La Ciudad Espléndida

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La ciudad que ya no nos deja vivir en ella

Por qué una generación entera de panameños está siendo empujada a la misma clase de lugar

Por Carlos Antonio Solís Tejada

Marta tiene 32 años. Creció en Bethania, en la casa de sus papás, a tres cuadras de la escuela donde estudió y a diez minutos del trabajo de su mamá. Hoy alquila un apartamento de una recámara en el mismo barrio, paga $750 al mes, y hace tres años decidió averiguar qué tendría que pasar para comprarlo.

La respuesta del banco fue sencilla: Dado que el apartamento se vende en $145,000 y como este no califica para el Interés Preferencial ya que el precio supera el tope, le cobrarían la tasa del mercado: alrededor de 7%. La cuota mensual a 30 años, con prima del 10%, sale en $890. A eso hay que sumarle $90 de mantenimiento, IBI, seguro y costos de cierre. La cuenta cierra en $1,050 al mes para comprar el mismo apartamento donde paga $750 alquilando.

Marta gana $1,800 al mes. Hizo la cuenta dos veces. Se tomó un café. La hizo otra vez. La diferencia —los $300 mensuales que le costaría la compra sobre el alquiler— equivale a la cuota del carro o a los pagos de la beca de su sobrina. Tras la conversación con el banco volvió a casa con una pregunta más íntima que financiera: ¿por qué la diferencia?

Ese cálculo, que millones de panameños están haciendo en distintas variantes, esconde un fenómeno estructural que no se ve si uno mira solo su propio caso. Cuando se lo mira a escala de toda la ciudad, aparece algo distinto.

El hallazgo central: dos mercados que dejaron de moverse al mismo ritmo

En un mercado de vivienda en equilibrio, el costo mensual de alquilar y el de comprar la misma vivienda mantienen una relación predecible. La lógica es sencilla: si comprar un apartamento por $200,000 y alquilarlo deja una renta anual razonable —digamos 6% del valor del inmueble—, entonces para una vivienda de ese precio la renta mensual debería rondar los $1,000. Cuando alquilar es mucho más barato que esa cifra, comprar deja de tener sentido económico para quien busca rentabilidad. Cuando alquilar es mucho más caro, todo el mundo corre a comprar y los precios se ajustan.

En la Ciudad de Panamá esa relación se rompió, y la ruptura es geográfica.

En el centro y los barrios consolidados —Calidonia, La Exposición, Bella Vista Viejo, Bethania, Pueblo Nuevo, Parque Lefevre, Río Abajo— el alquiler está claramente por debajo del nivel que justificaría la compra. Los datos del Censo 2023 procesados a través del sistema REDATAM muestran que el alquiler mediano de estos barrios oscila entre $400 y $900 mensuales, mientras que la cuota hipotecaria a tasa comercial para vivienda equivalente arranca en $1,100 y trepa rápido. La compra solo cierra para hogares con capital propio significativo o ingresos altos.

En la periferia popular —Tocumen, 24 de Diciembre, Pacora, Las Cumbres, partes de San Miguelito— la lógica se invierte. Gracias al subsidio del Interés Preferencial, la cuota mensual de compra queda por debajo del alquiler equivalente. Una vivienda nueva subsidiada, que se vende típicamente en el rango de $80,000 a $115,000, deja una cuota mensual de entre $400 y $580 con tasa preferencial; el alquiler promedio en los mismos barrios ronda los $500 a $650. Comprar gana matemáticamente.

Las dos zonas del mercado dejaron de moverse al mismo ritmo. En el centro, alquilar es la única opción razonable para quien no es dueño. En la periferia, comprar con subsidio es lo que cierra. Y por eso una generación entera de panameños está siendo empujada al mismo lugar: lejos del barrio donde creció.

Lo que realmente cambió

A primera vista los números no parecen tan dramáticos. Si uno mira la tasa nacional de propiedad entre jefes de hogar de 30 años, encuentra cifras parecidas a las de 1990. La proporción de panameños jóvenes que son propietarios no colapsó.

Lo que se transformó es la geografía y el mecanismo de acceso.

