguro Social adquiera el Banco Hipotecario Nacional y entre en el negocio de la vivienda tanto en hipoteca como en alquiler.  

Entonces para resolver la pregunta si la vivienda es un sueño por cumplir, la pregunta es en que consiste dicho sueño. Si el sueño es ser propietario de la tierra sobre la que tienes tu vivienda, ciertamente este no puede convertirse en un derecho universal tomando en consideración la necesidad de preservar los recursos agrícolas, minerales y naturales.  Si el sueño es tener una vivienda con la misma calidad y diseño que una vivienda cara, eso no suena muy factible mediante los mecanismos de mercado. Vivir alquilado o hipotecado deben ser opciones igual de válidas y sin ninguna distinción social, pero de ninguna manera se puede pensar en regalar la tierra pues la sociedad pierde una oportunidad para aprovechar dicho bien de manera más eficiente.

Ahora lo que debemos cuestionar es el considerar la vivienda como un hecho aislado del hecho social. Cuando se crean urbanizaciones rara vez se piensa que se están creando comunidades en las cuales debería haber también una jerarquía social en donde las élites locales cuiden de los demás; comunidades donde exista una vida económica y cultural propia, una comunidad donde puedan convivir varias generaciones sin que el régimen de propiedad privada ni las normativas de urbanización dificulten el crecimiento natural. Esto no lo provee ni el asentamiento informal ni la urbanización suburbana y requiere ser repensado.

En fin, muchas preguntas sin resolver satisfactoriamente que requieren de discusiones más serias que la mera justificación de un acto que afectaba la propiedad del colectivo, de la nación, de un hospital.

Llegó la hora de repensar la legislación inmobiliaria (Segunda Parte)

Tomando en consideración que ya están bajando los precios a pesar del subsidio estatal, quizás no haya que hacer nada en cuanto a subsidios y simplemente dejar que el mercado haga su trabajo, quizás sea hasta más democrático y económico para el estado y los consumidores eliminar completamente el interés preferencial y que todas las propiedades compitan casi en pie de igualdad logrando por fin la tan anhelada rebaja de los precios. Y digo casi porque aún queda el escollo infranqueable para muchos del abono inicial exigido por los bancos que en propiedades antiguas puede llegar a equivaler un 20% del valor de venta de la propiedad lo cual las pone en clara desventaja contra las nuevas que sólo exigen hasta un 10% del valor de venta de la propiedad y el acceso restringido para ese 40% de la población bajo el umbral de la informalidad.  Esta es una de varias áreas de oportunidad para el diputado en el pudiera proponer reenfocar por ley el interés preferencial al financiamiento del abono inicial, lo cual pudiera ser más efectivo en brindarle acceso más inmediato a la vivienda a las personas que tienen esta necesidad. A largo plazo se hace importante también retomar la flexibilización del mercado de alquiler cuyo beneficio para el consumidor, el patrimonio arquitectónico y el ordenado desarrollo de nuestras ciudades serían inmensos.

Otro tema que se está haciendo urgente es el del mantenimiento de los edificios y urbanizaciones en régimen de condominio. Es evidente tras hacer un recorrido por la ciudad que numerosos inmuebles en régimen de Propiedad Horizontal que muchos de estos tienen problemas de mantenimiento a pesar de ser nuevos. Si bien se aprobaron recientemente importantes reformas a la Ley de Propiedad Horizontal, hace falta varios importantes, pero pequeños cambios.  Por ejemplo, la obligatoria inclusión de la cuota de mantenimiento dentro de las cuotas mensuales anunciadas por los promotores y por pagar a los bancos y que los mismos transfieran las cuotas de mantenimiento a las cuentas de las administraciones de los edificios y urbanizaciones.

También se hace imperativo legislar la obligación de los promotores de mantener su rol como empresa administradora de los edificios y urbanizaciones para mantener los mismos además de hacer valer directamente las garantías de las construcciones, en caso de defectos constructivos, y de crear una cultura de armonía comunitaria sostenible en el tiempo con códigos de diseño claros y reglas de convivencia claras.

Otro cambio importante en este sentido pudiera ser la posibilidad de retener la propiedad de la tierra por parte de la promotora vendiendo solo las mejoras, dándole así mayor músculo a la hora de darle el mantenimiento predictivo, periódico y programado en especial de las urbanizaciones. A largo plazo se hace necesario articular toda la legislación inmobiliaria con la legislación en materia de descentralización y de ordenamiento territorial para que funcionen como un todo armónico que permita una mejor gobernanza urbana desde el nivel micro al nivel macro.

Por último, me gustaría señalar otra área de oportunidad, el costo y procedimiento de las sucesiones. En Panamá muchas propiedades al morir sus propietarios quedan en un limbo administrativo al entrar en disputas entre herederos. En ese sentido se hace necesario introducir algún concepto de presunción de herencia mediante la cual automáticamente, una vez registrada la defunción en el Registro Civil, el Registro Público registre como propietarios con orden de precedencia primero a los cónyuges y luego de la muerte de estos a los hijos de estos. Con esto debería buscarse evitar el largo y oneroso Juicio de Sucesión Intestadas que en no pocas ocasiones dejan en estado de abandono muchas propiedades en nuestras ciudades. En caso de existir testamentos, las notarias deberían registrar digitalmente los beneficiarios del testamento de manera que una vez se registre digitalmente la defunción se haga el cambio de propietario de forma automática además de ejecutar los seguros en caso de hipotecas. Esto le ahorraría mucho dinero a los herederos que deben tramitar sus derechos con abogados que les cobran hasta un 25% de la masa heredada, valor muchas veces que no es líquido y que deben asumir de su bolsillo los herederos, muchos de los cuales no son ricos.

En fin, existen muchas cosas que pudieran hacer los diputados a la hora de beneficiar a los ciudadanos en el tema vivienda, hace falta que consulten más a los ciudadanos y entiendan mejor sus problemas.

Llegó la hora de repensar la legislación inmobiliaria (Primera Parte)

Por Carlos Antonio Solís Tejada

El miércoles 4 de agosto de 2021 el diputado Gabriel Silva del circuito 8-8 anuncia en su cuenta de Twitter un anteproyecto de ley que busca ampliar el interés preferencial a las viviendas usadas. Por un lado, me alegró porque me parece que se acoge (implícita o explícitamente) uno de los argumentos esgrimidos en mi artículo “La Trampa del Interés Preferencial” (La Prensa, 24/7/2019) sobre la democratización de dicho subsidio, además del posible impulso que le pudiera dar a la maltrecha economía panameña al incentivar el consumo del inventario disponible además de su remozamiento y mantenimiento para facilitar una venta posterior como efecto indirecto lo cual redundaría en mayor empleo para los pequeños y medianos contratistas y toda la cadena de provisión y servicios técnicos que se necesitan, todo lo cual pudiera redundar positivamente en la economía de las personas con ingresos bajos y medios.

Desde el punto de vista del consumidor dicho proyecto de ley no tendrá el efecto anunciado por el diputado en sus redes sociales de evitar el consumo de vivienda en áreas periféricas al hacer más asequibles las viviendas céntricas, es más quizás tenga el efecto contrario tomando en consideración el tope de B/. 180,000.00. Con dicho tope no se podría comprar ninguna vivienda usada en Chanis, Betania, Bella Vista o San Francisco lugares donde los precios no bajan de los B/.200,000.00.

Y en cuanto a la reducción de los precios, lo que hemos podido observar de la data inmobiliaria es que desde 2019 hasta la fecha es que se ha ido dando un lento descenso de los precios de oferta por m2 de venta y el vertiginoso descenso de los alquileres desde 2015. Pero, aún no hemos llegado al punto de equilibrio del mercado y, para más inri de todos, ese punto de equilibrio se alejó más con la brusca reducción del poder adquisitivo del panameño promedio a causa de las medidas de mitigación de la pandemia de la COVID-19 todo lo cual pone en duda la premisa del diputado.

Por otra parte, el proyecto del diputado Silva tampoco considera el aspecto fiscal de todo esto y es que desde 2020 el estado se ha tenido que endeudar para cumplir con sus compromisos financieros, ¿de dónde va a sacar el dinero el gobierno para pagar a los bancos el interés preferencial? Es más… ¿con la morosidad de casi 10 años que tenía el gobierno con la banca (hasta 2019) en concepto de pagos del interés preferencial además de los impagos de muchos prestamos actuales tendrá apetito el sector financiero para volver a prestar generosamente a proyectos que califican para esta clase de subsidio?

Como contraargumento se pudiera decir que con la ampliación de la cobertura se pudiera incentivar una rebaja más súbita de los precios del inventario disponible (nuevo y viejo) al entrar, en teoría ambos tipos de propiedad en competencia a corto plazo consumiendo el inventario disponible sin importar su edad lo cual pudiera incentivar un nuevo ciclo inmobiliario. Pero una vez más todo depende de la voluntad de los propietarios de devaluar sus propiedades a niveles que sean asequibles para los consumidores de ingresos bajos y medios (dentro de los rangos cubiertos por la ley).

