La Ciudad Espléndida

Observaciones urbanas para una sociedad más humana

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La comunidad como infraestructura financiera

Por qué la próxima innovación inmobiliaria no consistirá en construir más rápido, sino en reducir el riesgo antes de construir.

El Censo 2023 del INEC registró 58,481 viviendas vacías en el centro consolidado del Área Metropolitana de Ciudad de Panamá. No en la periferia. En los corregimientos centrales, los que tienen infraestructura instalada, transporte, comercio, escuelas y aceras. Viviendas escrituradas, registradas, formalmente existentes. Desocupadas.

Al mismo tiempo, entre el 48% y el 84% de los barrios del Distrito de Panamá tienen precios de mercado que el residente con ingreso mediano no puede financiar. El 80% de los barrios con mercado activo de alquiler muestran una relación precio-renta consistente con un activo de inversión, no con una vivienda para habitar. Y los proyectos nuevos asequibles se construyen cada vez más lejos — en la periferia, en terrenos baratos — como productos que el público al que van dirigidos tampoco termina de querer.

Esto no es una crisis de escasez. Es una crisis de desconexión. El mercado produce, pero no para quien vive aquí. Construye, pero no donde la ciudad ya funciona. Financia, pero a horizontes que no coinciden con las aspiraciones de los hogares. El resultado es una ciudad que acumula vacío en el centro y desplazamiento en los márgenes de forma simultánea.

La pregunta, entonces, no es cómo construir más. Es por qué lo que ya existe no funciona para quien debería habitarlo — y si la respuesta tiene que ver no solo con precios, sino con el modelo mismo bajo el que se produce y se concibe la vivienda urbana. Quizás hemos estado optimizando el edificio cuando debíamos haber estado optimizando la comunidad.

La crisis no es de construcción. Es de alineación.

Los síntomas que describe la conversación pública — escasez de vivienda, hipotecas inaccesibles, subsidios insuficientes, caída en ventas — son reales, pero describen mal el problema. Panamá no tiene un déficit de unidades; tiene un déficit de unidades en el lugar correcto, al precio correcto, con la calidad correcta, para los hogares que realmente necesitan vivienda. La vacancia del 23% en el centro consolidado y la inasequibilidad del 48–84% de los barrios del Distrito no son contradicciones: son dos caras del mismo fenómeno. Detrás de ambas existe una desconexión estructural entre lo que el mercado produce y lo que los hogares pueden sostener.

El resultado es un sistema que depende cada vez más de subsidios públicos para colocar productos que muchas veces tampoco responden plenamente a las aspiraciones de quienes deberían habitarlos.

La pregunta ya no es cuántas viviendas se construyen. La pregunta es cómo producir comunidades capaces de sostener vivienda asequible, actividad económica y valor patrimonial a largo plazo.

La tiranía del reloj financiero

Existe una razón estructural por la cual tantos proyectos terminan produciendo más de lo mismo. La mayoría de los promotores adquieren suelo mediante deuda. Desde el momento en que se firma el préstamo, comienza a correr un reloj financiero compuesto por intereses, impuestos y costos de oportunidad. Esa presión obliga a construir rápido, vender rápido y minimizar incertidumbres. En muchos casos, el resultado no es el producto que la comunidad necesita, sino el producto que la estructura financiera permite: unidades estándar para un público genérico, en un mercado que ya no sabe bien cómo absorberlas.

El modelo que se propone en este ensayo no ignora ese reloj: propone cambiar lo que ocurre mientras corre. En lugar de destinar ese tiempo a esperar compradores desconocidos después de la construcción, se destina a construir y validar la demanda antes. Se sustituye tiempo de absorción incierta por tiempo de validación previa. El riesgo no desaparece; se reposiciona en la fase donde cuesta menos resolverlo.

La pregunta que el reloj financiero no permite hacerse es simple: ¿y si el riesgo se redujera antes de construir, en lugar de resolverse después de vender? La respuesta no es filantrópica. Es estructural.

Primero la comunidad: El lote como laboratorio urbano

Un edificio multifamiliar no es un producto de consumo; es una organización humana con activos, gastos, reglas y mecanismos de gobernanza cuya vida útil se extiende por generaciones. Ninguna organización exitosa reúne a sus socios por primera vez el día de la inauguración. Sin embargo, eso es exactamente lo que el modelo inmobiliario convencional hace con los residentes: los presenta entre sí cuando ya no hay nada que cambiar.

Aquí es donde este modelo introduce una precisión fundamental: no pretendemos inventar una comunidad de la nada. Partimos del hecho de que en el entorno ya existe un tejido urbano vivo, una red social y económica latente que el desarrollo tradicional prefiere ignorar.

El verdadero punto de partida no es la invención, sino la convocatoria y la organización. El propietario adquiere el lote, pero antes de producir representaciones tridimensionales o contratar vendedores, abre el espacio para convocar a las fuerzas vivas que ya habitan la escala del barrio: jóvenes profesionales que buscan independizarse, trabajadores del área, emprendedores locales e hijos y nietos de residentes históricos que no desean romper sus raíces familiares ni geográficas.

En el modelo tradicional, un terreno permanece vacío durante años mientras se gestionan permisos, financiamiento y diseño. Durante ese tiempo genera costos de tenencia puros. ¿Qué ocurriría si comenzara a canalizar la energía de la comunidad preexistente desde el primer día?

Actividades como mercados temporales, ferias, espacios de trabajo compartido, programas de formación, incubadoras de emprendimiento y eventos culturales cambian por completo la ecuación.

Lote Tradicional Vacío ➔ Centro de costos, polvo e incertidumbre cívica.

Lote como Laboratorio ➔ Flujo marginal + Datos reales de demanda (Proyecto Mínimo Viable).

Estas actividades ayudan a cubrir parte de los costos de tenencia, pero su función principal es otra: permiten que la comunidad que ya rodea al lote entre en el espacio, descubra a sus futuros residentes, identifique liderazgos, genere confianza mutua y formalice redes económicas. En términos empresariales, el lote se convierte en un Proyecto Mínimo Viable; un laboratorio urbano para validar la demanda con datos reales antes de invertir millones de dólares en construcción.

Esto invierte la lógica convencional del sector. Mientras el modelo tradicional sigue la secuencia Construcción → Ventas → Comunidad, el modelo patrimonial propone invertir el orden: Comunidad → Absorción → Construcción. La comunidad organizada no es el resultado del proyecto; es su condición de viabilidad.

Del edificio al barrio: La escala del entorno

Las principales preocupaciones de los residentes rara vez están dentro del lote; están fuera de él. Por ello el modelo no audita solo el predio; audita el ecosistema que lo rodea. La pregunta no es cuántos apartamentos caben dentro del lote; es cuántas personas puede recibir el barrio manteniendo o mejorando su calidad urbana. Esa auditoría organiza el territorio en cuatro dimensiones antes de trazar cualquier densidad:

El modelo audita de forma sistémica el territorio antes de trazar la densidad:

 Infraestructura (Agua potable, Alcantarillado, Energía)
 Movilidad (Vías, Capacidad de transporte, Aceras)
CAPACIDAD DE CARGA URBANAEcosistema (Espacio público, Arborización, Confort térmico)
 Equipamiento (Comercio de proximidad, Servicios locales)

Construir la institución: El Área de Mejoramiento Comercial como infraestructura de riesgo

Toda comunidad necesita una estructura que le permita organizarse, tomar decisiones y ejecutar mejoras. Por ello, el verdadero primer paso no es arquitectónico; es institucional.