En 1990, la propiedad joven en la Ciudad de Panamá se construía por dos vías paralelas. Por un lado, la informalidad pionera: hogares trabajadores que ocupaban un terreno en lo que entonces era periferia rural —Tocumen, Las Cumbres, Pacora—, levantaban una casa propia con bloques y mano de obra propia, y veinte años después regularizaban la tenencia. Esa vía construyó la ciudad popular del Panamá metropolitano. Por otro lado, la formalidad de clase media: hogares profesionales que compraban casa o apartamento en barrios entonces medios —Bethania, Parque Lefevre, Vista Hermosa, Pueblo Nuevo, Río Abajo— a precios que cabían en sus ingresos.

Hoy las dos vías se cerraron, pero por motivos distintos.

La informalidad pionera no desapareció, pero se transformó. Todavía hay ocupaciones nuevas en franjas de Panamá Este —Pacora, partes de Tocumen y 24 de Diciembre—, en zonas de Panamá Norte como Mocambo, y en sectores de Arraiján. Pero ya no opera con la misma escala ni con el mismo horizonte de regularización que en los años setenta y ochenta del siglo veinte. Los lotes amplios disponibles se agotaron o quedaron en manos privadas con vigilancia activa; las regularizaciones masivas se volvieron excepcionales y discrecionales; y los nuevos asentamientos enfrentan condiciones más difíciles —terrenos menos aptos, mayor riesgo de desalojo, plazos largos sin acceso a servicios básicos—. La vía informal sigue siendo una salida real para una porción del mercado, pero ya no es el motor masivo de acceso a la propiedad popular que fue durante tres décadas.

La formalidad de clase media también cambió. Comprar hoy una casa o apartamento en Bethania, Pueblo Nuevo o Parque Lefevre cuesta entre $200,000 y $400,000 —un rango muy por encima del tope del Interés Preferencial—. Los hijos de los hogares que compraron ahí en las décadas de 1980 y 1990 no pueden replicar la operación de sus padres con sus propios ingresos en sus propios barrios.

Para ambas trayectorias, una sola puerta abierta: la periferia nueva subsidiada. Hoy se compra lejos del barrio de origen, con hipoteca de banco, en una casa o apartamento subsidiado en proyectos masivos de Tocumen, 24 de Diciembre, Pacora, Felipillo. La generación nueva accede a la propiedad solamente si abandona el barrio donde creció.

La paradoja del centro

Donde más sentido tendría que se construyera vivienda nueva —Calidonia, La Exposición, Bella Vista Viejo— es donde menos se construye.

Estos barrios concentran las mejores ventajas urbanas del país. Tienen estaciones de Metro a distancia caminable. Tienen hospitales del seguro social, escuelas públicas y privadas, comercio diversificado, oficinas, vías principales que conectan con el resto de la ciudad. Cualquier criterio razonable de planificación urbana diría que ahí es donde habría que densificar.

Y sin embargo, la oferta de vivienda nueva en esos barrios es prácticamente inexistente.

Las razones son combinadas. La inseguridad real —y, sobre todo, la percepción de inseguridad— ha alejado a desarrolladores y compradores de clase media. Una buena cantidad de lotes funciona como inversión de engorde: sus dueños esperan plusvalías futuras sin presión fiscal sobre la vacancia. El Interés Preferencial, como veremos, solo aplica a vivienda nueva, lo que excluye toda la edificación existente que podría reactivarse. Y existen barreras técnicas reales del desarrollo en barrios consolidados que no conviene minimizar: lotes de geometría compleja, construcciones existentes con valor patrimonial o legal, redes de servicios saturadas, conflictos de zonificación, costos de demolición y remediación.

Pero el resultado es paradójico: la oferta de vivienda nueva en Panamá se concentra en zonas con servicios urbanos por construir, mientras los barrios con servicios urbanos consolidados se quedan sin oferta. La ciudad sigue creciendo —pero el crecimiento se aleja sistemáticamente de los lugares donde tendría más sentido vivir.

Una política, un solo producto

El problema de fondo es que el Estado panameño tiene un solo instrumento de política habitacional.

El Interés Preferencial, creado en 1985 y modificado en distintas ocasiones desde entonces —la legislación vigente es la Ley 468 de abril de 2025, modificada por la Ley 481 con efectos desde enero de 2026—, subsidia un único producto: vivienda nueva, hasta $120,000, ubicada típicamente en periferia, construida casi siempre como casa de fila en proyectos masivos. El resto del mercado opera sin política propia. Vivienda usada del centro consolidado, vivienda media, alquiler, microcrédito hipotecario, edificios subutilizados o vacíos: ninguno de estos segmentos tiene un instrumento del Estado que lo movilice o lo regule.