El problema de asequibilidad de la vivienda no se resuelve necesariamente subsidiando la compra de vivienda, lo que las personas al final necesitan es tener un techo donde cobijarse y una comunidad donde prosperar. Quizás sea momento propicio para los diputados de liberar el mercado de alquileres atado por actual Ley de Arrendamiento de Vivienda que ha funcionado en detrimento de quienes se suponía tenía que beneficiar: a los segmentos de menor y mediano ingreso de la sociedad al hacer de dicho mercado poco rentable y seguro para los dueños de inmuebles y los inversionistas quienes han preferido invertir en proyectos de vivienda nueva para la venta. Al darle mayor control a los propietarios de inmuebles y con la adecuada promoción del ingreso de inversores institucionales como la banca estatal, la Caja de Seguro Social además de los Fondos de Pensiones y los Fondos de Inversión Privado de todas partes del mundo se abre una vía interesante para que el panameño promedio tenga una vivienda sin endeudarse crónicamente.

Si de verdad se quiere ayudar al sector inmobiliario (promotoras, dueños y bancos) a salir de su inventario disponible y al consumidor a tener una vivienda propia, el diputado debería promover por ley la formalización masiva de los trabajadores autónomos e informales bajo la nueva Ley de Sociedades de Emprendimiento de Responsabilidad Limitada y bancarizarlos masivamente (también de forma masiva) a través de la banca estatal y que la misma le facilite un mayor acceso al crédito considerando el comportamiento de sus ingresos registrados en sus cuentas y por otra promover leyes derivadas de políticas de estado que busquen diversificar la economía panameña y sacarla del estancamiento. De esta manera se amplía la base de consumidores con pleno acceso al mercado.

Sigan leyendo en la segunda parte.

Tributo al Ing. Carlos Augusto Solís Woo

1952- 2021

El lunes 14 de junio del Año del Señor 2021, fue llamado a la presencia de nuestro Dios, víctima de las secuelas del COVID-19, el Ing. Carlos Augusto Solís Woo, esposo dedicado, padre abnegado de cuatro hijos, abuelo cariñoso de ocho nietos y hombre piadoso reconocido por propios y extraños por su alegría, positivismo y gran sentido del humor.

El Ing. Solís nació en el Hospital Gorgas de la antigua Zona del Canal un 2 de agosto de 1952, siendo el segundo hijo de Bernabé Solís (un mecánico costarricense que laboraba para las fuerzas armadas de los EE.UU.) y de Eva Woo (ama de casa, nacida en Ciudad de Panamá). Entre 1958 y 1964, cursa sus estudios primarios en el Paraiso Elementary School. En 1964 se muda a la ciudad de Panamá ingresando en 1965 al Primer Ciclo Panamá. Su juventud no estuvo exenta de vicisitudes y retos por los vaivenes familiares. Sin embargo, desde muy joven tuvo sus metas claras, una de ellas era de convertirse en Ingeniero Civil. Es así como a pesar de las dificultades, Carlos optó por su sueño y se matricula en el Instituto Nacional en 1968, egresando con un Bachiller en Ciencias para luego ingresar al entonces Instituto Politécnico de la Universidad de Panamá en 1971, que luego pasaría a ser la Universidad Tecnológica de Panamá en 1981, y de donde se graduaría en 1983.

En 1973, Carlos conoce a Miriam Tejada y después de un noviazgo de 7 años se casan en 1980. Siendo aún estudiantes en 1981 el joven matrimonio tiene su primer hijo Carlos Antonio y en 1983 tienen a su segundo hijo Luis Antonio. Tiempo después ya ejerciendo ambos la ingeniería civil y brevemente la docencia universitaria, en 1987 nacería su hija Mairim Alexandra y en 1994 Marian Estela. Carlos y Miriam siempre creyeron que la única y mayor herencia para sus hijos era la educación. Es por ello por lo que, confiando en la Providencia Divina, invirtieron y apostaron fuertemente en su educación primaria, secundaria y universitaria. Hoy por hoy esa apuesta alta ha rendido sus frutos y servido de inspiración para otros familiares que han optado por recorrer una senda similar.

Con el ingreso de Carlos al Colegio de Ingenieros Civiles de la Sociedad Panameña de Ingenieros y Arquitectos en 1983 inicia su faceta gremial apoyando siempre todos los esfuerzos de la SPIA en pos de la defensa profesional coronando su participación en 2001 ocupando el cargo de Director del Colegio de Ingenieros Civiles.

Profesionalmente, Carlos ejerció mayormente como constructor independiente en el sector privado realizando pequeños proyectos en las décadas de 1980 y 1990. En la década de 2000 labora en grandes proyectos tales como el Puente Centenario, la Ampliación del Puerto de Balboa y el Tercer Juego de Esclusas del Canal de Panamá. 

Su ingreso a la Autoridad del Canal de Panamá en 2009 fue quizás su mayor logro a nivel profesional y causa de gran orgullo. Y fue así como en marzo de 2021, después de doce años, en cumplimiento de sus deberes como trabajador canalero, contrajo el virus COVID-19 cuyas secuelas terminaron lentamente cegando su vida.

Carlos fue un hombre de Fe comprometido con la Iglesia y contribuyendo a ella en distintas formas y procurado, junto con Miriam, transmitirles su fe a sus hijos. Su formación bíblica fue una referencia constante en sus conversaciones familiares y sin duda guiaron en la mejor de sus posibilidades su actuar diario. Sin dudas los 104 días de lucha contra las secuelas del COVID-19 fueron preparándole a él para la nueva etapa de su vida, en el más allá.

Su ejemplo de Fe en la Providencia, generosidad, perseverancia en su actuar sazonado por su particular sentido del humor no serán olvidados por su esposa, hijos, nietos, familiares, y amigos cercanos quienes esperan reencontrarlo en la vida eterna.

La Constitución del Bicentenario (I)

La promulgación de la Constitución de 1812, de Salvador Viniegra.

Panamá tendrá una vez más la oportunidad de sentarse y repensarse a sí misma como sociedad y estado con una pluralidad mayor de actores que aquellos concejales, militares y clérigos que declararon su independencia de la soberanía de su Majestad Católica Fernando VII en distintas ciudades y pueblos, para adherirse al naciente estado colombiano surgido tras el desmembramiento de la Monarquía Hispánica en el norte de Sudamérica. Dicho desmembramiento se dio como resultado de las invasiones napoleónicas, la consiguiente situación caótica de la institución monárquica y el influjo de nuevas ideas sobre el rol político del individuo y la naturaleza de la economía y del estado importadas desde Francia, Alemania e Inglaterra que despertaron en algunos sectores de la élite criolla el deseo de ejercer un mayor poder político ante la creciente realidad de que su poder económico muchas veces igualaba o superaba al de los nobles.

Dicha situación brindó la oportunidad para que las elites de las Españas en ambos lados del hemisferio asumieran en nombre de sus pueblos la soberanía en ausencia del rey y se dieran a si mismas una Constitución en 1812 bajo la pretensión de traspasar la soberanía del rey al pueblo, convertir a los todos sus súbditos en ciudadanos con iguales derechos ante la ley y la pretensión americana al retorno a una forma más descentralizada de gobierno. Con la restauración de Fernando VII tras la derrota francesa en la llamada Guerra de Independencia Española, en 1814 la constitución es abolida pero su legado en América pervivió en las nacientes repúblicas hispanoamericanas. Sin embargo, al pueblo llano nunca se le consultó formalmente.

Durante los 200 años transcurridos las elites tanto colombianas como panameñas fueron experimentando con diversas formas de gobierno republicano con ideas traídas desde los EE.UU., Francia, España y otras repúblicas americanas aprendiendo el arte de gobernar y controlar territorios que eran más grandes que los ejidos municipales a los cuales estuvieron acostumbrados a controlar durante los tres siglos de gobierno monárquico. Este proceso de experimentación, aprendizaje y consolidación de los estados modernos que hoy definen la América Hispana no ha estado exento de álgidos debates ideológicos entre liberales y conservadores y disputas entre las élites urbanas y rurales o de distintas regiones que se terminaron dirimiendo por las armas en constantes golpes de estado y guerras civiles que dieron a la luz diversas constituciones.

Al constituirse la República de Panamá en 1903, una vez más un selecto grupo de políticos, militares, profesionales y empresarios capitalinos se reunieron no solo para declarar la independencia sino a continuación de organizar una Asamblea Constituyente que dio como resultado la Constitución de 1904, la cual fue básicamente una adaptación de la constitución colombiana de 1886 y sobre la cual se han basado las constituciones de 1941, 1946 y 1972 (reformada en 1984 y 2004) que pudieran considerarse evoluciones y adaptaciones de la primera constitución.

