La Ciudad Espléndida

Observaciones urbanas para una sociedad más humana

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La Ciudad Escalera

El Área Metropolitana de la Ciudad de Panamá no es un solo espacio geográfico; es un sistema de vasos comunicantes donde el éxito se encuentra a kilómetros y el fracaso en horas de tráfico. Los resultados del Censo 2023 han confirmado una vez más un fenómeno que muchos urbanistas veníamos observando desde hace décadas: las viviendas del centro de la metrópolis se vacían de residentes permanentes mientras incorporan usuarios de cuartos de alquiler, locales comerciales, oficinas y otros usos transitorios.

El distrito de San Miguelito, durante años el principal motor del crecimiento demográfico urbano registró por primera vez una contracción significativa: perdió más de 34,000 habitantes entre 2010 y 2023. Lejos de ser un síntoma de colapso urbano, este ajuste revela el funcionamiento de lo que podríamos llamar una Ciudad Escalera: un sistema en el que la movilidad residencial opera como estrategia de ascenso social.

En esta lógica, barrios populares y antiguos asentamientos informales funcionan como estaciones de arranque. Las familias llegan con pocos recursos, acceden a vivienda mediante posesión, autoconstruyen, consolidan su patrimonio y, con el tiempo, transforman ese “capital de ladrillo” en una plataforma para mejorar su ingreso, educar a sus hijos y aspirar a un siguiente peldaño residencial. Cuando ese objetivo se alcanza, el desplazamiento geográfico suele tener un destino claro: la periferia metropolitana.

Esto explica por qué mientras San Miguelito pierde población, distritos como Arraiján hayan crecido más de 50% en el mismo periodo, absorbiendo a una clase media emergente que busca seguridad, más espacio habitable y la promesa de orden urbano. No se trata de huir de la ciudad, sino de avanzar dentro de ella siguiendo la lógica que el propio mercado y la regulación permiten.

Pero esta escalera no es limpia ni automática. Tiene estructuras oxidadas y peldaños rotos. El éxito de mudarse a la periferia se paga con un “impuesto al tiempo” devastador. La fricción urbana —concepto desarrollado por Alain Bertaud— se traduce en trayectos diarios que superan con facilidad los 80 minutos por sentido. En el Área Metropolitana de la Ciudad de Panamá estamos normalizando un modelo donde el ascenso socioeconómico exige desarraigarte del lugar que te vio crecer, desgastarte en el tranque y pasar menos tiempo con tu familia. Es así como el progreso se gana en metros cuadrados habitables, pero se cobra en horas de vida diarias.

Pero esta escalera no es limpia ni automática. Tiene estructuras oxidadas y peldaños rotos. El éxito de mudarse a la periferia se paga con un “impuesto al tiempo” devastador. La fricción urbana —concepto desarrollado por Alain Bertaud— se traduce en trayectos diarios que superan con facilidad los 80 minutos por sentido. En el Área Metropolitana de la Ciudad de Panamá estamos normalizando un modelo donde el ascenso socioeconómico exige desarraigarte del lugar que te vio crecer, desgastarte en el tranque y pasar menos tiempo con tu familia. Es así como el progreso se gana en metros cuadrados habitables, pero se cobra en horas de vida diarias.

A este fenómeno se suman factores menos visibles, pero igual de determinantes. La seguridad y la percepción de clase juegan un papel central. Para muchos hogares que lograron “graduarse” de la informalidad, permanecer en barrios que comienzan a deteriorarse o a cambiar rápidamente de uso deja de ser una opción atractiva. El temor al delito, la pérdida de referentes sociales y la sensación de estancamiento empujan la decisión de irse incluso antes de que exista una necesidad económica estricta.

Paradójicamente, una parte importante de estos barrios se formalizó jurídicamente. Muchos asentamientos informales accedieron, tras largos procesos, a derechos posesorios y eventualmente a título de propiedad. Sin embargo, esa formalización no siempre vino acompañada de infraestructura adecuada, servicios completos ni una capacidad real de adaptación intergeneracional de la vivienda. Además, en los barrios consolidados del centro, los cambios de uso de suelo —formales e informales— tampoco vienen siempre acompañados de infraestructura suficiente, reglas de convivencia claras o mecanismos eficaces de gestión urbana.