Treinta y cinco años orientando la política habitacional hacia ese único producto generaron consecuencias estructurales sobre todos los actores del mercado. Los bancos se especializaron en originar Interés Preferencial: sus modelos de riesgo, sus equipos comerciales, sus procesos operativos están afinados para ese tipo de operación. Los desarrolladores producen casi exclusivamente bajo ese formato porque es ahí donde existe demanda solvente subsidiada. Los gremios del sector estructuran su agenda alrededor del flujo de proyectos amparados en la ley. Y, de manera silenciosa pero importante, parte del subsidio se capitaliza en el precio del suelo periférico: la literatura económica internacional documenta consistentemente que cuando se subsidia la demanda en mercados con oferta inelástica, una porción del subsidio termina en el bolsillo del vendedor del terreno, no del comprador final.

El instrumento, por diseño, concentra la oferta en un formato muy específico: vivienda compacta, en suelo periférico de bajo costo, optimizada para mantenerse bajo el tope. Eso tiene tres consecuencias prácticas para el comprador.

Primero, el costo por metro cuadrado del producto subsidiado, una vez descontado el subsidio, suele igualar o superar al de vivienda equivalente del centro consolidado. La diferencia entre lo que el comprador paga y lo que pagaría sin subsidio es menor de lo que parece, porque parte del subsidio se capitaliza en el suelo.

Segundo, el área típica de la unidad ronda los 50 a 65 metros cuadrados, dimensiones ajustadas para una familia de dos o tres personas y que es menor a la composición habitual del hogar del comprador del rango que ronda los cuatro (padre, madre y hasta dos hijos).

Tercero, la localización está lejos de los servicios urbanos consolidados —hospitales, escuelas con buena reputación, oficinas, transporte público confiable—. Eso traslada al comprador costos importantes de tiempo y dinero que no aparecen en la cuota mensual: dos horas diarias de viaje en transporte público, gastos de combustible o pasaje, dependencia de un solo vehículo familiar, acceso limitado a oportunidades laborales del centro.

La conversación pública sobre vivienda en Panamá suele plantear como solución extender el Interés Preferencial a la vivienda usada. Es una propuesta intuitiva: si el subsidio funciona para vivienda nueva, ¿por qué no extenderlo a la vivienda existente?

No alcanza. Y puede ser contraproducente.

El problema no es a qué se aplica el subsidio. Es que solo existe un subsidio. En un mercado donde la oferta del centro consolidado está estructuralmente restringida —por las razones combinadas que vimos—, inyectar demanda subsidiada produciría capitalización en precio, no aumento de acceso. La vivienda usada del centro se encarecería para todos, beneficiando a los actuales propietarios pero no a la generación nueva que busca acceso. Para que el subsidio a vivienda usada efectivamente abriera acceso, tendría que ir acompañado de medidas que reactiven la oferta efectiva.

La cancha desnivelada

Una política habitacional integral requiere un portafolio de instrumentos trabajando al mismo tiempo, no un único subsidio. Las experiencias regionales y la literatura aplicada documentan al menos seis herramientas complementarias que, en conjunto, podrían nivelar la cancha:

Garantía pública para hipotecar inmueble antiguo. En sistemas financieros maduros, los bancos acceden a fondos de garantía estatal que cubren parte del riesgo de préstamos sobre vivienda con título antiguo o con historial constructivo informal. Eso reduce la barrera que hoy enfrentan miles de panameños para hipotecar la casa de la abuela o el apartamento heredado.

Microcrédito hipotecario. Hogares con ingresos parcialmente informales —que componen una fracción importante del mercado laboral panameño— quedan por debajo del piso bancario tradicional. Países como Colombia y Perú han desarrollado microcréditos hipotecarios que tienden el puente con metodologías de evaluación de capacidad de pago basadas en flujos reales y no solo en ingresos formales registrados.

Tributación al inventario residencial vacío. Ciudades europeas y latinoamericanas han implementado impuestos progresivos al inmueble que permanece vacío más allá de cierto plazo, así como sobretasas sobre el lote de engorde. El objetivo no es recaudatorio sino regulatorio: hacer financieramente inviable mantener inventario subutilizado en zonas con demanda habitacional.

Marco regulatorio del alquiler con fiscalización efectiva. Panamá tiene legislación de alquiler en el papel, pero la fiscalización es marginal. Un marco efectivo balancearía protección al inquilino, formalización contractual e incentivos a la oferta —en un mercado donde más de un tercio de los hogares del centro consolidado son inquilinos, esto no es asunto menor—.