El proceso podría comenzar mediante una conversación entre la Junta de Desarrollo Local, la Junta Comunal, propietarios, comerciantes, residentes y organizaciones comunitarias para conformar, dentro de las posibilidades del marco legal panameño, un Área de Mejoramiento Comercial. La importancia de esta figura es enorme porque permite pasar de las buenas intenciones a la capacidad real de gestión. Permite coordinar actores, identificar prioridades, administrar recursos de forma transparente y ejecutar proyectos locales. Permite, en definitiva, pensar el territorio como un activo colectivo de largo plazo. La pregunta deja de ser ¿Qué edificio vamos a construir? y pasa a ser: ¿Qué barrio queremos producir?

La gran objeción aparece inmediatamente: ¿Quién paga toda esta infraestructura? La respuesta no puede recaer únicamente sobre el desarrollador, tampoco puede depender exclusivamente del Estado. La solución pasa por crear mecanismos permanentes de financiamiento local.

Los ingresos provenientes de los mercados temporales, espacios de trabajo compartido, eventos, comercios de planta baja, contribuciones comunitarias y mecanismos privados de captura de valor alimentan un fondo permanente de mejoramiento barrial. La infraestructura deja de ser un gasto inicial hundido; se convierte en un activo estratégico financiado por los propios flujos económicos que el barrio genera.

Separar la vivienda del suelo

El componente más caro de muchas ciudades ya no es el edificio; es el suelo. Y mientras sigamos obligando a cada familia a comprar simultáneamente construcción, localización y tierra, seguiremos trasladando a los hogares el costo más difícil de financiar de toda la ecuación urbana.

Aquí aparece el derecho de superficie o propiedad compartida de largo plazo. El residente financia la construcción, los espacios comunes y la infraestructura que utiliza, pero no necesita comprar la tierra. El propietario conserva el suelo mediante contratos de largo plazo (50 o 99 años).

El resultado es una reducción significativa de la barrera de entrada para acceder a una vivienda bien ubicada. El residente adquiere un activo patrimonial real e hipotecable: puede habitarlo, heredarlo, venderlo, arrendarlo y acumular riqueza sobre él, pero sin tener que asumir desde el primer día el costo completo del suelo. La innovación no consiste en construir viviendas más baratas; consiste en financiar la ciudad de manera distinta.

La propiedad no es el objetivo. La permanencia sí.

Durante generaciones hemos asociado el éxito residencial con la propiedad absoluta del suelo. Pero la mayoría de las familias no busca una escritura por razones jurídicas. Busca algo mucho más simple: seguridad, estabilidad, arraigo, herencia y pertenencia. En una palabra: permanencia.

La verdadera pregunta deja de ser ¿Quién es dueño de la tierra? y pasa a ser: ¿Quién puede seguir formando parte de esta comunidad?

Para proteger este ecosistema, se vuelve indispensable separar el derecho a pertenecer del derecho a especular:

  • El derecho a pertenecer implica habitar, participar, construir relaciones, heredar estabilidad y formar parte de una comunidad.
  • El derecho a especular implica capturar íntegramente la valorización futura derivada de la escasez del suelo.

Cuando ambos derechos permanecen unidos, ocurre algo predecible: los barrios exitosos se encarecen, las nuevas generaciones quedan excluidas y la comunidad que creó el valor termina siendo desplazada por él. Separar ambos derechos permite preservar la permanencia sin depender de una escalada infinita de precios.

La psicología del capital: Cómo se mide el riesgo territorial

Para entender la viabilidad de este modelo, es crucial ser rigurosos con la naturaleza del capital financiero. Un Área de Mejoramiento Comercial no es solamente una herramienta de gobernanza local. Es una infraestructura de reducción de prima de riesgo. Reduce cinco riesgos fundamentales del desarrollo urbano: riesgo político, riesgo regulatorio, riesgo de oposición vecinal, riesgo reputacional y riesgo de deterioro del entorno. En términos financieros, una comunidad organizada con capacidad de coordinación y visión compartida reduce el costo efectivo del capital porque disminuye la probabilidad de los eventos que más frecuentemente paralizan permisos, retrasan obras y congelan ventas. Pero no todos los inversionistas miden el riesgo con la misma regla:

La Banca Comercial Tradicional (Corto Plazo)

Opera bajo modelos de evaluación rígidos. Sus preguntas se limitan a la viabilidad de la liquidación inmediata de la deuda: ¿Cuál es el valor del colateral? ¿Cuál es la proporción entre el préstamo y el valor del activo? ¿Cuántas preventas existen y cuál es la tasa de absorción histórica del mercado? Su horizonte es corto; le preocupa si el desarrollador devolverá el préstamo antes del cierre del ciclo de construcción, no si el entorno será un mejor fragmento de ciudad en veinte años. Por ello, históricamente financia proyectos urbanamente cuestionables siempre que los números de absorción teórica cuadren.

El Capital Patrimonial y las Oficinas de Gestión Familiar (Largo Plazo)

Operan bajo un horizonte intergeneracional de 20, 50 o 99 años. Para este tipo de inversionistas, las variables tradicionales son insuficientes. Comienzan a importar factores antes invisibles: la estabilidad del barrio a largo plazo, la reputación urbana, el riesgo político-social y la resiliencia económica local. El capital paciente entiende que el valor del edificio es una variable que depende directamente de la salud de su ecosistema.

Bajo esta luz, el Área de Mejoramiento Comercial deja de ser únicamente una herramienta comunitaria y se transforma en un indicador adelantado de calidad institucional local o, en términos financieros, en una estructura de licencia social para operar.

Actualmente, los análisis bancarios tradicionales ignoran la cohesión social, la gobernanza cívica o los conflictos vecinales latentes; sin embargo, son precisamente estos factores intangibles los que suelen paralizar permisos, retrasar obras civiles, congelar ventas y destruir la rentabilidad de un proyecto. Para el capital patrimonial de largo plazo, un Área de Mejoramiento Comercial en funcionamiento no es una señal de buenas intenciones: es evidencia verificable de que ese territorio ya tiene capacidad institucional para sostener valor en el tiempo.

La falsa salida del mercado inmobiliario

Frente a la desaceleración de las ventas y el encarecimiento del capital, muchos desarrolladores han encontrado una salida aparentemente lógica: refugiarse en la vivienda de lujo.

Desde una perspectiva de tesorería a corto plazo, esto tiene sentido. Los apartamentos residenciales de alta gama funcionan como reserva de valor, cobertura contra la inflación, instrumento patrimonial y vehículo de preservación de riqueza para los grandes capitales. Pero esta solución contiene una contradicción estructural profunda: protege el patrimonio individual utilizando la ciudad como depósito de valor, no necesariamente como lugar para vivir. Poco a poco, el mercado deja de producir viviendas para habitantes y comienza a producir activos para balances financieros. La ciudad se convierte en una caja fuerte.

El activo equivocado

Quizás el problema no sea que exista capital buscando protección. Quizás el problema sea que le hemos ofrecido muy pocas alternativas. Porque el capital patrimonial necesita estabilidad, rendimiento, protección contra la inflación y activos reales. La pregunta es: ¿por qué asumimos que la única forma de conseguirlo es construyendo apartamentos cada vez más exclusivos?

Un edificio de lujo depende críticamente de la seguridad del barrio, de la calidad del espacio público, de la actividad económica local, de la infraestructura y de la cohesión social. Nada de eso lo produce el edificio por sí mismo; lo produce la comunidad circundante.

Por lo tanto, el capital patrimonial está protegiendo su riqueza dentro de un activo físico que depende por completo de otro activo subyacente que normalmente no financia: el tejido social y urbano.