Muchas veces estos procesos ocurren al margen del código de uso de suelo de la zona en cuestión o mediante cambios de uso por lote impulsados por las propias autoridades urbanísticas. El resultado es un encarecimiento progresivo de la tierra que termina expulsando a los herederos: las viviendas no pueden crecer en altura, los parientes no desean o no pueden permanecer cerca, y la propiedad se vende o se alquila para usos distintos al residencial. La ciudad se vacía de vecinos y se llena de transacciones.

En este contexto, la pregunta clave no es por qué la gente se mueve, sino por qué la ciudad no logra retenerla. Hoy el Estado regula, sanciona o tolera, pero ha sido mucho menos eficaz en construir un sistema de incentivos que permita al pequeño propietario y al pequeño inversionista convertirse en aliados activos del desarrollo urbano. Faltan políticas que ayuden a mejorar la calidad estética y funcional de los barrios, que faciliten la producción de más vivienda dentro de ellos y que permitan una densificación progresiva —ese “missing middle” que tanto necesita la ciudad— sin destruir su tejido social.

Enfocar los incentivos a la industria inmobiliaria en las áreas cercanas a las estaciones del Metro de Panamá, lograr que el transporte público acerque los trabajos a la vivienda en menos de 60 minutos y ofrecer reglas claras y predecibles para pequeños desarrollos sería un buen comienzo. No se trata de frenar la movilidad, sino de hacerla una elección, no una obligación.

La Ciudad Escalera no debería obligar a abandonar el barrio para progresar. Debería permitir que los barrios crezcan con su gente. La pregunta que vale la pena hacerse —especialmente desde la clase media emergente y quienes están en camino de serlo— no es solo por qué se van, sino qué se está haciendo para que quedarse también sea una opción real de progreso.

Este artículo de opinión fue publicado originalmente en el Diario La Prensa de 31 de diciembre de 2025.

¿Para qué zonificamos en Panamá?

A raíz de la campaña sistemática de desinformación que desató los disturbios en Boca La Caja en mayo, para bien o para mal, la palabra zonificación está en boca de todos. Muchas veces se usa como sinónimo de planificación; otras, como sinónimo de urbanismo. Como no hay mal que por bien no venga, es oportuno aprovechar este espacio para explicar una parte del quehacer urbanístico, quizás la que más incide directamente en el ciudadano: las normativas urbanas, pues determinan qué puede o no puede hacerse legalmente con una propiedad. Esa sola condición basta para que a menudo sean malinterpretadas.

La zonificación forma parte de lo que los planificadores urbanos llaman “instrumentos normativos de planificación”. Es decir, una serie de herramientas diseñadas para alcanzar ciertos objetivos establecidos por las autoridades, con el fin de generar efectos deseados sobre la ciudad —ya sea en su forma o en su función— a corto, mediano o largo plazo. Estos instrumentos tienen un sustento teórico que se desarrolla en informes de política pública y planos, y que luego se traduce en leyes, decretos y resoluciones nacionales, además de acuerdos y decretos municipales. Así se materializa su aplicación en cada nivel de gobierno.

Por tanto, más que preguntarnos para qué zonificamos, deberíamos preguntarnos para qué planificamos y para qué normamos.

La planificación urbana nace del deseo humano de alcanzar la armonía, la belleza y el buen vivir, elementos que identificamos con el orden, un valor connatural al desarrollo humano en su etapa civilizada. Lo opuesto —el caos, la fealdad y el malvivir— es reflejo del desorden, asociado al estado bárbaro o incluso salvaje.

Por eso planificamos: porque buscamos ordenar y modelar el territorio para alcanzar la plenitud del desarrollo humano, tanto en lo material como en lo espiritual. Y como ese orden no surge espontáneamente, la experiencia demuestra que solo se alcanza mediante instituciones. Estas, a su vez, establecen normas de cumplimiento obligatorio, que forman la conducta humana y cumplen una función educativa en beneficio del bienestar general.