Captura de plusvalía urbana. Cuando llega el Metro a un barrio, o cuando se construye una nueva avenida, el suelo aledaño aumenta su valor sin que el propietario haya hecho nada. Mecanismos de captura de esa plusvalía permiten que parte de ese aumento del valor regrese a la inversión pública que lo generó —cofinanciando la siguiente etapa de infraestructura urbana, o subsidiando vivienda asequible en la zona—.

Programa específico de reactivación del centro consolidado. Más allá de incentivos generales, los barrios del centro requieren intervenciones específicas: asistencia técnica para la formalización y mejora de propiedades en régimen de propiedad horizontal con títulos complejos, exoneraciones temporales sobre transmisiones que detonen renovación, programas de reocupación de edificios subutilizados.

Una sola política para todo el mercado distorsiona el mercado entero. Un portafolio de seis instrumentos complementarios, cada uno atendiendo una falla específica, permitiría que la política habitacional dejara de empujar a la generación nueva a un solo destino.

La diferencia es política

Las dificultades técnicas para construir cada uno de esos seis instrumentos son reales. Implican consensos institucionales, marcos regulatorios, capacidades técnicas en organismos públicos, presupuestos. Implican también superar la inercia de un sistema que durante 35 años se acostumbró a operar bajo una sola lógica.

Pero son dificultades resolubles si se decide resolverlas.

Volvamos a Marta. Lo que ella enfrentó al hacer las cuentas no es un problema individual. No es que tomó malas decisiones, ni que ahorró poco, ni que eligió mal su carrera. Marta tomó decisiones razonables y hace cuentas precisas. Lo que enfrenta es un sistema de vivienda diseñado para que su decisión solo cierre si abandona el barrio donde creció. Un sistema que les ofrece a los panameños jóvenes una alternativa única —y la presenta como solución cuando en realidad es producto de una política habitacional incompleta—.

La diferencia entre una ciudad que retiene a su generación nueva en los barrios consolidados y una ciudad que la expulsa hacia su periferia no es técnica. Es política. Es la diferencia entre tener un solo instrumento o tener un portafolio. Es la diferencia entre subsidiar un producto o regular un mercado. Es la diferencia entre acumular treinta y cinco años de inercia o decidir que ya es tiempo de construir las herramientas que faltan.

La conversación sobre vivienda en Panamá necesita salir del marco «extender o no extender el Interés Preferencial» y entrar en el marco «qué política habitacional queremos para los próximos veinte años». Esa conversación no la van a iniciar los bancos, ni los desarrolladores, ni los gremios. Tiene que iniciarla la ciudadanía con la academia, los medios, los gobiernos locales, los partidos políticos. Y tiene que iniciarla pronto, porque cada año que pasa con un solo instrumento es un año más de generación empujada al mismo lugar.

El autor es Arquitecto y Urbanista.

Nota metodológica

Este análisis se basa en los microdatos del Censo 2023 INEC, procesados a través del sistema REDATAM con asistencia de Claude AI (un Modelo de Aprendizaje de Lenguaje), comparados cuando es relevante con los censos de 1990, 2000 y 2010. La cobertura geográfica abarca las áreas censales del Distrito de Panamá y los lugares poblados de los distritos de Panamá, San Miguelito, Arraiján y La Chorrera —que en conjunto concentran más del 60% de la población urbana del país—.

Las cifras de costo mensual de alquiler y de cuota hipotecaria estimada se construyeron a nivel de barrio individual para el Distrito de Panamá y a nivel de lugar poblado para los demás distritos. La estimación de cuota hipotecaria asume condiciones estándar del mercado bancario panameño: prima del 10%, plazo de 30 años, tasa comercial de 7% para vivienda fuera del rango de Interés Preferencial y tasa preferencial de 4% para vivienda dentro del rango.

El análisis es descriptivo y transversal. La evidencia disponible documenta la existencia de los patrones reportados pero no permite establecer causalidad sobre los mecanismos subyacentes. La información sobre tenencia formal está agregada a nivel de lugar poblado en los reportes públicos del Censo, mientras que ingreso, vacancia y composición demográfica sí están desagregados a nivel de barrio individual para el Distrito de Panamá.

Los nombres «Marta» y los datos personales utilizados como apertura son una composición narrativa basada en patrones que el análisis cuantitativo identifica como representativos del segmento socioeconómico y etario descrito; no corresponden a una persona real específica.