Una nueva clase de activo patrimonial

La verdadera innovación consiste en crear una nueva categoría de inversión inmobiliaria. Activos capaces de producir simultáneamente tres tipos de rendimientos perfectamente alineados:

Rendimiento financiero

  • Ingresos constantes por canon de arrendamiento del suelo.
  • Rentas estables de locales comerciales en planta baja.
  • Flujos operativos por servicios compartidos y apreciación a largo plazo del suelo.

Rendimiento urbano

  • Mejora continua del entorno e infraestructura barrial.
  • Fortalecimiento del comercio local y de proximidad.
  • Aumento medible de la calidad del espacio público y confort térmico.

Rendimiento social

  • Garantía de permanencia para los residentes y la clase media emergente.
  • Consolidación de estructuras de gobernanza local y resiliencia territorial.
  • Formación de capital social y redes de confianza productiva.

La pregunta deja de ser ¿Cómo protegemos el patrimonio del capital? y pasa a ser: ¿Cómo protegemos el patrimonio fortaleciendo el ecosistema que lo genera?

Del promotor al custodio

Esta transformación de los rendimientos redefine la identidad del empresario inmobiliario. El promotor transaccional del siglo XX vendía metros cuadrados y salía. Su riqueza dependía de la velocidad.

Pero cuando conserva una relación patrimonial con el suelo, los incentivos cambian por completo. Ahora sus intereses económicos se ligan a la longevidad del territorio: la calidad urbana, la actividad económica de la zona, la estabilidad del barrio, la permanencia de los residentes y la reputación de largo plazo del entorno. No porque se haya vuelto filántropo, sino porque el valor de su patrimonio depende directamente de la salud de esa organización humana. El promotor deja de ser un comerciante de metros cuadrados y comienza a actuar como un custodio patrimonial; un administrador de territorios productivos.

La comunidad como activo estratégico (El foso defensivo)

Los edificios pueden copiarse. Los planos pueden copiarse. Las amenidades pueden copiarse. La comunidad no.

Una comunidad organizada protege el valor del activo, reduce los riesgos de falta de ventas, abate los costos de comercialización y de adquisición de residentes, disminuye la rotación de habitantes, mitiga los conflictos operativos de administración y fortalece la resiliencia del territorio. La comunidad deja de ser un resultado idílico o una externalidad social; se revela como una ventaja competitiva absoluta, una barrera de entrada comercial y un verdadero foso defensivo económico.

Una invitación al capital paciente: La ruta de adopción

Históricamente, las innovaciones en la arquitectura financiera no permean la banca comercial masiva de la noche a la mañana. Siguen una curva de adopción institucional clara:

Custodios Primarios » Capital de Impacto » Banca Privada » Banca Comercial

Oficinas familiares y fondos patrimoniales — Fondos de regeneración urbana — Vehículos de banca privada — Adopción masiva

El cambio de paradigma comenzará con los propietarios patrimoniales independientes, oficinas de gestión familiar, fondos familiares y fundaciones capaces de desplegar capital paciente. Continuará con los fondos de impacto y vehículos especializados en regeneración urbana, que asocian la resiliencia de la comunidad circundante con una menor volatilidad legal y regulatoria. Posteriormente, penetrará en la banca privada debido a su flexibilidad estructural para diseñar trajes a la medida, hasta convertirse, finalmente, en un estándar de la banca comercial cuando los casos de éxito demuestren que los ecosistemas urbanos son una garantía mucho más segura que los edificios aislados.

Al final, esta propuesta no trata únicamente de vivienda ni de filantropía. Trata de diseñar modelos económicos donde la permanencia sea el modelo de negocio. Durante décadas el sector inmobiliario ha invertido miles de millones de dólares intentando descubrir qué edificios quiere la gente. Quizás la pregunta correcta sea otra: ¿Qué comunidades quieren construir las personas?

Porque cuando una comunidad organizada ya existe en el sitio, diseñar y ejecutar el edificio se vuelve una consecuencia técnica y de baja fricción. El verdadero reto nunca ha sido fabricar la vida urbana desde cero; el reto es diseñar la infraestructura financiera que permita a esa comunidad quedarse.

El modelo inmobiliario del siglo XX se construyó del lote hacia adentro, financiando activos individuales. El modelo inmobiliario del siglo XXI debe construirse del barrio hacia adentro, financiando ecosistemas urbanos. El edificio deja de ser el producto final; se convierte en la infraestructura física que cristaliza una red social, económica y cultural que ya opera en el territorio. El activo inmobiliario más valioso del futuro no será la tierra inerte ni el cascarón de concreto; será la comunidad organizada que da sentido, valor, resiliencia y permanencia real a ambos.

Vivienda para toda la vida: Por qué el futuro de nuestras calles se decide co-creando con el barrio

Por: Carlos Antonio Solís Tejada

Diseñamos ciudades y edificios bajo una fantasía tan peligrosa como cortoplacista: la premisa de que siempre seremos jóvenes, productivos y completamente saludables, y que jamás necesitaremos el apoyo de quienes nos rodean. Bajo esta lógica mercantil, el motor inmobiliario tradicional nos empuja a elegir entre dos opciones rígidas: el aislamiento en una casa suburbana unifamiliar en la periferia —atados a una hipoteca bancaria por tres décadas— o la inestabilidad crónica de un apartamento céntrico con contratos de alquiler que vencen de forma inflexible cada doce meses. Ninguno de estos modelos se compadece de las vueltas de la vida. Diseñamos espacios de concreto inamovibles para vidas que, por naturaleza, cambian constantemente.

El verdadero desafío de la habitabilidad urbana no se resuelve vertiendo más cemento en los bordes de la ciudad, obligando a nuestros adultos mayores o a los jóvenes profesionales a depender crónicamente del automóvil para cualquier interacción básica. La verdadera innovación no es tecnológica, sino de gobernanza y diseño social.

El desarrollo inmobiliario del mañana debe dejar de operar como una burbuja aislada que provoca la expulsión o el desplazamiento de los residentes históricos de un barrio. Por el contrario, cada intervención debe nacer obligatoriamente desde la base: a través de talleres de consulta, diseño participativo y co-creación con los vecinos de la zona para entender sus dinámicas y necesidades reales. La arquitectura del futuro solo adquiere valor financiero duradero si primero demuestra su compatibilidad con el tejido humano preexistente.

Cuando un proyecto arquitectónico se co-crea con el barrio, la distribución espacial se transforma. En lugar de priorizar metros cuadrados privados inútiles y costosos de mantener, el presupuesto y el espacio se optimizan para financiar potentes infraestructuras comunes de alta intensidad: salones de trabajo compartido, áreas de lavandería comunitaria y plantas bajas integradas orgánicamente a aceras peatonales arboladas y dinámicas.

Esta optimización espacial abre las puertas a una tercera vía de tenencia: el Leasehold Urbano Colectivo. Bajo este enfoque, desacoplamos la propiedad del suelo del derecho a habitarlo. Al asegurar un derecho de uso flexible a largo plazo, el residente adquiere la estabilidad emocional y el arraigo de un propietario tradicional, pero conserva la agilidad de un inquilino.

Es aquí donde este modelo se convierte en un verdadero seguro para el ciclo de vida. Tradicionalmente, cuando los hijos se van y el nido se vacía, el proceso de reducir espacio (downsizing) se vive como un destierro o un castigo social, obligando a los mayores a abandonar su entorno para abaratar costos. El leasehold flexible elimina esa fricción: permite a las personas transicionar a unidades modulares más compactas dentro del mismo edificio a medida que envejecen, liberando recursos económicos sin obligarlas a cambiar de comunidad de vecinos, de comercio local ni de barrio.

