El día 28 de octubre de 2021 Antónima, en su cuenta de Instagram publicó una tertulia en la cual se discutiría el desalojo de los invasores de los terrenos contiguos al Hospital Nicolás Solano en La Chorrera en el cual crearon el asentamiento informal de Tierra Prometida en 2018. Dicha tertulia merece una respuesta pues los invitados y su anfitrión, hicieron todo menos un análisis crítico del tema que se suponía que tratarían. Fue ante todo una forma de apología del delito, mal disfrazado de buenísimo en forma de una falsa empatía.
Pero hagamos el análisis crítico por ellos. Comencemos por el título del conversatorio: Vivienda Digna ¿Derecho o sueño que cumplir? Tenemos tres conceptos dudosos: 1. Vivienda Digna. 2. Derecho a la vivienda digna. 3. La vivienda digna como un sueño que cumplir. Obviamente la base débil comienza por la Vivienda Digna.
Todos sabemos que es una vivienda, pero ¿Qué la hace digna o adecuada? ¿Su estética? ¿Su equipamiento? ¿Su emplazamiento urbano? ¿Sus habitantes? ¿Los materiales del que está hecha? ¿Su seguridad? Típicamente es una combinación de todos. El problema radica en lo escurridizo que resultan todos estos aspectos…y quien define su «dignidad o su calidad».
Una vivienda típica en un asentamiento informal panameño consolidado del siglo XXI en cuanto a su calidad, estética, equipamiento, materiales, en muchos aspectos (o sea como una realidad material aislada) pudiera ser considerada como “burguesa” para un observador de la primera mitad del siglo XX. Lo mismo se pudiera decir de las viviendas económicas de “interés social” que se venden en el mercado actualmente. Sin embargo, hoy día son consideradas “indignas” por muchos.
Es evidente que la vara con la que se mide es aquella del observador de clase media (con los conceptos que maneje en el momento) o en su defecto, el estilo de vida clasemediero criollo desde el punto de vista de la persona de ingresos bajos, aunque mayormente se trate de una caricatura de dicho estilo de vida o los símbolos de estatus de dicho estilo de vida.
Con el crecimiento económico experimentado en los últimos 15 años y con el incremento del nivel de vida de la población que le siguió, las expectativas sobre que es una “vivienda digna” sin duda han aumentado.
Luego tenemos el concepto de la vivienda como un derecho social.
Los derechos sociales como concepto suenan bien en principio, sin embargo, existe un problema práctico… ¿Quién los garantiza? Dicen que “el Estado” sin embargo esto más bien debe entenderse como los contribuyentes, o sea todos aquellos que pagan de forma regular o puntual alguna tasa, timbre o impuesto sean estos individuos o empresas.
En principio pareciera que “todos” o la “la sociedad” “solidariamente” está pagando por garantizar dichos derechos que se tienen por el sólo hecho de una persona existir. ¿Pero es esto realmente así? Además, cabe preguntarse si existe o no un deber moral de pagar solidariamente por el acceso a dichos derechos. Y es que los derechos sociales parten de convertir unas necesidades en unos derechos los cuales parecieran ser distintos, por ejemplo, al derecho a la vida el cual es verdaderamente inherente al individuo por el solo hecho de existir.
Ciertamente una existencia humana saludable depende de que a nadie se le niegue directa o indirectamente el poder comer, beber, cobijarse de las inclemencias del tiempo o a su seguridad, todos los cuales contribuyen a prolongar su vida, todas necesidades que a lo largo de la historia humana han podido ser satisfechas con el esfuerzo personal del individuo o con ayuda de su familia, amigos, vecinos, etc.
Sin embargo, todo ser humano también tiene derecho a la propiedad privada, ¿Qué cosas pueden entrar dentro de un régimen de propiedad privada? En su expresión mínima, todo aquello que tiene puesto. La respuesta se torna más compleja cuando se tratan de bienes que también pueden ser de propiedad colectiva y que sirven para sostener la vida por ejemplo los implementos de trabajo, pero sobre todo el acceso a las fuentes de agua y el bien más preciado, la tierra tanto para el cultivo como para la vivienda, así como la vivienda en sí.
En la Biblia encontramos codificado desde hace milenios conceptos morales tales como “No robarás” o “No codiciarás los bienes ajenos”. También existen prohibiciones en cuanto a la usura, o sea el prestar dinero esperando en contraprestación la devolución de lo prestado y un extra adicional por el servicio prestado, muchas veces por sumas totales que superan con creces lo prestado originalmente y que de por si constituye una forma de robo.