Para el presente año 2021 las condiciones sociológicas sobre las que se construyeron las constituciones anteriores han cambiado sustancialmente por lo menos desde la Constitución de 1972. Panamá hoy día cuenta con una clase media más amplia y una población general con un alto nivel de alfabetización (más no de educación) y de familiarización con las nuevas tecnologías de comunicación que por lo menos les informa de lo que ocurre en otras partes del mundo y permite una rápida comunicación entre personas con sus mismas inclinaciones políticas y sociales. Con la degradación política del régimen democrático surgido en 1989 después de la invasión militar estadounidense los reclamos que hace dicha clase media ampliada hacia las élites políticas, económicas y culturales que tomaron las riendas del país de las manos de los militares se han ido acumulando en las últimas tres décadas y con la crisis del Covid-19 ha despertado como nunca, distintas iniciativas encaminadas hacia la redacción de una nueva constitución como salida a la percibida crisis política y social.

Sin embargo, dichas iniciativas son sospechosas dado que varias de ellas buscan repetir la costumbre de restringir el debate a un pequeño grupo de constituyentes bajo la influencia de las élites globalizadas imperantes para imponer cambios que quizás no atiendan las inquietudes de las capas medias panameña surgida en las últimas décadas y en cambio busquen consolidar su control político e ideológico y no cambiar nada sustancial de esta república centralista de primos y amiguetes, de oligopolios, concesiones, subsidios y zonas especiales como lo definió Guillermo Chapman que solo buscan explotar la posición geográfica de la zona transístmica y olvidándose del resto del país y de quienes no están en capacidad o no tienen los nexos para involucrase en las actividades logísticas internacionales, de servicios legales y bancarios o en la administración pública.

Los 60 constituyentes que salgan electos tendrán una responsabilidad grande que atender en 9 meses y por la paz social del país más le valdría sentarse con los representantes de esa clase media más amplia en sus comunidades para repensar los fines y objetivos del estado panameño y como hacer para que sea funcional a todas sus comunidades más que a sus individuos. Ciertamente dichas conversaciones deberán ir acompañadas de jornadas educativas para ilustrar a las comunidades sobre que es una constitución, su naturaleza y sus usos prácticos de manera que sobre esa base puedan manifestar a sus diputados como esperan que ellos organicen el estado y su territorio en su beneficio.

Para ello es importante no llegar con una agenda preestablecida como las que han presentado CuCo o Panamá Decide. Al leer dichas agendas preocupa el hecho de que no se hace un cuestionamiento más profundo de las preocupaciones más grandes que han deslegitimado el poder político en Panamá, estos incluyen:

  1. La percepción de falta de certeza de castigo no sólo desde el Órgano Judicial sino de parte de las autoridades locales y nacionales y que dicho órgano no responde a la necesidad de ver que se haga Justicia sin tecnicismos o legalismos que estorben.
  2. La percepción de que no existe un acatamiento estricto de las leyes y normas y que no existen instancias con clara responsabilidad sobre su cumplimiento diario.
  3. La percepción de incompetencia y desorganización institucional dentro de la burocracia gubernamental reflejada en múltiples traslapes, duplicidad de funciones además de la incapacidad de cumplir sus funciones y brindar sus servicios de manera eficaz y pronta.
  4. La percepción de que no existe un norte claro que guíe el accionar de los políticos panameños.
  5. La percepción de que todas las decisiones y soluciones están centralizadas en el presidente, sus ministros y los diputados quienes a su vez se ven limitados físicamente en sus posibilidades de resolver asuntos a nivel micro/local que deberían ser responsabilidad de los alcaldes y representantes de corregimiento.
  6. La percepción de que cada quien debe velar por sus intereses y resolver sus problemas ante la inacción de un gobierno nacional y local que dice estar para atender estos asuntos, pero en realidad no lo hace y si lo hace, lo realiza de manera arbitraria y discrecional apagando fuegos, salvo honrosas excepciones.
  7. La percepción de que los recursos son administrados de manera poco eficiente para solucionar los problemas e invertir en el desarrollo del país.
  8. La percepción de que el estado y su capacidad de generar grandes caudales por medio de préstamos e impuestos deben ser capturados por distintos grupos de poder y sus acólitos (sean estos gremios empresariales, sindicales, partidistas) para sostener una economía que no produce nada útil o de valor agregado con lo cual poder comerciar con el mundo.
  9. La percepción de que Panamá es sólo su ciudad capital y el interior, la Costa Atlántica y el Darién están para servirle.
  10. La percepción de que cobrar impuestos es una forma de robo y dilapidación de recursos ya que no se concretan ningunas de las promesas hechas por la constitución y las leyes de la república que se suponen deberían brindar una especie de estado de bienestar con educación, salud, transporte, seguridad, justicia, ornato y administración pública de calidad y accesibles para todos sin distinción alguna.
  11. La certeza de que el sistema representativo encarnado en los consejos municipales y la Asamblea Nacional no están para representar los intereses mayores de las comunidades que los elige y que su verdadera utilidad radica en su capacidad de traer pequeñas donaciones a sus comunidades, no para su desarrollo, sino para resolver los problemas personales de los votantes y garantizar la reelección de sus diputados y concejales.
  12. La percepción de que para escapar a la lógica de todo lo mencionado anteriormente se deben crear zonas especiales privilegiadas en donde la clase política se compromete tácita o legalmente a no meterse.

Todo esto alimenta la percepción de desdén administrativo y corrupción de todo el sistema político y social y su desprestigio. Panamá no ha colapsado como un estado fallido por el carácter mismo de los panameños un tanto dócil, un tanto cobarde ante la posibilidad real de una pelea a mano limpia o la posibilidad remota de caer en un problema legal ante alguien con mayor influencia en el sistema judicial.

Si bien pareciera que el problema pudiera resolverse mediante una reingeniería constitucional de los poderes del Estado, se hace pertinente cuestionar si el sistema republicano con una democracia representativa y unitaria establecido es el adecuado para resolver los problemas antes descritos. Hablar de esto es para muchos, equivalente a una herejía, y lo es en tanto la democracia liberal se ha convertido en una especie de religión con dogmas, misterios y liturgias que no deben ser cuestionadas a menos que uno quiera ser etiquetado de antidemocrático, que es lo mismo que ser un hereje hijo del demonio y peor aun cuando se cuestiona su vertiente globalista pues se peca además de ser nacionalista, patriotero, xenófobo, homofóbico, racista, colonialista, etc. que es lo mismo que ser el mismísimo Lucifer.

Una reforma constitucional no debería evadir cuestionar y debatir dogmas tan preciados como la dichosa separación de poderes (que ha servido como sistema de protección de corruptos), el sistema parlamentario (que ha dado inmunidad parlamentaria a corruptos) y la aparente necesidad de partidos políticos (cuyos lideres no tienen ideología definida o plan de país y han servido como barcos piratas) como única vía legitima para expresar la voluntad popular. Tampoco se puede evadir la discusión sobre la mejor forma de alcanzar una mejor gobernanza o como debe ser la relación entre gobernantes y gobernados y cuál es el mejor sistema político que representa esa relación deseada. Igualmente, no se puede soslayar el debate cultural e identitario, pues existen propuestas de declarar al país como una república multicultural o multiétnica, un cambio que pudiera degenerar en una mayor fragmentación social que debilita la unidad y la paz social. La discusión sobre la estructura tributaria va íntimamente casada con la pregunta sobre como se debe financiar el gobierno sin cobrar impuestos indeseados y sin crear privilegios, subsidios, concesiones y zonas económicas especiales.

Quizás meterse en eso sería la receta perfecta para el caos y la profundización de la crisis económica y social y lo mejor sería simplemente conformarse con reparar o reformar puntualmente lo que se cree está dañado. Pero la pregunta sobre qué es exactamente lo que está dañando y si eso arreglaría el problema definitivamente no quedaría del todo resuelto. Por tanto, toca proponer, lanzar ideas como lo han hecho desde CuCo y Panamá Decide, pero se hace necesaria una abundancia de propuestas que hagan sentido a todos, que se perciban como naturales y que se atrevan a salir del dogma. Yo tengo un par de ideas, pero esas las compartiré en una siguiente publicación.

El político visto como padrino… ¿reflejo de corrupción social?

He escuchado detenidamente la discusión que se dio en la Comisión de Asuntos Municipales para el prohijamiento del proyecto de ley 004 que elimina las licencias con sueldo para los representantes de corregimiento y los alcaldes propuesto por el diputado Juan Diego Vásquez. Y me llamó poderosamente la atención el argumento central esgrimido por varios miembros de la comisión. El argumento típico se resume básicamente así:

Que en las comunidades urbanas, rurales e indígenas más pobres del país, las necesidades de muchos habitantes son tantas y de distinta clase a causa de su pobreza crónica que estas identifican al representante de corregimiento, alcalde o diputado como la persona que maneja más recursos económicos (en medio de un mar de pobreza) y que puede mejor ayudarles y está en la obligación moral de resolver cualquier eventualidad (funerales, tratamientos médicos, urgencias médicas, problemas familiares, festividades, etc.) que puedan afrontar.