Al final del día, el hardware arquitectónico intergeneracional cobra vida a través de su software humano: la Comunidad de Cuidados. Una vejez independiente y digna no se logra aislando a nuestros adultos mayores en asilos periféricos o dejándolos solos en estructuras gigantescas que ya no pueden limpiar.

Se logra integrándolos en un entorno de alta proximidad donde la convivencia se autorregula mediante plataformas digitales transparentes y normas de corresponsabilidad votadas democráticamente por los propios residentes.

Una alerta en el smartphone gestionada de manera vecinal para asistir con las compras a un vecino del cuarto piso no es un acto de caridad; es gestión comunitaria eficiente y orgánica que mitiga el riesgo del aislamiento y reduce drásticamente los costos de mantenimiento de emergencia.

Evolucionar de la especulación inmobiliaria tradicional a la gestión institucional de vivienda de proximidad nacida de la co-creación local es el único camino viable para construir resiliencia urbana. Cuando el ciudadano deja de financiar intereses bancarios asfixiantes y pasa a financiar su derecho de uso y su red de soporte mutuo, la riqueza se redistribuye y el hábitat prospera.

Las propuestas que sobrevivirán el próximo medio siglo en Panamá no serán aquellas que vendan cemento en la periferia, sino las capaces de transformar el hábitat central en una plataforma de servicios profundamente humana, transgeneracional y conectada con la realidad viva de su calle.

La Ciudad Como Activo: El Dinero Ya Está Sobre la Mesa

Durante años, la discusión sobre el desarrollo inmobiliario en Panamá ha estado dominada por una pregunta fija en las conversaciones entre empresarios inmobiliarios, agentes de bienes raíces y sus arquitectos: ¿Dónde es hoy más rentable construir? Es una pregunta lógica. La rentabilidad de un proyecto ha dependido históricamente de variables puramente normativas (que derivan en financieras), como la altura permitida, la densidad aprobada y la cantidad de metros cuadrados vendibles que se le pueden exprimir al suelo.

Pero el panorama actual obliga a formular una pregunta distinta, una que toca directamente el bolsillo y la preservación de la riqueza a largo plazo:


¿Qué condiciones urbanas son necesarias para que esos metros cuadrados no pierdan su valor en las próximas décadas? La diferencia parece sutil, pero cambia por completo el negocio.

Durante décadas en Panamá el valor de la tierra no se ha creado mejorando el entorno (construyendo aceras anchas y parques, mejorando el transporte o ampliando las tuberías de agua), sino firmando una resolución. Se asignaron derechos de construcción, se aumentaron densidades y se aumentaron las expectativas del mercado mucho más rápido de lo que crecían la infraestructura, las aceras o las tuberías. Un terreno valía más hoy simplemente porque un cambio al mapa de zonificación prometía que mañana se podría construir el doble de pisos, sin importar que la calle siguiera midiendo lo mismo o que esta conectara más rápidamente tu manzana con el resto de la ciudad. Este mecanismo funcionó mientras el crecimiento económico y el acceso al crédito absorbían estas tensiones. Hoy, ese esquema llegó a su límite. La discusión actual sobre el ordenamiento territorial no surge de un capricho burocrático; es la factura acumulada de ese viejo modelo.

La premisa es dura pero innegable: un apartamento en San Francisco o Bella Vista puede mantener acabados de lujo e instalaciones impecables, pero si los tranques duplican el tiempo de trayecto, los drenajes colapsan con cada lluvia y el entorno se deteriora, el mercado terminará castigando el precio del activo. El negocio inmobiliario no ocurre en el vacío; la infraestructura de la ciudad es, créanlo o no, el verdadero guardián de su valor futuro.

Los promotores miden al centavo el riesgo financiero, el de construcción y el comercial. Sin embargo, casi nadie mete en su hoja de cálculo el riesgo urbano, que es la posibilidad real de que la ciudad empeore más rápido de lo que el proyecto tarda en venderse. Gran parte de los precios actuales en el centro consolidado descansa sobre una promesa de conectividad y calidad de vida. Cuando esa promesa se rompe en el día a día, el mercado debería ajustar a la baja. Que no lo haga de inmediato revela una rigidez estructural, pero la gravedad económica siempre termina ganando.

Los datos del último censo nos han dejado una paradoja incómoda. Mientras el centro de la ciudad acumula decenas de miles de viviendas desocupadas, seguimos discutiendo cómo aumentar los aprovechamientos y las alturas. Esto debería obligarnos a una reflexión profunda, una en donde nos cuestionemos si vale la pena seguir construyendo, considerando que una parte importante de lo construido ya no está siendo habitado. Los precios actuales siguen flotando en una burbuja de expectativas artificiales, incapaces de encontrar su punto de equilibrio con la verdadera capacidad de compra del consumidor panameño. Cuando una ciudad se llena de apartamentos vacíos que la clase media local no puede pagar, lotes de terreno baldíos a la espera de un milagro financiero y casas transformadas en estacionamientos improvisados, la advertencia es clara: el valor financiero del suelo se ha divorciado de la realidad de la gente.

Hasta hace muy poco, esta discusión se estancaba en un callejón sin salida teórico. Los urbanistas y residentes exigían infraestructura y los desarrolladores preguntaban quién pagaba la cuenta. Hoy, ese debate quedó superado por la realidad regulatoria. Con la entrada en vigencia del mecanismo de Compensación Urbana de la Dirección de Planificación Urbana (DPU) del Municipio de Panamá, la captura de valor dejó de ser una propuesta académica para convertirse en política pública. El Municipio ya identificó el problema y estableció que quien obtenga un aprovechamiento normativo adicional debe aportar una contribución económica o en especie a la ciudad.

Por lo tanto, la pregunta ya no es si el sector privado debe cofinanciar la ciudad, más bien cabe preguntarnos si este instrumento está bien diseñado para salvar al mercado o para hundirlo en la incertidumbre. Es más un inversionista sofisticado quizás señalaría con toda justicia que ya no se trata de cuánto se va a pagar, sino de quién decide dónde terminará el dinero.

El verdadero peligro de la Compensación Urbana no es financiero; es institucional y de gobernanza. Según las reglas vigentes, los aportes ingresan a una cuenta municipal de destinación específica administrada dentro de los procesos presupuestarios ordinarios. Y es ahí donde deberían encenderse las alarmas en las juntas directivas del sector inmobiliario. Si esos recursos se diluyen en Tesorería Municipal para cubrir planillas o gasto corriente, el instrumento pierde toda legitimidad, transformándose en un impuesto disfrazado que encarece la vivienda sin mejorar el entorno.

Existen dos formas de aplicar este mecanismo. En el Modelo A, la ciudad define técnicamente la infraestructura que requiere —redes de agua, drenajes, aceras, parques—, calcula sus costos, establece un cronograma y utiliza la compensación como la herramienta financiera para pagarla. Aquí, la infraestructura dirige el desarrollo (idealmente mediante un plan). En el Modelo B, la ciudad otorga aprovechamientos adicionales y alturas excepcionales a discreción, y posteriormente recauda los recursos asociados a esas excepciones. Aquí, el desarrollo desordenado dirige la infraestructura.