También la Biblia nos manda a honrar nuestra palabra diciendo “No darás falso testimonio ni mentirás”, lo cual nos obliga a cumplir con nuestros compromisos verbales y escritos, sin embargo, no se pueden hacer pactos que sean contrarios a la preservación y dignidad de la persona misma pues se violan otros mandamientos tales como “No matarás”.
Si en sociedades más sencillas, con menos gente y abundante tierra a disposición se hizo necesario codificar reglas que protegen al individuo y la sociedad de la que forma parte mediante en leyes divinas, es lógico que se haya hecho necesario profundizar en estas reglas a medida que nuestras sociedades se han hecho más complejas, requiriendo de una elite que administre y gestione nuestra convivencia, o sea un gobierno. A dicho gobierno entonces le toca dirimir los limites entre derechos que compiten entre sí y de gestionar los recursos cada vez más escasos, para que se multipliquen o se distribuyan entre sus súbditos de manera justa.
Dicho todo esto, ¿Existe un derecho a la vivienda? Definitivamente que sí. Si no, violentamos en última instancia el derecho a la vida de cada individuo y nuestro deber moral de no matar. ¿Quién la debe garantizar? Por ética la comunidad o la sociedad. ¿Cómo la debe garantizar? He allí otro problema. Antiguamente en algunas comunidades se hacía en distintos estilos colectivos. Algunas, mediante sus autoridades naturales, podían por ejemplo adjudicar la tierra para construir e incluso ayudaba en la construcción de la vivienda, en otras se compartía espacio dentro de una misma edificación de distintas formas.
Con el desarrollo de las ciudades y de oficios no ligados a la explotación de la tierra, la vivienda comenzó a ser un bien rentable, al igual que la tierra sobre la que se construye o se cultiva, y por tanto sujeto de poder ser adquirida en propiedad privada y explotada para provecho privado. Esto abrió paso a la vivienda en alquiler y a los préstamos hipotecarios.
En Hispanoamérica como en el resto del mundo occidental el problema de la vivienda comenzó primero con la privatización por parte de los gobiernos modernos de las tierras comunales o colectivas, ya sea como propiedad de la Iglesia, de las cofradías (una forma de asociación comunitaria religiosa popular), de los ejidos de los pueblos de indios o de las comunidades campesinas.
Con ello ciertos personajes comenzaron a adquirir grandes extensiones de tierra en propiedad privada aprovechando su ventaja económica y despojando a través de sus contactos gubernamentales a grandes grupos humanos de los beneficios de la tierra que explotaban colectivamente desde hacía siglos bajo el Antiguo Régimen. Todo esto bajo la excusa de poder utilizar la tierra de modo más racional y eficiente, de acuerdo a la lógica del mercado. Sin embargo, el proceso fue legal, y esto es muy importante considerarlo, muy a pesar de que muchas de estas tierras no se volvieron más productivas y algunas de ellas pudieran quedar en el olvido de las familias que las heredaron.
A la paulatina privatización le siguió la centralización del poder y concentración de la economía en las ciudades más poderosas económicamente e influyentes políticamente. También con las mejoras en la salud pública, el aumento del acceso a la educación y mejoras en la sanidad pública, además de mejoras en la productividad agrícola y el aumento del comercio regional e internacional con las carreteras, ferrocarriles y líneas navieras, la población comenzó a aumentar y mientras la tierras para cultivo y el trabajo en el campo comenzó a escasear obligando a mucho a crear nuevos pueblos donde asentarse para vivir, cultivar la tierra y criar su ganado colonizando zonas selváticas o de sabana.
Con la continua devaluación de la labor agrícola y las grandes oportunidades económicas ofrecidas por el comercio y las industrias el proceso de urbanización de la sociedad arrancó en la década de 1930 y cobró dinamismo a partir de la década de 1950. Los migrantes e inmigrantes comenzaron a encontrarse primero con la escasez de vivienda en las ciudades, dicho problema fue solventado mediante la ocupación forzosa de tierras nacionales o tierras ociosas propiedad de latifundistas en una era donde estaba de moda entre políticos la Reforma Agraria que buscaba ponerle fin al latifundismo y daban su respaldo político a los asentamientos informales, sin responsabilizarse necesariamente por su equipamiento para hacer de ellas lugares donde vivir sanamente.