Y dado que los recursos que maneja la Junta Comunal o el Municipio son limitados, no alcanza para atender esta clase de eventualidades y obliga moralmente al político a poner de su propio peculio para ayudar a los más necesitados.  Que el problema, del vecino solicitando ayuda no se resuelve negando dicha ayuda argumentando que ese no es su rol, o apelando a la responsabilidad personal u orientándola a las instituciones más idóneas ya que actuar de esta manera les afecta políticamente, lo cual les deja en una difícil situación.

Por tanto, contrario a lo que cree la clase media capitalina, los altos emolumentos devengados o por devengar por estos políticos en realidad no les pertenecen cien por ciento, sino que en realidad son la caja menuda de sus comunidades, circuitos e incluso de las personas pobres del país y cualquier intento de negarles cualquier fuente adicional de ingresos a los políticos es equivalente a negarles tanto el sustento decente como de un fondo común de socorro apreciado por sus comunidades.

¿Se trata pues de toda una subcultura de la pobreza que resulta difícil de entender para la clase media debido a su posición privilegiada? ¿Será que tenemos ideas diametralmente distintas sobre el rol del político y de la filosofía que debe inspirar la buena gobernanza? ¿Será que ambos lados del debate partimos de premisas culturales totalmente distintas? ¿Quiénes están en equivocados y quienes en lo correcto? 

Se, de buena fuente, que efectivamente a nivel popular el verdadero rol del político local es el de padrino y en ciertos lugares hasta de cacique y en base a ello son medidos. Por tanto debemos quizás olvidarnos un momento de lo que diga la teoría y ceñirnos a los usos y costumbres que dictan la práctica, ya que el problema no parece resolverse apelando a la educación como herramienta para destruir aquello que nos parece contradecir el espíritu individualista del estado liberal y democrático que nos rige legalmente.

Los presupuestos éticos del individualismo que me parece informa la mentalidad de la clase media parecen basarse en la autonomía y el mérito personal como medios para ejercer la libertad entendida como limitación del poder que ejerce sobre el individuo la Sociedad por medio de sus autoridades naturales (padres de familia, clero o líderes comunitarios los cuales hacen valer las costumbres y tradiciones colectivas) para posibilitar así la auto-superación y su auto-perfeccionamiento sin ataduras mediante el propio esfuerzo.

Dicha mentalidad meritocrática tiende a hacer énfasis en la justicia, pero muy poco en la misericordia y la caridad. Le gusta denunciar la corrupción, vista como la transgresión a las reglas establecidas desde el individualismo con poca o nula consideración a las limitantes y miserias de la condición humana, a las realidades sociales y a la historia personal de cada quien las cuales vilifica. Glorifica los logros personales y tiende a poner a todos a competir en base a la envidia y la ambición además de tender a olvidar el rol que pueden jugar las élites locales en compartir conocimientos y recursos para ayudar a otros a prosperar. Y por último dicha mentalidad destruye el tejido social ya que cuando se promueve una mentalidad en donde no somos responsables éticamente de nuestro prójimo, seguimos nuestros instintos básicos y buscamos asociarnos sólo con quienes piensan y actúan como nosotros en barrios propios profundizando las barreras sociales en zonas con mentalidades totalmente distintas.

Y esto también es natural pues como padres de familia también instintivamente buscamos ofrecer lo mejor para nuestros hijos, esto incluye el brindarles espacios (barrios, clubes, escuelas) donde socialicen con quienes puedan representarles una experiencia quizás más placentera con un trato más cordial con contactos que multipliquen su acervo cultural, su fortuna y la de sus descendientes que van escalando socialmente, de manera cada vez más eficiente, descartando el contacto con aquellos que obliguen a hacer muchas pausas en la carrera. Hoy por hoy muchos no quieren perder su tiempo con personas que no parecen “tener remedio”, aún entre familiares. Es dicha mentalidad la que termina desarraigando a las personas y a entretener la fantasía de ser “ciudadanos globales” una ciudadanía conveniente donde se puede uno desligar de las responsabilidades que podamos tener con nuestro entorno.

Esta mentalidad individualista, meritocrática y desarraigada explica la fuga de cerebros y liderazgo que padecen las comunidades marginadas todos los años y que termina profundizando aún más su pobreza pues se pierden referentes sociales y liderazgos naturales que pudieran ayudar a sus vecinos a desarrollarse. Ese vacío de liderazgo natural, es entonces llenado por los políticos y el padrinazgo. Y es esa mentalidad individualista, meritocrática y competitiva lo que explica porque en un barrio o un edificio de apartamentos de clase media los vecinos rara vez nos conocemos bien y colaboramos y el por qué las asociaciones de vecinos y de propietarios tienden a ser campos de batalla donde cada quien defiende su feudo e impera la ley del más fuerte, en especial el que puede pagar abogados para defender sus derechos y fregar a los demás.

Sin embargo, este ideario liberal, moderno, racional e individualista no informa del todo el modo de pensar y actuar de las clases populares, las cuales no ignoran su existencia, pero que rechazan de forma tácita sus postulados sociales, pero de manera contradictoria si han asumido el individualismo, degenerado en la mentalidad del juega vivo, que practica el resto de la sociedad. De hecho, apelar al individualismo o a la auto-superación o dar lecciones de cívica no resuelve de forma inmediata la falta de ingresos fijos, ahorros, crédito o de seguros privados que padece por lo menos el 19% de la población en pobreza multidimensional, por razones propias de su condición, o como máximo el 45% que vive en la informalidad. Mucho menos le resuelve el dilema moral al político, por más liberal e individualista que sea, de dar o negar la ayuda solicitada a menos que aspire al martirio político. ¿Entonces cuál es la solución?

Quizás lo primero que haya que hacer es conciliar la ley con los usos y costumbres del pueblo y no al revés forzando a las personas a amoldarse a un orden legal individualista que en 200 años no ha logrado completamente crear un nuevo orden social fuera de los barrios de clase media. De esta manera podemos dejar de hacer reclamos estériles que lo único que hace es crear división social. Lo segundo que sería necesario impulsar es el desarrollo económico local en base  a un pacto social en dónde se establezcan los medios legítimos para canalizar la solidaridad y subsidiaridad por ejemplo a través de las Juntas Locales de Desarrollo o las instituciones caritativas y de ayuda mutua religiosas. Un pacto en donde los que más tienen, en distintos grados, sean vistos como administradores de bienes dados en préstamo por el Creador y no como dueños absolutos y merecedores de todo lo que tienen sin considerar la sociedad que les posibilitó su relativa prosperidad. Un orden en donde las personas tienen una obligación personal de contribuir al colectivo (familia, barrio, pueblo, nación), una obligación moral que no puede ser delegada enteramente a un ente abstracto como el Estado.

Las comunidades deben recuperar su capacidad para resolver sus problemas de manera solidaria y subsidiaria posibilitándoles superar la aberración del político padrino, dispensador de favores y gracias con dinero público, y que le sirve de coartada perfecta para aumentar su fortuna personal bajo la excusa de que con su fortuna ayuda a los demás, a diferencia del empresario individualista que no comparte nada, según ellos. La pregunta es cómo lograrlo tomando en consideración la mentalidad del juega vivo que previene a muchos de colaborar.

Las respuestas definitivas a todas estas inquietudes no son fáciles de responder. Tocará debatirlas públicamente con los datos y hechos que sean necesarios para encontrar una solución de largo plazo que satisfaga a todos. Mientras tanto quizás lo más pragmático sea aumentarle el salario a las autoridades locales y la asignación presupuestaria a los corregimientos y distritos. Después podemos comenzar a debatir cual es la forma de gobierno que en verdad quiere la gente porque al parecer las democracias representativas y la mentalidad meritocrática e individualista no parecen serles de mucha utilidad a las grandes mayorías que esperan que el político resuelva problemas prácticos y no problemas abstractos de los cuales tiene poca comprensión y no tienen por qué hacerlo.

Hacia un Plan de Vivienda verdaderamente Solidario

Por Carlos Antonio Solís Tejada

Es triste ver como gobierno tras gobierno se sigue gastando dineros públicos, recalentando las mismas recetas de siempre con resultados cuestionables en busca de supuestamente resolver el problema práctico de la vivienda (vista solamente como el espacio físico “formal y digno” o sea una casa o apartamento no improvisado) que representa además una oportunidad de negocios a constructoras y promotoras (esperemos que no sólo a las allegadas al gobierno) sin resolver integralmente el Derecho Humano a la Vivienda Digna y Adecuada.

Con el derecho humano a la vivienda digna y adecuada, se entiende que el estado ofrece no solo la seguridad de la tenencia de la tierra o su asequibilidad, sino que además garantiza la provisión estable de servicios básicos (como luz, agua, telecomunicaciones), así como su habitabilidad (con buena calidad de construcción y diseño), su accesibilidad (pensando en las personas ciegas o en sillas de rueda o para los coches de bebé) además de su ubicación adecuada en un medio donde se pueda acceder de manera fácil a oportunidades de empleo y servicios sociales tales como escuelas, clínicas y guarderías, áreas verdes, comercios y entretenimiento.