Si Panamá opera bajo el Modelo B, la compensación urbana no estará cerrando el déficit del entorno; simplemente estará cobrando un peaje por colapsar aún más los servicios básicos. Para que esta norma sea una herramienta de inversión y no un freno burocrático, el sector privado y los gremios técnicos deben exigir tres condiciones innegociables: trazabilidad absoluta para que cada dólar capturado en un desarrollo se reinvierta obligatoriamente en la infraestructura de esa misma manzana; una gobernanza público-privada a través de un fideicomiso transparente donde la priorización de las obras no dependa del vaivén político de turno; y entender la revisión del Plan Local de Ordenamiento Territorial (PLOT) como una auditoría de rendimiento del Municipio como autoridad urbanística local. Si la infraestructura de un barrio está en rojo, la norma se pausa; cuando la compensación ejecuta la obra y devuelve capacidad al suelo, los derechos de construcción se reactivan.

La principal amenaza para el valor futuro de los inmuebles en la Ciudad de Panamá no es la regulación, más bien es la posibilidad real de que la ciudad deje de ser tan atractiva para vivir como lo fue para invertir. La Compensación Urbana representa el reconocimiento implícito de que la ciudad no puede seguir creciendo sin financiar simultáneamente el soporte físico que demanda ese crecimiento. Panamá ya empezó a adoptar estos instrumentos modernos de financiamiento urbano. Ahora viene la verdadera prueba de fuego: ¿tiene el Municipio la capacidad institucional para administrar estos recursos de manera que aumenten el valor de la ciudad y no solo los ingresos fiscales de la comuna?

La urgencia de dar este paso ya no es solo conceptual; es jurídica. El hecho de que el PLOT ya haya sido demandado ante la Sala Tercera de la Corte Suprema de Justicia por propietarios de lotes que se sienten afectados por sus restricciones normativas demuestra que las reglas actuales caminan sobre hielo delgado. Al final del día, ¿no ha sido la raíz de este conflicto legal, precisamente, la ausencia de una consulta verdaderamente amplia e inclusiva con todos los actores urbanos? Un proceso mediado con rigurosidad técnica, donde las coincidencias y disidencias queden debidamente documentadas, analizadas y vinculadas al resultado final, es lo único que puede devolverle la seguridad jurídica al mercado.

Por todo esto, el llamado del sector privado organizado debe ser a liderar, hombro a hombro con las comunidades, una revisión profunda del PLOT en forma de auditoría de resultados con sus respectivas recomendaciones. La próxima ventaja competitiva del mercado inmobiliario panameño no será la capacidad de exprimir más metros cuadrados de un terreno. Será la capacidad de producir una mejor ciudad, la única capaz de sostener el valor de lo que ya hemos edificado. Esa es la conversación técnica que las reglas actuales nos obligan a tener, y que ningún actor estratégico del mercado puede darse el lujo de ignorar.

El autor es arquitecto y urbanista

La ciudad huérfana: por qué Panamá necesita nuevas herramientas de gestión

Existe una frontera invisible pero palpable en nuestra ciudad. Cruzarla toma apenas un segundo: es el instante en que salimos de la seguridad, la limpieza y el orden de un edificio o urbanización de propiedad horizontal (PH) y ponemos un pie en la acera pública. En ese preciso momento, pasamos de una “ciudad con dueño” a una “ciudad huérfana”.

Esta desconexión no es casual; es un fallo de diseño de nuestra legislación urbana. Panamá sufre, en la práctica, una polarización urbana extrema: o vivimos bajo el régimen privado estricto de un PH, o quedamos a merced de un Estado central y de municipios que, por falta de presupuesto o de capacidad operativa, no logran frenar el deterioro de la ciudad.

El resultado lo vemos a diario. Zonas recientemente renovadas con inversiones millonarias, como Vía Argentina, Calle Uruguay, avenida Central o Vía España, empiezan a mostrar signos de decadencia prematura. ¿Por qué? Porque el municipio no tiene la agilidad para cambiar una luminaria o reparar una baldosa con la velocidad que exige una zona comercial activa. Mientras tanto, en barrios históricos y asentamientos informales consolidados como Boca La Caja, la comunidad vive con el temor de que la “renovación” sea sinónimo de expulsión, como ocurrió con el intento fallido de zonificación.

Es urgente admitir que las herramientas actuales —la zonificación rígida y la dependencia casi exclusiva del presupuesto estatal— están agotadas. Panamá necesita abrir un debate serio sobre la creación de nuevos regímenes de gestión urbana que llenen el vacío entre lo público y lo privado.

Necesitamos legislar para crear figuras intermedias. Imaginemos, por ejemplo, que los vecinos y comerciantes de una calle turística deteriorada pudieran asociarse legalmente para autogestionar su seguridad y mantenimiento, complementando la labor municipal sin privatizar el espacio, mediante un Área de Mejoramiento Comercial (Business Improvement District). O pensemos en zonas urbanizadas o turísticas como Coronado o Cerro Azul, que no desean un régimen estricto de propiedad horizontal ni un proyecto de posicionamiento inmobiliario común —como ocurre en un AMC—, pero que sí necesitan organizarse para dar mantenimiento básico a sus áreas públicas y de servicios, a través de una Asociación de Mantenimiento Residencial, figura conocida técnicamente como entidades urbanísticas de conservación.

Imaginemos también un marco legal que proteja a las comunidades vulnerables del centro de la ciudad, permitiéndoles constituir fideicomisos sobre sus tierras. De este modo, podrían regularizar sus viviendas y acceder a crédito sin el riesgo de que la especulación inmobiliaria compre el barrio lote a lote y los desplace. Este modelo, conocido internacionalmente como Community Land Trust, separa la propiedad del suelo —comunal— de la vivienda —individual—, asegurando que la plusvalía urbana beneficie a quienes han vivido allí por generaciones y no solo a actores externos.

Pensemos, además, en nuestros activos públicos deteriorados. Contamos con escuelas y edificios institucionales ubicados en terrenos de altísimo valor, cerca del Metro, que se deterioran por falta de recursos. Necesitamos una ley que faculte —y no penalice— a las instituciones públicas o sin fines de lucro titulares de estos activos inmobiliarios a generar ingresos propios, alquilando espacios para comercios o servicios en sus plantas bajas, con el fin de financiar su mantenimiento sin depender de la burocracia central. Esto resulta especialmente crítico en proyectos de vivienda pública del Miviot, así como en escuelas, centros de salud, hospitales o iglesias cercanos a estaciones del Metro, zonas pagas o terminales de transporte.

No se trata de inventar la rueda. Estas figuras —áreas de mejoramiento, entidades de conservación y zonas de gestión mixta— ya funcionan con éxito en ciudades que van desde Medellín hasta Londres. Se trata de modernizar nuestro “software” legal para mejorar el “hardware” urbano.

Mientras sigamos intentando gestionar la ciudad del siglo XXI con leyes del siglo XX, seguiremos atrapados en la queja constante. Es momento de proponer un nuevo pacto urbano que otorgue a ciudadanos y comunidades las herramientas legales para cuidar y transformar su entorno, sin sustituir al Estado, sino complementándolo. La ciudad no puede esperar más.

El autor es arquitecto y urbanista.

Este artículo fue originalmente publicado en el Diario La Prensa de 14 de enero de 2026

Reparando la ciudad escalera: Boca La Caja como ejercicio de reflexión urbana

En columnas anteriores he intentado describir una disfunción urbana que se repite con insistencia en la ciudad de Panamá. En El salario vital, la ciudad y la trampa de la polarización abordé la distancia creciente entre ingresos y vida urbana viable. En La ciudad escalera exploré cómo ciertos barrios dejaron de cumplir su papel histórico como plataformas de movilidad social. Este texto no anuncia proyectos ni propone planes en ejecución. Busca algo más elemental: ordenar una reflexión sobre qué condiciones permiten que un barrio céntrico vuelva a funcionar como escalera urbana.