Desde la década de 1950 hasta el presente muchas cosas han cambiado, el alquiler en Panamá dejó de ser en la práctica un negocio seguro en la década de 1970, con leyes que buscaron proteger a los inquilinos de los abusos de los caseros y en la década de 1980 como forma de paliar el costo de la vivienda autoconstruida se introduce la ley de interés preferencial, que en teoría subsidia a los intereses bancarios que deben pagar los consumidores, constituye en la práctica un subsidio a los constructores y a los terratenientes que pudieron aumentar el precio del suelo urbano y urbanizable. Esto incentivó el desarrollo de nuevas urbanizaciones de vivienda unifamiliar en las tierras de las familias latifundistas, algunas de las cuales también tenían intereses en el sector financiero y de construcción. Otros terratenientes en zonas urbanas aprovecharon para desarrollar vivienda multifamiliar en altura gracias a cambios en los códigos de zonificación que les regaló el gobierno central Un negocio redondo con apoyo del estado.
¿Justifica todo esto la invasión de tierras en 2021? Moralmente no, si consideramos que el fin no justifica los medios. Por otro lado, el acceso a la vivienda no ha disminuido, más bien ha aumentado. Muchas personas también han visto su poder adquisitivo aumentar, el problema es que un 40% de la población vive o labora en el sector informal de la economía.
Sin declaración de impuestos, sin ficha del seguro social, los bancos no tienen certeza alguna de que recuperarán el dinero prestado. Prueba de que no se trata necesariamente de un problema de ingresos es la rapidez con que algunos moradores de asentamientos informales comienzan a construir casas de diseño y fabricación comprables a las del mercado formal. El problema mayor está en los costos asociados a la provisión de servicios básicos como luz, agua potable, alcantarillado y telecomunicaciones. Dicho costo entonces se lo traspasan a la sociedad en general.
Pero, con los papeles en orden sí es posible conseguir vivienda formal en urbanizaciones formales, en lugares idóneos. No en laderas de cerros con tierra inestable o zonas inundables, sino en lugares en donde pueden estar seguros de que su propiedad podrá valorizarse y constituir de un capital para futuras inversiones o para asegurar parte de su vejez. El problema es que, debido al alto costo de la vivienda céntrica, entonces la vivienda asequible se está ubicando en las periferias, compartiendo espacio con las viviendas informales y hasta absorbiendo parte de su población constituyendo la clase media emergente. Es menester incluso señalar que el gobierno brinda un bono de $10,000 para la adquisición de vivienda e incluso subsidia los intereses de la vivienda con un valor menor a $40,000.
Entonces oportunidades para quien las busca hay, el problema es la vida precaria que muchos tienen en Panamá debido a su limitada formación financiera y de economía para el hogar. Ciertamente existe un problema ético dentro de la banca que practica formas extremas de usura y el estado no se atreve a brindar alternativas sostenibles a dicho régimen. Por ejemplo, reformar la Ley General de Arrendamiento para que pueda volver a ser un negocio rentable, pero ético. También considerar la posibilidad de que la Caja de Seguro Social adquiera el Banco Hipotecario Nacional y entre en el negocio de la vivienda tanto en hipoteca como en alquiler.
Entonces para resolver la pregunta si la vivienda es un sueño por cumplir, la pregunta es en que consiste dicho sueño. Si el sueño es ser propietario de la tierra sobre la que tienes tu vivienda, ciertamente este no puede convertirse en un derecho universal tomando en consideración la necesidad de preservar los recursos agrícolas, minerales y naturales. Si el sueño es tener una vivienda con la misma calidad y diseño que una vivienda cara, eso no suena muy factible mediante los mecanismos de mercado. Vivir alquilado o hipotecado deben ser opciones igual de válidas y sin ninguna distinción social, pero de ninguna manera se puede pensar en regalar la tierra pues la sociedad pierde una oportunidad para aprovechar dicho bien de manera más eficiente.
Ahora lo que debemos cuestionar es el considerar la vivienda como un hecho aislado del hecho social. Cuando se crean urbanizaciones rara vez se piensa que se están creando comunidades en las cuales debería haber también una jerarquía social en donde las élites locales cuiden de los demás; comunidades donde exista una vida económica y cultural propia, una comunidad donde puedan convivir varias generaciones sin que el régimen de propiedad privada ni las normativas de urbanización dificulten el crecimiento natural. Esto no lo provee ni el asentamiento informal ni la urbanización suburbana y requiere ser repensado.
En fin, muchas preguntas sin resolver satisfactoriamente que requieren de discusiones más serias que la mera justificación de un acto que afectaba la propiedad del colectivo, de la nación, de un hospital.