En pocas palabras el derecho a la vivienda digna y adecuada también involucra el Derecho a la Ciudad, sus servicios y beneficios, lo cual se contradice con la práctica tradicional de construir “soluciones de vivienda” en tierras baratas lejos del centro de la ciudad o en torres de apartamento para gente de ingresos bajos los cuales desde el punto de vista urbanístico constituyen verdaderos «depósitos de pobres» en donde el estado saca a personas de escasos recursos del hacinamiento y la precariedad en barrios céntricos como Santa Ana, Curundú, Calidonia o El Chorrillo o en alguno de los asentamientos informales y los depositan lejos de la vista en Arraiján, Pacora, Alcalde Diaz o Altos del Lago, lejos de sus lugares de empleo y modos de subsistencia y replicando en su nuevo barrio los ciclos de pobreza y desesperanza en los que han vivido siempre, constituyendo esto una forma de Segregación Espacial.

En efecto, con los proyectos del MIVIOT como “Techos de Esperanza” y los proyectos privados financiados en parte con el Bono Solidario (ahora Plan Solidario de Vivienda),  se crean urbanizaciones para la «gente pobre», más no se brinda una «vivienda digna y adecuada» si consideramos que al promotor se le permite diseñar y construir viviendas chicas y urbanizaciones pobres (bajo el código de zonificación RBS) con el fin de ahorrar costos, pero truncándole al comprador el potencial de tener una propiedad que pueda valorizarse en el tiempo y cuyo valor acumulado no va poder dar en herencia a sus hijos por la mala calidad del espacio tanto urbano como arquitectónico provisto además del cúmulo de problemas sociales que su urbanización acumula por su falta de integración urbana y social.

Como estrategia económica e inmobiliaria no se entiende el afán de apostar por los grandes proyectos de vivienda en estos tiempos de crisis y de escasa recaudación fiscal si consideramos que ya existe un inventario excedente de casas y apartamentos especialmente en Área Metropolitana de la Ciudad de Panamá que necesita urgentemente ser colocado. Entonces, no es que estemos ante un problema de falta de viviendas en oferta o ante una falta de demanda suficiente para dichas viviendas, estamos ante un problema económico en donde vendedores y compradores locales no se ponen de acuerdo sobre el precio justo de la vivienda; lo cual deriva en peticiones cuestionables de flexibilización de la legislación migratoria y laboral con el fin de evitar “sincerar los precios” a nivel inmobiliario importando compradores supuestamente de mayor poder adquisitivo.

El excedente de vivienda es una oportunidad para los gobiernos nacionales y locales de implementar un verdadero Plan Solidario de Vivienda que  involucre políticas de integración social a nivel urbano, ofreciendo caso por caso a personas de distintos niveles de ingreso soluciones de vivienda en distintos proyectos existentes en el centro de la ciudad evaluando su integración a su nuevo ambiente. Una forma de lograrlo sería que el gobierno comprase por lo menos el excedente de viviendas construidas y en construcción dentro del rango de interés preferencial, a precios de construcción, de manera tal que los inversionistas y bancos recuperen como mínimo el dinero invertido quizás sin ganancia o intereses, pero desembarazándose de ese peso.

Con el inventario adquirido, el gobierno nacional, los gobiernos locales o entidades autónomas como la Caja de Seguro Social podrían pasar a vender (con nuevos préstamos hipotecarios del Banco Nacional o la Caja de Ahorros) o arrendar las unidades de vivienda a precios asequibles, tomando en cuenta la merma en los ingresos que han sufrido numerosas familias panameñas de distintos estratos sociales y la necesidad de las personas de estar relativamente cerca a sus centros de trabajo y estudio, recuperando así el dinero invertido y utilizarlo para adquirir otras viviendas del inventario existente.

Una vez reducido el excedente de vivienda, el sector privado, esta vez sí, estaría en condiciones de reiniciar un nuevo ciclo constructivo que podría crear miles de trabajos y el estado podrá entonces abandonar de una vez por todas las políticas de-facto de segregación socio-económica imperantes que les niegan a las personas de ingresos medio-bajos y bajos el derecho a la vivienda digna y adecuada además del derecho a la ciudad. Eso sí sería una forma de solidaridad en donde todas las partes involucradas salen ganando.

¿Se puede hablar de la historia de las relaciones raciales en Panamá con sinceridad y vivir para contarlo?

Cuidado: Hablar sobre las relaciones entre distintos grupos humanos en cualquier sociedad puede ser como caminar entre pedazos de vidrio. Sin embargo, en algunos países, declararse miembro de una “grupo o minoría vulnerable” puede conferir un blindaje a toda prueba en redes sociales o en cualquier conversación entre cervezas.

Esto no tendría nada de malo, si no fuera porque además le da la libertad a dicha persona de decir prácticamente lo que le venga en gana con total impunidad y sin derecho a réplica gracias a toda una alianza informal (nacional e internacional) entre académicos, activistas, artistas, comunicadores sociales y gente común. Todos estos son sostenidos por una nutrida red de empresarios y políticos (del patio y/o del extranjero) que les financia y protege además de la ignorancia generalizada que nos aqueja y que nos hace aceptar todo lo que se nos imponga sin mucha crítica, a menos que se tenga experiencia o noción de lo contrario.

Lo positivo: Sin embargo, no todo es malo, muchos de los temas que se han sacado a relucir y nos han hecho meditar en tiempos recientes eran esqueletos escondidos en el armario que no podían seguir ocultos para siempre, por ejemplo, la discriminación por motivos de sexo, religión, etnicidad, condición socioeconómica y… (¿por qué no?) preferencia sexual. Pero ese no es el problema. El problema está cuando un debate serio sobre estos temas es castrado desde el inicio por una serie de reglas no-escritas que no permiten hablar con total sinceridad de estos temas espinosos ya que se corre el peligro, no sólo de ofender a nivel personal, sino de quedar estigmatizado socialmente o en algunos casos incluso de ser vigilados y censurados por una suerte de policía política auto-nombrada en redes sociales. Esto trae como consecuencia la polarización social que se ve en Twitter y hoy día se manifiesta en las calles de los EE. UU. o de Europa.

¿Somos los hispanos racistas a lo gringo? Por ejemplo, cuando se habla entre panameños (e hispanoamericanos) de las relaciones entre grupos étnicos, raciales, o nacionales las conversaciones tienden a girar en torno a clichés y lugares comunes (por lo general en torno a la Leyenda Negra de nuestra historia hispana), el tomarse las cosas personalmente, lo anecdótico, el postureo ético (virtue-signaling), los prejuicios (de toda índole) y las ideologías importadas sin ninguna consideración por el contexto o ninguna preocupación por matizar (por ejemplo la creencia de que en el mundo hispano existe un racismo comparable o con la misma equivalencia moral que la del mundo anglosajón). Por lo general muchas opiniones de este tipo no están informadas por datos emanados de las ciencias sociales o son influidas por modas intelectuales sin ninguna clase de contextualización más bien están basadas en subjetividades y resentimientos sobre experiencias personales que pueden encontrar explicaciones alternas al racismo.

Obsesión racial ¿Por que debemos obsesionarnos con la raza como los gringos? ¿Queremos una sociedad segmentada y fragmentada por el color de la piel, el origen nacional o étnico solo para complacer un capricho? ¿Que tiene de malo pensarnos como un crisol de razas? ¿Queremos pasarnos llenando formularios que te preguntan de que grupo étnico o racial consideras que eres y vivir de acuerdo a sus estereotipos? ¿Que tiene de malo la asimilación y consolidación en un sólo pueblo? Eso no desdice de los aportes culturales e intelectuales que se puedan hacer, solo le indica a todos que es necesario tener un relato común y unas ideas comunes que nos unan y ayuden a una mejor convivencia. Tampoco necesariamente invisibiliza (¿Que tal si alguien quiere adoptar como estrategia de vida ser uno más del montón y le gusta?) ¿Porque hemos de lamentarnos cuando un barrio étnico desaparece? ¿Acaso sus habitantes no tienen derecho de hacer con sus vidas algo distinto que ser un zoológico humano o un freak show? Obviamente tampoco esto debe significar que no se represente en los medios y la publicidad la diversidad existente, pero tampoco falsear la realidad.

Hacia un abordaje serio del tema racial ¿Cuándo podremos abordar con mayor seriedad nuestra historia, nuestra cultura, nuestra sociología, nuestra economía, nuestra antropología sin caer en cuentos de buenos vs. malos, blancos vs. negros, héroes vs. villanos, opresores vs. oprimidos, colonizadores vs colonizados y salir vivos del intento? ¿Cuándo llegará el día en que políticos, activistas y grupos de interés dejen de manipular las ciencias sociales y aplicadas para inculcar su visión del mundo en el sistema educativo y en los medios de comunicación social?