Boca La Caja sirve aquí como caso de estudio conceptual. No porque sea excepcional, sino porque concentra muchas de las tensiones que atraviesan hoy a los asentamientos informales céntricos del país.

Los datos censales de las últimas décadas muestran una trayectoria elocuente. Tras un crecimiento importante entre 2000 y 2010, el barrio registra una reducción significativa de población en el censo más reciente. Más allá de las cifras puntuales, la tendencia es clara: Boca La Caja pierde población neta, especialmente en edades productivas, y envejece. No estamos ante un territorio que absorba nuevas generaciones, sino ante uno que las ve partir.

Conviene afinar el diagnóstico. En asentamientos informales céntricos, la salida del barrio rara vez se explica por el costo cotidiano de vivir allí. La presión opera de otra manera. El tejido físico llega a su límite: lotes saturados, crecimiento informal agotado, ausencia de espacio para que nuevas familias se establezcan. A ello se suman restricciones legales y administrativas que dificultan herencias ordenadas, subdivisiones, formalización o acceso a financiamiento. El barrio deja de ofrecer el siguiente peldaño.

Este bloqueo estructural convive con factores igualmente determinantes. La inseguridad cotidiana, aun cuando no adopta formas extremas, desgasta y condiciona decisiones familiares clave. La aspiración social también pesa. El progreso personal suele ir acompañado del deseo de habitar entornos que reflejen ese esfuerzo. Cuando el barrio no transmite señales claras de mejora, la mudanza se convierte en una forma de coherencia vital más que en una ruptura afectiva.

Es aquí donde el concepto de ciudad escalera requiere precisión. La ciudad fue escalera porque permitió subir y, llegado el momento, moverse. Los barrios populares bien conectados ofrecían empleo, educación, redes y proximidad. Desde allí, muchas familias podían mejorar su situación y decidir irse en mejores condiciones, o incluso volver más adelante. El problema actual no es tanto la movilidad sino la salida anticipada, forzada por la imposibilidad de consolidar el ascenso dentro del territorio.

Cuando la ciudad deja de ofrecer plataformas intermedias, la escalera se rompe.

La educación ocupa un lugar central en esta reflexión. Un barrio puede tolerar limitaciones físicas durante cierto tiempo si ofrece una trayectoria educativa creíble. Históricamente, la ciudad escalera funcionó cuando la escuela del entorno inmediato acompañaba el ascenso social y lo hacía visible. Pensar hoy en esa función obliga a considerar arreglos institucionales distintos a los que han predominado. La figura de una escuela concertada —pública en su misión, con gestión autónoma y estándares exigentes— permite imaginar un anclaje educativo que articule formación académica, educación técnica y proximidad al empleo. Cuando la escuela se percibe como plataforma y no como antesala de salida, la aspiración encuentra un cauce dentro del propio barrio.

Ese horizonte de largo plazo, sin embargo, debe convivir con la viabilidad económica del presente. Un barrio que aspira a recuperar su función de escalera necesita también conectar su economía cotidiana con la ciudad formal que lo rodea. La capacitación técnica de corto plazo, la formalización progresiva del emprendimiento y el acceso a circuitos productivos reales permiten que las familias sostengan su permanencia mientras sus hijos se forman. Sin esa conexión inmediata, la aspiración educativa queda suspendida en el tiempo y la salida vuelve a adelantarse.

Este anclaje se refuerza cuando quienes sostienen los servicios públicos se integran al tejido cotidiano. La presencia residencial de maestros, personal de salud y policías, viviendo en el mismo barrio donde trabajan, contribuye a normalizar la vida diaria, fortalecer vínculos y estabilizar expectativas. No como privilegio ni como imposición, sino como parte de una ecología urbana más coherente.

En este marco aparece una figura clave: el Ciudadano Ancla. Vecinos formados en el propio barrio —técnicos, enfermeras, administrativos, profesionales medios— que hoy viven fuera del centro, no por ruptura con su comunidad, sino porque el territorio dejó de ofrecerles condiciones para quedarse durante etapas decisivas de su vida. Su eventual retorno no se entiende como nostalgia, sino como una fase legítima dentro de la trayectoria urbana: quedarse un tiempo, irse mejor y poder volver si las condiciones lo permiten.

La reflexión sobre el suelo resulta inevitable. Cualquier análisis serio debe considerar cómo evitar que la mejora urbana se traduzca automáticamente en desplazamiento. Instrumentos como los fideicomisos de tierras comunitarias permiten imaginar escenarios donde el valor generado permanezca vinculado al territorio y a quienes lo habitan. No como receta ni anuncio, sino como categoría analítica para pensar cómo se protege la función de plataforma del barrio.

Solo en ese contexto adquiere sentido hablar de urban infill. El relleno urbano aparece como consecuencia, no como detonante. Responde a condiciones previas: seguridad razonable, anclajes educativos, viabilidad económica inmediata, presencia institucional estable y demanda interna real. Se trata de alojar, de forma ordenada, tanto al Ciudadano Ancla que retorna como a los servidores públicos que se integran al barrio, sin introducir presiones externas que desfiguren su función.

Aquí el arquitecto de barrio cumple un rol preciso y acotado. No es un planificador distante ni un inspector punitivo. Su función es guiar el proceso de ordenamiento estético y ajuste predial: negociar linderos, ganar aceras, abrir pequeños espacios públicos y dar coherencia formal al crecimiento. El orden urbano y la calidad estética no operan como lujo, sino como señales de cuidado, previsibilidad y dignidad compartida. Señales que solo se sostienen en el tiempo cuando existe una forma de organización vecinal capaz de gestionar lo cotidiano, resolver conflictos y dialogar de tú a tú con el resto de la ciudad.

Este ejercicio de reflexión apunta a una idea central: reparar la ciudad escalera no significa fijar población ni negar la aspiración de cambio. Significa devolver opciones. Permitir que quedarse sea viable durante ciertas etapas de la vida, que irse sea una decisión y no una imposición estructural, y que volver deje de ser una excepción improbable.

Leída desde esta óptica, Boca La Caja no es un proyecto por anunciar ni un problema a resolver de una vez. Es un espejo de las fallas acumuladas de nuestra política urbana. Reparar la ciudad escalera comienza, necesariamente, por entender por qué dejó de cumplir su función.

El autor es arquitecto y urbanista.

Este artículo fue originalmente publicado en el Diario La Prensa de 9 de enero de 2026

Sin gobernanza no hay confianza; sin confianza no hay gobernanza

Tomando en consideración la polémica suscitada en los medios de comunicación y en las redes sociales por la propuesta del Municipio de Panamá de introducir una Compensación Urbana por incremento a la edificabilidad como instrumento de financiamiento, es importante entender el fondo de dicha polémica y cómo podemos superarla como ciudad.

Según el gobierno municipal, con esta propuesta se pretende compensar —en dinero o en especie— los impactos que tendrán en su entorno las construcciones permitidas gracias a las asignaciones, cambios y autorizaciones de uso de suelo, las excepciones a la norma y los nuevos usos de suelo programados. Hasta hoy, esos proyectos no pagan más que el valor del trámite, que no excede los B/.500.00, y no aportan compensación alguna ni a su entorno ni a la ciudad en general.