Las normas de uso de suelo armonizan las actividades humanas y regulan los espacios donde ocurren (las edificaciones), con el fin de lograr ambientes urbanos estéticamente armónicos que impulsen un ciclo virtuoso de bienestar económico y social. Es decir, el buen vivir generalizado.

Las primeras normas urbanas modernas surgieron a mediados del siglo XIX, con el apogeo de la Revolución Industrial. Las ciudades —muchas de origen medieval— se expandían de forma desordenada, combinando actividades productivas con residencias en los mismos espacios. La llegada de fábricas y producción masiva trajo consigo pobreza, insalubridad y desorden social, agravados por la especulación inmobiliaria, los inquilinatos y, más adelante, los asentamientos informales. A ello se sumaban salarios bajos, jornadas extenuantes y la necesidad de que todos los miembros de familias numerosas trabajaran, a menudo en el sector informal.

Ante este panorama, los estados modernos comenzaron a ordenar el caos, impulsados por movimientos ciudadanos y académicos como el higienista, cuyas investigaciones sobre epidemias y condiciones sociales dieron origen a nuevos enfoques de planificación. De allí surgieron las primeras normas de líneas de construcción, códigos estructurales y regulación del uso del suelo que desplazaron industrias del casco urbano.

También nacieron principios para mejorar la ventilación e iluminación urbana, mediante retiros frontales, laterales y posteriores, y normas que relacionaban la altura de los edificios con el ancho de las servidumbres viales. Más adelante se incorporaron regulaciones sobre áreas verdes, espacios públicos y protección del patrimonio. Todo ello forma hoy parte de la regulación predial y edificatoria.

No fue sino hasta finales del siglo XIX que la ciudad de Fráncfort consolidó estas ideas en el primer mapa de zonificación urbana moderna, práctica luego adoptada por ciudades de Estados Unidos y que influyó en los arquitectos y urbanistas panameños del Instituto de Vivienda y Urbanismo (IVU) desde 1965.

Zonificar consiste en determinar —sobre un mapa— qué se puede o no hacer en cada lote, y qué tipo de edificaciones pueden construirse. Así se define cómo queremos que se vean nuestras ciudades en el futuro, o qué elementos existentes deseamos conservar y reforzar.

Con los años, distintas fuerzas han moldeado el contenido y rigor de los códigos de zonificación: gremios inmobiliarios, constructores, comerciantes, asociaciones vecinales y políticos. ¿La razón? El impacto económico, social y ambiental de estos códigos sobre el potencial edificatorio y el valor del suelo.

Dependiendo del grado de cultura cívica y técnica de los actores políticos, empresariales o comunitarios, dependerá si se toman en serio —o no— las normas urbanas. La alternativa sería la ley del más fuerte, donde cada quien hace lo que quiere con su lote, con la esperanza de que el mercado regule el espacio urbano. El resultado de ese enfoque salta a la vista en los asentamientos informales, e incluso en barrios formales sin fiscalización.

Hay sistemas intermedios. En algunas jurisdicciones donde no existe zonificación estricta, se evalúa caso por caso cada propuesta arquitectónica a través de juntas de planificación. Este método puede ser flexible, pero también subjetivo, arbitrario o lento, especialmente en países con escasa confianza institucional. Por eso requiere normas complementarias, descentralización efectiva y participación comunitaria.

En Panamá llevamos 60 años zonificando y normando, pero solo ahora muchos ciudadanos —fuera de círculos activistas— descubren que el derecho a la propiedad no es absoluto. El Estado, en razón del interés público, puede indicar qué actividades están permitidas o no en un terreno, y qué tipo de construcciones son viables, incluso si eso limita su rentabilidad.

Esto puede resultar traumático en sectores urbanos donde la ley y el Estado estuvieron ausentes durante décadas. Pero es necesario si queremos que esos espacios se integren al mundo formal y que sus habitantes salgan de la pobreza al potenciar sus tierras como patrimonio familiar. El proceso organizativo en Boca La Caja y San Sebastián será crucial para su futuro. Ojalá, con la guía de Dios, que los frutos de sus deliberaciones y negociaciones beneficien no solo a sus comunidades, sino también a la ciudad entera.

Este artículo de opinión fue publicado originalmente por el Diario La Prensa de 8 de junio de 2025.