La asimilación y mestizaje. De sumo interés general sería tener, por ejemplo, más y variadas publicaciones sobre el proceso de asimilación o no asimilación de las poblaciones inmigrantes en la sociedad panameña y de panameños en el exterior de cualquier origen. O del rol de la pobreza en la que caen las poblaciones que migran a las grandes urbes y como dicha pobreza tiende a identificarse con los grupos humanos que mayoritariamente viven en esa condición sin importar su origen étnico, religioso o geográfico. Quizás una mayor investigación de estos temas nos ayude a dilucidar si el mal perenne de la sociedad panameña (o hispana) es más la xenofobia, el clasismo o simplemente la natural desconfianza y temor a lo nuevo, extraño y aparentemente peligroso que un verdadera discriminación a la “Jim Crow” o quizás solo la pobreza.

No satanizar. ¿Que tal considerar como válido el punto de vista de las poblaciones receptoras (sea de la raza, clase o religión que sean) que piden y hasta exigen el respeto a sus usos y costumbres solicitando a los nuevos asimilarse a su nuevo ambiente? por ejemplo respetando las reglas de ruido, de estética visual, de convivencia con animales, de convivencia entre sexos, de pudor o de higiene ¿Acaso deben de estar todas las partes en la obligación de tolerarlo todo? ¿Acaso existe un privilegio para alterar los usos y costumbres establecidos por los recien-llegados? ¿Porque decir esto te hace intolerante, racista o discriminatorio (o el Demonio en persona)? Estas son preguntas incómodas que pueden meterte en un serio problema en algunos medios.

Racismo inverso. Tampoco se estudia «el racismo a la inversa» (porque todos los seres humanos discriminamos por múltiples razones), un ejemplo clásico es cuando se estudia el caso de la Zona del Canal. En dicho caso es difícil encontrar algún libro o artículo que trate sobre los comentarios a voces de la vivencia y condición social de los hispanos en la Zona del Canal la cual, de acuerdo a algunos testimonios, era la de ciudadanos no de segunda, sino de tercera categoría al ser discriminados de oportunidades económicas, laborales y sociales por los angloparlantes tanto gringos como antillanos. Este pareciera un tema tabú o de escaso interés por alguna extraña razón, pues se está desaprovechando que aún viven entre nosotros personas que pudieran dar su testimonio y que este pudiera ser contrastado con los documentos históricos. Quizás no estamos preparados para esa conversación pendiente…o simplemente los zoneítas hispanos decidieron pasar la página y no vivir en el perenne recuerdo o guardando resentimientos viejos .

Más academia, sería y libre, y menos sentimentalismo. Pero quizás este pidiendo mucho a un mundo académico pobremente financiado y corto en personal disponible para estos menesteres, sin embargo, es importante ir rompiendo con los paradigmas intelectuales e impulsar a los estudiantes y profesionales (y personas de a pie) a explorar otros puntos de vista y una infinidad de temas sin arriesgar quizás sus carreras y reputaciones y que el público en general estemos dispuestos en hablar de estos temas con madurez y rigor intelectual, no con sentimentalismos y simplismos.

Reconocernos como una sociedad perfectible. Quizás, el resultado final de este peligroso periplo social sea un reencontrarnos con nosotros mismos y enorgullecernos de la sociedad que hemos construido con los aciertos y errores típicos de toda sociedad humana y de las cuales hemos aprendido.

20% de desempleo ¿Qué vamos a hacer?

20% de desempleo en Panamá para finales de 2020, según el diario La Prensa del 19 de mayo de 2020. Digiramos esa cifra por favor y dejemos repose en nuestra mente…¡¿Y QUE ESTAMOS HACIENDO AL RESPECTO?! Pues muy poco, o somos muy lentos reaccionando.

Si lo piensan bien, esa revelación no debería ser ninguna sorpresa, muchas «suspensiones» son en realidad despidos disimulados y sin consecuencia (no pagan primas de antigüedad, vacaciones acumuladas, etc.) al poner al empleado en un limbo laboral, hasta que logre enganchar un nuevo trabajo (con lo cual renuncia a sus derechos anteriores).

La crisis del Coronavirus y el estado de emergencia le cayó como anillo al dedo a muchas empresas con ingresos cada vez menores y que estaban agonizando entre asumir los costos de liquidación de muchos empleados, no perder su capacidad instalada o evitar la bancarrota.

Y eso que tampoco estamos hablando de los recortes salariales disimulados en las «media-jornadas», pues se trabaja igual o más (si consideramos que muchos asumen los roles de ex-colegas o el peso de la eficiencia tecnológica), eso es, si el empleado se deja claro está. Pero, ante el escenario entre ser explotado y estar sin empleo creo que nadie sería tan insensato en preferir lo último.

Un empleador podría decir que los empleados deben ser conscientes de la situación y que si se manejan con todos sus derechos garantizados quedarían todos solo con sus derechos protegidos pero sin poder traer el pan a la casa ni empleador, ni empleado. La realidad es que no estamos en los tiempos de bonanza y todos debemos apretarnos el cinturón.

Muy bien… ¿pero no están los empleados en cierta forma participando de los riesgos de las empresas? ¿Si es así, no merecen también participar de las ganancias? Y no me refiero a bonos, sino en participación accionaria o un préstamo con intereses pues la parte de salario que se está cediendo está financiando a las empresas hasta lograr su recuperación financiera ¿o no? Podrían botar al empleado y pagar las liquidaciones correspondientes, pero el costo de oportunidad perdida por ello podría ser mayor que el de retenerlos para echar el hombro junto con los dueños de empresas.

Si bien se supone que esta situación es temporal, en esta parte del mundo lo temporal se convierte en permanente y se está sentando el precedente para futuras crisis empresariales. Es cierto que la legislación laboral necesita ser flexible para no destruir a las empresas de todos los tamaños, y la fuente de ingresos de la inmensa mayoría, pero no puede ser un juego de suma cero. Es hora de encontrar el equilibrio. Si el salario es una forma de participación en las ganancias en tiempo de normalidad, lo justo no es simplemente botar al empleado o recortar su salario de manera subrepticia, lo justo es hacerles partícipes de las soluciones para echar las empresas adelante y conservar el bienestar de todos los involucrados.

En fin, esa cifra en realidad iba salir a flote con o sin coronavirus, lo que hizo la pandemia fue evidenciar la realidad oculta. No hay suficiente dinero ingresando al país como para sostenernos a todos por lo que cabe preguntarnos ¿Qué vamos a hacer?

También sale a la luz el estilo gerencial arcaico que ve al empleado como siervo y no como un socio clave. Con el teletrabajo, las relaciones laborales cambiarán hacia formas más precarias de trabajo, ya lo verán. La mayoría de puestos en el sector servicios pasarán paulatinamente al «gig economy» o dicho en buen panameño pasan a la «economía del chivo o camarón», por lo que en un futuro no muy lejano muchos empleados (no todos) pasarán a ser pequeños empresarios (camaroneando), con todas las responsabilidades y presiones que ello conlleva y dispensando al empleador de ellas. Ser un pequeño empresario conlleva ciertas prácticas y una disciplina personal que permita la sostenibilidad y sobre todo garantice un retiro decoroso.

Dichas prácticas incluyen el ahorro, los horarios, las fechas de entrega definidas, la búsqueda constante de clientes, manejar clientes distintos al mismo tiempo y sobre todo, el saber negociar y defender lo suyo. Y es en este punto donde somos más vulnerables pues requiere reconocer con humildad y orgullo el valor de nuestro trabajo, no medida en dinero por horas/hombre, sino por el valor de nuestros entregables en sí para nuestros cliente que se beneficiarán de nuestro trabajo (revendiéndolo o como insumo para un producto de mayor valor) y saber medirlo en dinero. Esa no es una ciencia, eso es un arte que tarda años en amaestrar.

También requiere saber cobrar efectivamente, otro arte difícil para muchos, en especial porque requiere reconocer la credibilidad de un potencial cliente y su capacidad real de pago a tiempo. Más importante aún es tener la disciplina de no gastarlo todo y administrar bien los recursos. Hay que apartar dinero para impuestos, seguro social, seguro de salud, para imprevistos de la empresa, para reinversión, etc. y por supuesto en base a ello calcular cuánto nos queremos ganar mensualmente de manera realista y sostenida. Por supuesto que a la hora de dar precios hay que saber cuánto nos va costar en el tiempo los impagos de nuestros clientes y cobrárselo por adelantado dependiendo de su reputación y credibilidad.

Y no crea que porque usted tiene un puesto gubernamental está exempto de esto, los municipios por ejemplo tuvieron que pedir ayuda para poder mantenerse momentáneamente a flote y el gobierno nacional tuvo que pedir prestado en el extranjero. La razón es sencilla, sin nuestros impuestos ustedes no pueden vivir, por tanto debería usted empleado público (o municipal) ayudar a que su representante de corregimiento, alcalde o ministro logre incentivar las actividades económicas en sus corregimientos, municipios o provincias. Es importante atraer inversiones y cobrar los impuestos sobre la tierra y las actividades económicas en donde están. No puede ser que vivan sólo de lo que les envía el Municipio de Panamá en base a lo que generan los pocos corregimientos ricos de la capital o con préstamos internacionales. ¡Pónganse las pilas! De lo contrario quedará camaroneando como el resto.