Si bien esta debería ser la finalidad de las tasas cobradas para los permisos de construcción —la Tasa de Construcción Municipal—, dicha tasa no fue diseñada como instrumento de gestión urbana, tal como lo informa el Plan Local de Ordenamiento Territorial en su Anexo 3, Tomo 2, citado también por el anteproyecto de acuerdo municipal.

n otras palabras, lo recaudado por permisos de construcción va a la olla común de los municipios y no tiene un propósito concreto. Esto refleja la principal falla del sistema de ordenamiento territorial panameño: la falta de un régimen de gobernanza urbana con un sistema de gestión urbana compatible con el espíritu del Plan Local de Ordenamiento Territorial del Distrito de Panamá y de la Ley 6 de 2006, que reglamenta el ordenamiento territorial para el desarrollo urbano en la República de Panamá, cuyo objetivo es “procurar el crecimiento armónico de los centros poblados y brindar a sus habitantes accesibilidad universal y mejor calidad de vida”.

La Real Academia Española define gobernanza como la “forma de gobernar, especialmente si es eficaz y adecuada a los fines que se persiguen”.

Por su parte, ONU-Habitat amplía esta definición al señalar que “es un proceso mediante el cual los gobiernos y los principales actores deciden colectivamente cómo planificar, financiar y gestionar las áreas urbanas”.

Dicho esto, podemos afirmar que sí existe de facto un régimen de gobernanza y de gestión, pero responde a otros fines e intereses, enfocados no necesariamente en el crecimiento armónico ni en mejorar la calidad de vida, sino en el libre usufructo de la tierra en régimen de propiedad privada y en la libre oferta y demanda de productos inmobiliarios. Los mecanismos de mercado determinan qué conviene o no a cada persona —vista como consumidor— para satisfacer sus necesidades básicas y suntuarias, entendidas como parte de su calidad de vida.

Por ello, desde la aprobación de la Ley 6 de 2006, sus promesas de crecimiento armónico, accesibilidad universal y mejor calidad de vida no se han concretado. Cumplirlas requiere de un Estado dirigista, pero los gobiernos que hemos tenido desde entonces —y los principales actores urbanos que influyen en ellos— no están ideológicamente de acuerdo con ese nivel de dirigismo. Prefieren aparentar cumplimiento, pero con excepciones, omisiones y ambigüedades.

Este contexto es el caldo de cultivo perfecto para la desconfianza ciudadana. Ningún instrumento de gestión urbana, por novedoso que sea, podrá tener éxito si no surge de un genuino consenso colectivo sobre cómo planificar, financiar y gestionar nuestro territorio, no solo las áreas urbanas.

El proyecto de compensación urbana presenta esta contradicción: busca sacar provecho de decisiones puntuales que terminan desfigurando la imagen urbana establecida por el plan mediante acuerdo municipal. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿para qué gastar tiempo y esfuerzo en planes y normas complementarias si lo que en realidad se busca es un régimen urbano que facilite el crecimiento económico sin barreras burocráticas? Pero también cabe preguntarse si ese es realmente el deseo colectivo de los capitalinos o solo de algunos grupos con mayor influencia y poder sobre los tomadores de decisiones.

Afortunadamente, la Ley 14 de 2015, que modifica la Ley 6 de 2006 e introduce ajustes a los artículos 89 a 92 de la Ley de Descentralización, instituyó sabiamente la Junta de Desarrollo Municipal (JDM), una instancia nunca implementada y diseñada precisamente para sostener la gobernanza urbana tal como la define ONU-Habitat.

Es importante entender que la JDM se distingue de la Junta de Planificación Municipal (JPM) en que la primera es una instancia colectiva y programática —de gobernanza urbana—, mientras que la segunda es colegiada y operativa —de gestión urbana—. Siendo así, antes de proponer nuevos instrumentos de gestión urbana, resulta más importante instituir la JDM, donde los representantes de todos los principales actores urbanos (políticos, comunidades, empresarios, académicos, profesionales y funcionarios públicos) podamos decidir colectivamente cómo planificar, financiar y gestionar no solo nuestras áreas urbanas, sino el territorio que las sostiene.

Sin embargo, la JDM requiere de un brazo técnico, del mismo modo en que la Dirección de Planificación Urbana ha servido a la JPM. El Plan Local de Ordenamiento Territorial lo denomina Ente Gestor, que podría materializarse como una empresa municipal consultora o, preferiblemente, como un Instituto de Políticas Urbanas (AIP) de carácter investigativo —similar al INDICASAT, CIHAC o CIEPS—, bajo el amparo del Municipio de Panamá.

Quizás la Junta de Desarrollo Municipal y el Instituto de Políticas Urbanas-AIP puedan convertirse en el legado más importante de la actual administración municipal, permitiendo construir los puentes necesarios para sentarnos todos en la misma mesa, hablar con sinceridad y acordar, con datos en mano, una visión colectiva para los próximos diez años. No será una solución perfecta, pero sí perfectible. Y eso ya es un avance.

Este artículo de opinión fue publicado originalmente por el Diario La Prensa de 3 de noviembre de 2025.

El Suelo Programado: Una oportunidad para un desarrollo urbano más equitativo

El concepto de Suelo Programado, también conocido como doble zonificación, ha surgido en Panamá como una propuesta innovadora para la planificación urbana. Este modelo combina dos instrumentos clave. El primero es el “Uso de Suelo Sobrepuesto” (Overlay Zoning), una regulación complementaria que permite el desarrollo por fases, comenzando con un código de uso de suelo de menor intensidad y progresando a uno de mayor intensidad. El segundo es una “tasa por impacto urbanístico” o “compensación urbanística” (Impact Fee), un mecanismo diseñado para capturar la plusvalía generada por los nuevos desarrollos. Estos fondos se destinan a mitigar los impactos negativos, mejorando la infraestructura, el equipamiento urbano y el paisajismo de los barrios afectados.

Un ejemplo claro de su aplicación es el caso de San Francisco Centro. Un desarrollador podría construir un edificio de 10 pisos con el código base 1ZM5 sin pagar nada adicional. Sin embargo, si desea construir una torre de 12 pisos, deberá acogerse al código de uso de suelo programado 1ZM6 y pagar un canon sobre el área de construcción y la población adicional. Este pago se canalizará a un fondo de compensación para proyectos de mitigación y mejoras en el barrio. Esta capacidad de generar fondos para obras de mejora en el barrio es lo que legitima el Suelo Programado. En épocas de bonanza, la plusvalía capturada podría incluso financiar mejoras en otros barrios o corregimientos.

Para que este modelo funcione, es crucial que el Municipio de Panamá, la Junta Comunal de San Francisco y la Junta de Desarrollo Local del barrio afectado cuenten con un programa de obras definido. Este programa, basado en las necesidades del barrio y los ingresos esperados, garantizaría la inversión adecuada de los fondos. La falta de un programa claro y un fondo dedicado podría restarle toda legitimidad a la propuesta ante los residentes.

Además, es fundamental considerar la implementación de un Plan Maestro para grandes lotes o áreas en transición, como San Sebastián. Un plan de este tipo debería incluir ajustes prediales y relotificación, asegurando una integración armónica del desarrollo urbano con su entorno y evitando así la creación de desarrollos aislados.

Si se aplica correctamente, el Suelo Programado representa una oportunidad única para que autoridades, desarrolladores y residentes colaboren en la mejora progresiva de la calidad de vida en zonas con alto potencial de crecimiento inmobiliario y en zonas que el municipio determine que necesitan ser revitalizadas y repobladas, en especial aquellas más céntricas, como Calidonia o Curundú. Esto permitiría que el desarrollo sea verdaderamente integral, no solo atrayendo inversión y empleo, sino también distribuyendo sus beneficios a las comunidades existentes y futuras. El éxito de esta iniciativa dependerá del contenido del Acuerdo Municipal que regule las contribuciones urbanísticas.