Blindar la ciudad: una reforma institucional para un urbanismo responsable

El desorden urbano que enfrentan nuestras ciudades no es producto del azar. Es consecuencia de un diseño institucional que privilegia la discrecionalidad sobre la norma, el corto plazo sobre la estrategia y el impulso político inmediato sobre la coherencia territorial. Panamá no carece de inversión ni de profesionales capacitados; más bien carece de una arquitectura institucional capaz de sostener decisiones técnicas más allá del ciclo electoral.

Reformar el régimen urbano no significa frenar el desarrollo. Significa diseñar instituciones capaces de resistir presiones coyunturales, reducir riesgos de captura y producir decisiones basadas en evidencia que potencien la inversión para un desarrollo urbano responsable y sostenible.

1. Estabilidad técnica con evaluación y responsabilidad.

La fragilidad técnica del sistema no se resuelve con inamovilidad administrativa. Se resuelve con una Carrera Técnica Urbanística especializada, orientada a premiar el conocimiento y la experiencia, previa evaluación. Los urbanistas necesitan estabilidad para aplicar la norma frente a presiones económicas o políticas, pero bajo un esquema de rendición de cuentas mediante:

• Concursos públicos obligatorios con criterios técnicos verificables para la contratación.

• Evaluación periódica basada en indicadores objetivos para la permanencia.

• Dictámenes estructurales públicos y debidamente motivados para transparentar la gestión.

• Remoción reglada por causales claras como negligencia, conflicto de interés o desempeño insuficiente.

La estabilidad es un mecanismo de gestión de riesgo institucional. Sin continuidad técnica, el criterio urbano cambia cada cinco años, aumentando la inseguridad jurídica y la litigiosidad.

2. Separación funcional y coherencia institucional

Para que los Planes de Ordenamiento Territorial (POT) sean eficaces, la estructura de los municipios debe diferenciar funciones con precisión en direcciones de:

• Planificación Urbana: que define el modelo territorial y la normativa estructural.

• Obras y Construcciones: que fiscaliza el cumplimiento normativo mediante revisión de planos e inspecciones en sitio.

• Proyectos e Infraestructura: que diseña y ejecuta obra pública (parques, aceras, plazas, ciclovías, etc.) dentro del marco aprobado.

• Gestión Urbana: que coordina la operación territorial y administra instrumentos urbanísticos.

De esta manera, quien planifica no ejecuta; quien ejecuta no fiscaliza; y quien fiscaliza no redefine la norma. Esta separación reduce conflictos de interés y fortalece la trazabilidad. Pero, sobre todo, evita la priorización indebida de una función sobre otra.

3. Gobernanza y blindaje de la Junta de Planificación Municipal

El ordenamiento no puede depender exclusivamente del Despacho Superior municipal; requiere contrapesos locales. La Junta de Planificación Municipal debe ser esa instancia deliberativa técnico-política. Sin embargo, para reducir el riesgo de captura en un mercado pequeño, el diseño debe incorporar salvaguardas reales:

• Remuneración e incompatibilidad: Para exigir un régimen estricto de conflicto de interés y prohibir el ejercicio profesional privado dentro del municipio durante el mandato, los miembros deben ser remunerados. La independencia técnica tiene un costo que el Estado debe asumir para evitar que las sillas sean capturadas por intereses particulares.

• Mandatos escalonados: No deben coincidir con el periodo del alcalde para asegurar autonomía.

• Actas y votaciones públicas: Todas las decisiones deben ser motivadas y estar abiertas al escrutinio público.

4. Integralidad territorial y arquitectura financiera

Las decisiones fragmentadas “lote por lote” generan ineficiencias sistémicas. Los cambios de zonificación deben responder a un análisis de capacidad real de redes, impactos ambientales y de mercado, además de coherencia territorial. Los instrumentos económicos deben aplicarse de manera general y no negociarse individualmente. De lo contrario, se incentivan distorsiones oligopólicas del mercado que encarecen artificialmente la urbe.

Asimismo, se debe romper la dependencia municipal del ciclo inmobiliario. La planificación no puede depender fiscalmente del mismo ciclo que debe regular. El sostenimiento municipal debe descansar en tributos estables, mientras que la captura de plusvalía debe ser un instrumento reglado y destinado exclusivamente a infraestructura pública.