Si no saben cómo lograr que su gobierno se ponga las pilas, bueno, pueden contratar consultorías con nosotros los profesionales en planificación regional y urbana, los economistas y un largo etc. No se roben la plata que eso es pan para hoy, hambre para mañana. Si lo piensan bien una recuperación económica en sus corregimientos podría redundar en aumentos para ustedes o nuevas oportunidades de trabaja para ustedes, hijos o nietos.

La Nueva pero Antigua Normalidad

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Por Carlos Antonio Solís Tejada

A medida que la “Nueva Normalidad” está acaparando la atención de todos, en momentos en que estamos superando la primera fase de la pandemia, la mayor incógnita que surge es el cómo se materializará dicha nueva realidad; despertando una necesaria y sana conversación entre profesionales y aficionados de las ingenierías, la arquitectura, la salud pública y el urbanismo en todas partes del mundo. Esta no es una discusión baladí, pues se trata ante todo de una modificación de nuestro comportamiento cotidiano a nivel personal y social que tiene lógicamente impactos no solo en el espacio, sino en el tiempo y la frecuencia con la que interactuamos.

Esto podría ser así si tomamos como válidas las distancias recomendadas para prevenir la transmisión del virus por medio de las gotículas respiratorias (2 metros con máscara, 10 sin máscara) como por aerosol en áreas cerradas (8 metros) además del tiempo en que puede vivir en las superficies en áreas cerradas (3 horas) y 14 minutos en el aire además de la frecuencia de múltiples contactos en esos espacios de tiempo y espacio los cuales pueden ser medidos por densidad y tráfico.

Comúnmente solemos visualizar dichas distancias linealmente, como una regla con rayitas cada 2 metros, pero, esto podría ser un error ya que nuestras interacciones pueden girar circularmente por lo que sería mejor ver los 2 metros como un radio de distancia con círculos de 4m de diámetro alrededor de cada persona ocupando efectivamente, con mascarilla, un área personal de 12.57m2. Sin embargo, creo que todos hemos vivido la incomodidad de tener una mascarilla puesta respirando aire caliente por más de 10 minutos por lo cual mucho terminan exponiéndose al bajar las mascarillas para respirar aire templado, lo cual es seguro en radios de 10 metros o sea 314 m2.

También me parece erróneo mirar esto bidimensionalmente cuando se trata de enfermedades de transmisión aérea, en realidad deberíamos estar midiendo el área personal tridimensionalmente como un volumen en metros cúbicos ya sea como una semiesfera a nivel de suelo y como una esfera completa en altura tomando como centro la altura de la cabeza y girando el radio 2 metros verticalmente. Esto nos da un volumen de área personal de 50.27m3 con mascarilla y 1,256.64m3 sin mascarilla.

Como podrán observar, mientras no se encuentre una vacuna, cumplir escrupulosamente con los parámetros de bioseguridad recomendados por los organismos de salud pública no será cosa fácil y esto nos obliga reconsiderar completamente cuanto espacio estamos dispuestos a pagar en arrendamientos o en hipotecas considerando cuanto rendían los espacios antes de la pandemia y cuánto van a poder rendir una vez terminada la cuarentena.

Para que tengamos una idea de los que estamos hablando, si consideramos por ejemplo que el precio por metro cuadrado de alquiler en el mercado comercial estaba entre $20.00 a $30.00 en el centro de la ciudad de Panamá lo cual significaba un alquiler promedio mensual de $2,500 mensuales por un espacio de 100m2 (sin incluir canon de mantenimiento) con 40 personas dentro como aforo máximo, con el coronavirus solo pueden estar 9 personas, lo cual afecta la relación entre rendimiento por metro cuadrado en ventas de dicho espacio vs el precio de alquiler por metro cuadrado y obligaría a una reducción del espacio comercial alquilado.

En cambio en el mercado de oficinas en el Área Bancaria de la Ciudad de Panamá puede estar cerrando en aproximadamente $12.70 mensual el metro cuadrado, por lo cual una oficina de 100m2 se pagaría $1,270 de alquiler mensual (sin incluir el canon de mantenimiento). Previo a la pandemia en dicho espacio podrían caber 7 personas en una oficina tradicional, si se trabajara con mascarillas se puede mantener el mismo espacio sin problemas, eso es si lo miramos bidimensionalmente. Esto podría significar que no debería haber cambios trascendentales…o quizás sí.

El problema comienza a complicarse cuando consideramos la altura del cielorraso (y el peligro de contagio a través de los sistemas de aire acondicionado) además del hecho probable de que no todos los colaboradores, clientes o visitantes van a respetar el uso estricto de la mascarilla ni de los protocolos de limpieza. Cuando comenzamos a considerar dichos riesgos, entramos en cuenta de que probablemente deberemos repensar completamente no sólo los espacios de oficinas, sino todos los demás espacios tanto inmobiliarios como no inmobiliarios.

Es aquí donde nos damos cuenta que posiblemente no se necesitarán de las grandes plantas de oficinas o de comercio, al contrario gracias al teletrabajo las oficinas podrán achicarse y emplear al personal de atención al cliente estrictamente necesario (incluso compartirse entre empresas) y gracias al comercio electrónico los grandes espacios comerciales podrían ser reemplazados por espacios de exhibición más modestos dejando el inventario en los parques industriales para su distribución. Esto podría dejar mucho espacio vacante lo cual representa un grave problema para sus propietarios y las entidades financieras que les prestaron para la compra o construcción de dichos espacios.

Desde el diseño arquitectónico se podría reconsiderar formas de organizar el espacio y de convivir que creíamos ya desfasadas por ejemplo las oficinas con divisiones, la circulación cruzada del aire y la ventilación natural mediante cielos rasos altos, grandes ventanales con quiebra-soles, muros gruesos, grandes abanicos industriales y entornos arbolados que ayuden a reducir la sensación térmica de forma natural. Esto es sí descontamos, desde la Ingeniería Mecánica, una solución más pragmática mediante mejoras a los sistemas de aire acondicionado que prevengan, con un alto nivel de confiabilidad, su vulnerabilidad a la contaminación con virus y su propagación a través de sus ductos y difusores en sistemas centralizados.

En el caso de las oficinas, la necesidad de mayor ventilación abierta podría significar a corto y mediano plazo considerar mudarse a edificios con estas características lo cual podría significar una mayor disponibilidad de espacio de oficinas con ventilación mecánica y ventanales cerrados lo cual agravaría los dolores de cabeza de los dueños de dichos espacios en toda la ciudad bajando quizás los precios de los espacios construidos como de la tierra (lo cual sería buenas noticias para los sectores de menores ingresos y los jóvenes).

Pero no todo son malas noticias, curiosamente los edificios diseñados y construidos previo a la década de 1990, con su arquitectura adaptada al trópico (especialmente aquellos del Barrio de La Exposición, La Cuchilla, Perejil, Bella Vista y El Cangrejo) podrían volverse a poner de moda ya que, con ciertas adecuaciones para los usos modernos, en muchos casos podrían cumplir con las nuevas necesidades, sin descontar el desarrollo de espacios similares en Santa Ana y San Felipe.

En el mercado comercial, La búsqueda de mayor amplitud de espacio para el distanciamiento físico podría beneficiar grandemente el desarrollo de plazas abiertas, cafetines, jardines y mercadillos similares a Sabores de Mi Barrio o a la Plaza de Francia. También la “nueva normalidad” podría significar diseñar centros comerciales con ventilación natural tal y como alguna vez lo tuvo el Centro Comercial El Dorado o como la planta baja del Edificio El Hatillo.

Los nuevos ganadores podría ser también la Santa Ana- Avenida Central y Calidonia, si juegan bien sus cartas, aprovechando y aumentando su peatonalidad, derribando los grandes letreros (que tapaban cualquier posibilidad de ventilación e iluminación natural) y dejando de saturar el interior de las áreas comerciales permitiendo así una circulación más fluida de personas en las tiendas además de mejorar la iluminación nocturna, la protección contra el sol y la lluvia y el encontrar alguna manera de bajar la sensación térmica al caminar por el sector. Todos estos sectores cuentan con espacios comerciales y de oficinas más pequeños lo cual podrían ser perfectos para la “nueva normalidad” lo que en efecto significaría una vuelta al pasado.

El trabajo remoto y el comercio electrónico y la necesaria reducción del tráfico entre sectores de la ciudad podrían significar también la desconcentración de los espacios de trabajo y comercio si se permitieran más usos mixtos en las barriadas exclusivamente residenciales. Esto podría dar lugar a pequeños centros de oficina y la introducción de negocios vecinales necesarios como lavanderías, tiendas, peluquerías, etc. a distancias caminables previniendo de esta manera los traslados y la aglomeración en los supermercados y centros comerciales fuera de las barriadas, evitando así la posible rápida propagación viral que sufrió Arraiján.