Este artículo de opinión fue publicado originalmente por el Diario La Prensa de 14 de septiembre de 2025.

El urbanismo es político

Quien crea que el urbanismo y sus especialidades son un ejercicio meramente técnico y científico, ajeno a la subjetividad, a los dilemas morales y al drama humano, seguramente carece de experiencia o, si la tiene, la ha ejercido encerrado en el mundo de lo teórico, buscando que la realidad se amolde a un ideal platónico.

El urbanismo es, quizás, uno de los campos profesionales más políticos que existen, sencillamente porque toma decisiones que afectan la convivencia en sociedad.

Es político porque incide sobre el patrimonio personal y familiar, porque puede favorecer a un grupo en detrimento de otros, porque tiene un impacto ambiental significativo y porque puede alterar rutinas profundamente o forzar la convivencia con quien se busca evitar.

El urbanismo es, esencialmente, un servicio público. Aunque puede ejercerse desde el ámbito privado, debe necesariamente vincularse con el sector público para tener impacto real, tanto en lo material como en lo simbólico. De lo contrario, es apenas un ejercicio académico o una postura moral.

Y esta última es la tentación más común en materia urbanística: convertir gustos e intereses personales en verdades absolutas, en categorías morales.

Aquí conviene hacer una distinción clara entre quienes actúan deliberadamente en contra del interés público y de las normas, y quienes simplemente no ejecutan sus acciones conforme a nuestras preferencias, ideologías o estéticas urbanísticas. Sobre todo, hay que distinguir a quienes deben equilibrar intereses diversos —a veces contrapuestos— e incorporar puntos de vista incómodos por razones que van más allá de lo técnico.

Esto es lo que hace que nuestras ciudades tengan personalidad propia: una personalidad tan compleja como la de sus ciudadanos, y por tanto reflejo de su humanidad, con sus virtudes y miserias.

Por eso el urbanismo exige entereza y valentía de parte de los técnicos, las autoridades y los representantes de los distintos actores urbanos (residentes, empresarios, transeúntes, trabajadores, políticos, etc.). Requiere capacidad para confrontar y ser confrontado, para tomar decisiones estratégicas y asumir sus consecuencias. Al fin y al cabo, debemos aceptar con humildad que no somos dioses, que estamos al servicio de los demás y que no nos representamos únicamente a nosotros mismos en el ejercicio de esta labor.

Esto dista mucho de los postulados morales o de la mal llamada estrategia de imagen pública, que muchas veces encubren convicciones dogmáticas o esconden la cobardía de enfrentar decisiones difíciles —propias o ajenas—, tomadas en privado o en mesas de conciliación, pero que son necesarias y cuyos frutos solo veremos con el tiempo.

Ante esta descripción del trabajo esencialmente político del urbanista y de las autoridades urbanísticas, es claro que no se trata de una labor para cualquiera. Requiere nervios de acero, toneladas de paciencia y una piel gruesa, capaz de resistir ataques personales y amenazas a la integridad física, familiar o económica. Pero, sobre todo, requiere humildad y fe para entender que nada de lo que haga un urbanista será perfecto, aunque siempre será perfectible. De no ser así, sería un ejercicio estéril, mecánico y francamente aburrido. Todo lo que quede pendiente del deber ser representa una nueva labor y un reto que abordar para materializar.

Tal vez compartamos estas penas con muchas otras profesiones. Tal vez no seamos únicos en nuestros retos. Pero, al menos, esto confirma que somos parte integral de la experiencia humana.

Este artículo de opinión fue publicado originalmente por el Diario La Prensa de 25 de mayo de 2025.

De buenas intenciones se pavimentó el camino al infierno vehicular

Todo ejercicio de gestión urbana involucra cierto grado de conciencia de que toda acción urbanística tiene consecuencias socioeconómicas. Un ejemplo claro de ello son las normas de uso de suelo y la zonificación vigente en Panamá desde mediados del siglo XX, todas ellas de inspiración estadounidense y modernista, en especial su variante euclidiana con su racional y extrema separación de usos de suelo (comercial, residencial, industrial) y su preferencia por el automóvil como medio de transporte “… que ha anulado por completo nuestras viejas ideas de la planificación urbana” (Le Corbusier, 1924).

Dicha zonificación con su regulación predial basada en la densidad poblacional, sus retiros, porcentajes de área construida y mínima y listados minuciosos de edificaciones permitidas echaron por tierra más de 400 años de tradición urbanística hispana renacentista (con sus cuadrículas con manzanas cortas, mezcla de usos, mezcla social y espacios jerarquizados en ciudades compactas) y ha servido como base para la especulación inmobiliaria, la segregación social del espacio urbano y la expansión voraz del suburbio con los costos sociales, ambientales y fiscales que estos han representado.

Otro ejemplo son los bienintencionados incentivos a la inversión privada (disfrazados de subsidios a la clase media y baja) como el Bono Solidario o el Interés Preferencial para préstamos hipotecarios las cuales a largo plazo distorsionan el mercado inmobiliario residencial y refuerzan la antes mencionada especulación y segregación espacial expulsando cada vez más a la clase media baja y baja a las periferias.

Todo ello mercadeado como una mejora en calidad de vida alejada del bullicio y suciedad de la vida urbana para nuestras élites económicas, políticas y culturales que huyeron a las periferias iniciando así la degradación y devaluación del casco urbano de ciudades como la nuestra en el siglo XX gracias, en no menor medida, a los avances tecnológicos en el transporte como el auto, el tranvía y el autobús creando así un modelo de aspiración social hacia la vivienda propia, en tierra propia, con un auto propio que posibilite el acceso a la ciudad desde un ambiente semi rural.

Más de tres generaciones hemos crecido bajo este esquema aspiracional creando así una nueva tradición urbanística de la cual será difícil de romper a menos que las elites lideren una nueva aspiración social por vivir, trabajar, estudiar y entretenerse cerca, en un ambiente socialmente diverso… como siempre los humanos hicimos por milenios.

Es por ello por lo que la construcción preferente de la Línea 5 del Metro de Panamá es la mejor oportunidad para catalizar dicho cambio social, al acercar los barrios de La Exposición, Bella Vista, San Francisco, Parque Lefevre y Costa del Este, animando así a sus residentes a dejar el auto en casa.

Dicho proyecto podrá ir acompañado de una política urbanística municipal que cree zonas especiales de desarrollo con un régimen especial de asociaciones público-privadas diseñadas con contribuciones de capital y regulaciones urbanas que potencien el mejor y más intenso uso de la propiedad en zonas con infraestructura mejorada y un óptimo nivel de equipamiento urbano preferiblemente cerca de las estaciones del metro para desconcentrar la vida urbana y sus oportunidades en nuevos nodos y centralidades metropolitanas.

Mientras la sociedad siga viendo a políticos, activistas y profesionales urbanos de clase media y alta predicando las bondades sociales y ambientales de la caminabilidad desde sus barrios amurallados y bien curados, movilizándose en grandes autos a gas, eléctricos o híbridos, los componentes más aspiracionales de esta sociedad seguirán copiando lo que hacen y no lo que dicen los primeros, perpetuando así el infierno vehicular que padecen los residentes de Panamá Oeste, Panamá Norte y Panamá Este y se opondrán, con justa razón, a toda política que limite el ingreso del auto particular al centro de la ciudad como en el resto del mundo civilizado. Si la élite urbana lideró un cambio profundo en el siglo XX, lo puede repetir en el siglo XXI. La ciudad y las generaciones futuras se lo van a agradecer.

Este artículo de opinión fue publicado originalmente en el Diario La Prensa de 13 de septiembre de 2024.