¿Está todo perdido para los dueños de modernos centros comerciales? No del todo, de hecho algunos cuentan con amplias plazas de estacionamientos que podrían alquilar además de permitir el desarrollo a nivel de calle de mercados y cafetines al aire libre mientras los espacios cerrados podrían ser re-desarrollados y convertirse en nuevos barrios integrados a la ciudad. Estos se podrían convertir en nuevos nodos urbanos con edificios de usos mixtos, residenciales-comerciales u oficinas con comercio en planta baja. Los edificios de oficinas vidriadas deberán también considerar un rediseño de sus fachadas tal que les haga competitivos nuevamente ya sea como oficinas o como nuevos edificios residenciales o de usos mixtos, permitiendo darle más vida al Área Bancaria después de horas de trabajo.

¿Qué tal los medios de transporte? Quizás las mayores víctimas de esta pandemia serán los medios de transporte masivos densamente ocupados como trenes, buses y aviones y quizás los mayores ganadores serán bicicletas, los monopatines, los automóviles y el ganador inesperado: los buques de pasajeros. Si bien los casos del Zaandam y el Diamond Princess parecieran contradecir lo dicho, si lo pensamos bien, lo ocurrido en dichos buques puede ser subsanable, considerando que tienen (a diferencia de los aviones) mayor disponibilidad de espacio con mayor flexibilidad para modificar el volumen de pasajeros para viajes internacionales además de mayor flexibilidad para evitar contactos innecesarios con superficies infectadas y brindar una limpieza más frecuente de los espacios durante el viaje. Esto significaría volver a modos de transporte previos a la democratización del transporte aéreo.

El impacto a los medios de transporte masivos urbanos podría afectar más su ya de por sí baja rentabilidad, al tener que reducir la cantidad de pasajeros por viaje. El teletrabajo y la desconcentración de usos podrían quizás ayudar a reducir el volumen de pasajeros y podría ayudar a darle un nuevo propósito al metro y los buses pasando de ser medios para acercar a los trabajadores de las periferias al centro, a ser medios para conectar diversos pequeños y medianos nodos urbanos. En este sentido será necesario que el Metro se convierta en un gran terrateniente y desarrollador inmobiliario creando nuevos nodos alrededor de las estaciones, paradas y terminales tal y como ocurre en metros más antiguos como el de Londres.

Quizás el tema de mayor debate entre urbanistas será el de la densidad. Ciertamente la densidad no solo de población sino de actividades es lo que distingue a una ciudad de un villorrio. En los últimos tiempos muchos urbanistas contemporáneos demonizaban la sub-urbanización con grandes zonas de uso exclusivamente residencial como la fuente de todos los males de las ciudades en especial la dilapidación de escasos recursos públicos para suplir grandes distancias y la segregación espacial en el otro extremo los grupos NIMBY y sus urbanistas demonizaban la densificación como fuente de otra serie de males como el de la especulación urbana y el hacinamiento.

Si bien parecía al principio que existía cierta correlación entre lugares densamente poblados y una alta tasa de contagio, dicha correlación se comprendió que tiende a disminuir cuando se consideran otros factores tales como la universalidad de los servicios sociales (como el acceso a centros de salud y la disponibilidad de camas y equipo médico) o el acceso universal al agua potable, buena alimentación, buen descanso además de una mayor disponibilidad de áreas verdes. En cambio dicha correlación tiende a aumentar cuando se considera lugares con mayor exposición en tiempo y volumen de personas en un espacio determinado como las iglesias, hospitales y mercados.

Es posible que mientras más escasos sean dichas instalaciones, más aumenta el volumen de personas que acuden a estos lugares y el tiempo que tardan en visitarlos aumentando así la probabilidad de contagio. Lo mismo ocurre con la falta de vivienda asequible y con la disponibilidad de espacio dentro de una vivienda, es probable que mientras mayor sea el déficit de vivienda asequible, mayor el hacinamiento en las unidades existentes y mayor la probabilidad de contagio. Esto nos indica que de cara al futuro para evitar el hacinamiento en espacios públicos y privados debemos ampliar la cobertura de servicios públicos y comerciales a nivel barrial y reducir dramáticamente el déficit de vivienda.

Dicho esto, con el coronavirus, las bajas densidades de los suburbios y su mayor disponibilidad de espacios abiertos nos hubieran llevado a pensar que serían menos susceptibles a pandemias, sin embargo la experiencia de áreas como Arraiján y Tocumen nos demuestra que no fue así. Esto posiblemente se pudo deber, entre otras cosas, a la falta de conectividad entre barrios, la falta de equipamiento de espacios comerciales e institucionales vecinales (a distancias caminables en el trópico) además de la falta de equipamiento urbano como aceras más amplias, parques más grandes y de arborización callejera para hacer más agradable el trayecto hacia los comercios y espacios comunitarios.

Esto probablemente forzó a hacer un sinnúmero de viajes en automóvil, taxi o bus hacia los centros comerciales y supermercados en las afueras de estas barriadas o en las vías principales lejos de las mismas aumentando así la exposición a contagios. En conclusión, la experiencia panameña nos corrobora que no es la densidad en sí lo que aumenta la probabilidad de contagio, sino la manera como diseñamos nuestras ciudades y que tan accesibles son los servicios públicos y privados a nivel barrial lo que determina nuestra susceptibilidad a futuras pandemias.

¿En esta línea de pensamiento, que significará la “Nueva Realidad” para las instituciones cívicas y religiosas? Quizás para la policía, bomberos, etc. no signifique mayor cambio, pero a largo plazo quizás deban considerar ampliar su cobertura al nivel barrial, esto será crucial en el caso de las escuelas. Pero, para instituciones religiosas como la Iglesia Católica el cambio podría ser todo un reto considerando que en ciudad de Panamá y en las cabeceras de provincia la Iglesia había resuelto la falta de espacio para un mayor número de fieles oficiando misas en horarios consecutivos por las mañanas y una o dos misas de noche. En muchos templos parroquiales y capillas era común ver gente parada por no encontrar donde sentarse cómodamente en cualquier misa los domingos, siendo esta situación peor durante las grandes festividades como Pascua o Navidad.

Las múltiples misas dominicales en áreas urbanas de hecho estiran al máximo el escaso número de sacerdotes que existen en cada parroquia. Con las nuevas reglas de distanciamiento será necesario encontrar soluciones más creativas, por ejemplo las misas campales con el fin de no exponer a los fieles al peligro de contagiarse en espacios cerrados además de algunos cambios al rito de la misa por ejemplo el saludo de la paz. En parroquias menos concurridas quizás este sea menos el caso, sin embargo la popularización del uso de equipos de aire acondicionado en las parroquias pueden suponer un riesgo. Una solución podría ser reducir su uso o eliminarlos abriendo los templos a una mayor ventilación cruzada y el uso de abanicos industriales.

Un reto similar confrontará el Ministerio de Educación al tener que verse forzado a saldar una viejísima deuda social: la construcción de más escuelas para eliminar los turnos matutinos y nocturnos y permitir la extensión de los horarios además de reducir dramáticamente el número de estudiantes por salón, de manera que la relación educando-docente pueda ser más personalizada y de mayor calidad. Todo esto quizás sea posible gracias a la necesaria distancia física en el aula de clases pues donde antes cabían 30 estudiantes posiblemente sólo puedan caber 5, lo cual obligaría a tener salones más grandes o construir más escuelas barriales. Esto supondrá una enorme presión al sistema educativo para formar y reclutar docentes poniendo en peligro la calidad en pos de la cantidad.

Similares retos encontraremos en las escuelas particulares en cuanto a el espacio físico pero con el agravante de que se verán forzados quizás o a crear más sedes o sucursales, a crear más salones o cambiar combinando clases virtuales con clases presenciales en pequeños grupos. O quizás se vean forzados a bajar su matrícula y cobrar más por una experiencia más personalizada. Cualquiera de estas opciones supone un riesgo grande para la sostenibilidad de los colegios particulares como negocio. Lo que decidan definitivamente tendrá un impacto en el sistema público migrando o no más estudiantes del sistema privado al público poniendo más presión en el Ministerio de Educación para saldar otra vieja deuda social: el mejoramiento de la calidad de la educación. Su inacción podría significar el perder una generación más y condenarla a la pobreza y el desempleo crónico.

En Conclusión más que una “Nueva Realidad” nos podríamos estar reencontrando con la “Antigua Realidad”, con modos de vida que creíamos superados y que quizás nos hagan reflexionar sobre los excesos de los últimos 30 años derivados de la hiper-urbanización y la excesiva imitación, de estilos de vida y de modelos arquitectónicos y urbanísticos foráneos que son reflejo de nuestra obsesión por imitar sin contextualizar. También nos permite reflexionar sobre los excesos del desarrollo inmobiliario y su tendencia a querer exprimir al máximo la rentabilidad de la tierra urbana obligando a vivir con mayor hacinamiento en el centro de las ciudades y descuidando así la calidad de vida o cobrando una suma adicional para rescatar algo de ella.