5. Inteligencia territorial: decisiones basadas en evidencia

Toda arquitectura institucional es vulnerable sin información pública verificable. Es imprescindible una unidad encargada de recolectar datos georreferenciados que integren variables ambientales, socioeconómicas y de mercado. Gobernar sin datos es administrar presiones; gobernar con evidencia es ejercer responsabilidad pública. Mientras más transparente sea la data, más transparente se hace el mercado, mejores decisiones pueden tomar los inversionistas y más protegemos a los consumidores y sus comunidades.

Conclusión

El debate urbano es entre discrecionalidad y opacidad versus institucionalidad y transparencia. Blindar la ciudad significa diseñar reglas que reduzcan riesgos de captura, clarifiquen funciones y sometan las decisiones al escrutinio público. Sin esa arquitectura, el desorden seguirá siendo el resultado lógico del sistema; con ella, el desarrollo podrá ser técnicamente defendible más allá de cualquier ciclo electoral y cualquier moda ideológica.

El autor es arquitecto y urbanista.

Este artículo fue originalmente publicado en el diario La Prensa de 1 de marzo de 2026.

El clamor del Municipio de Colón es el clamor de los gobiernos locales de Panamá

No hay duda de que las palabras del alcalde del Municipio de Colón, Diógenes Galván, en un acto protocolar frente al Presidente de la República el pasado 5 de noviembre de 2025, han causado un gran revuelo en la opinión pública panameña, pues puso el dedo en la llaga de un mal que aflige a todos los gobiernos municipales de Panamá: la injusticia fiscal frente al Gobierno Central.

Dicha injusticia hunde sus raíces en el centralismo panameño, el cual puede terminar minando la legitimidad de todo el sistema económico sobre el que se asienta el desarrollo del país. ¿Cómo se le explica a cada comunidad, sobre la que se asienta una zona franca, una concesión administrativa, etc., que las actividades económicas que están ocupando una parte significativa de su territorio y explotando sus recursos no tienen obligación alguna con quienes viven en su entorno?

Se supone que la legitimidad de estas actividades reposa en los empleos que crean y los efectos agregados del consumo que deberían generar. Sin embargo, hasta el momento no se le ha presentado a la ciudadanía una auditoría de costos y beneficios de estos regímenes especiales, con la cual se pueda comprender, con datos en mano, sus beneficios o impactos negativos, comenzando por su entorno.

El caso de Colón es, quizás, el más extremo, dado que su territorio, con una posición tan estratégica para la economía global, se encuentra fragmentado por distintos enclaves económicos globales explotados por el Gobierno Central, comenzando por el Canal de Panamá, los puertos, la Zona Libre y el Ferrocarril, ocupando una parte importante de su suelo y base fiscal. ¿Cómo puede la administración municipal sostenerse e incluso profesionalizarse para atender las necesidades presentes y su desarrollo futuro si los dividendos creados en su territorio se los lleva el Gobierno Central y los intereses radicados fuera de sí? La solución está en el retorno al principio de subsidiariedad.

Dicho principio invierte completamente la pirámide fiscal y administrativa, dándole prioridad en la repartición de derechos y obligaciones a los gobiernos locales, y dejando de último al Gobierno Central, el cual debería tener un rol más limitado de coordinación, defensa y representación ante entes externos. Pero, en Panamá operamos justo al revés, sacrificando los intereses de las comunidades en nombre del desarrollo nacional.

El centralismo económico y administrativo es un cáncer que carcome incluso la participación cívica, alienando a los ciudadanos en una lógica individualista que los aleja de su realidad inmediata, bajo la ilusión de que se pertenece a una gran sociedad que actúa en un territorio de 75,517 km². La falta de compromiso de ciudadanos, empresas y gobiernos comienza por su poca contribución económica al sostenimiento de sus gobiernos locales y de los servicios básicos que estos deben ofrecer al delegarlos a entes centralizados. Esta situación termina alimentando un ciclo vicioso en el que los mejores servicios se encuentran en la capital de la República y los peores, a nivel local, destruyendo las bases sobre las cuales asentar el desarrollo local y regional.

Se hace importante, por tanto, que el Gobierno Nacional reflexione y haga una reingeniería de su régimen administrativo y fiscal en beneficio de los gobiernos locales y las comunidades, para que estas sientan el impacto positivo de las empresas y actividades que se establecen en su entorno, y que estas no se limiten a dar caridad disfrazada de RSE.

Es por ello que se hace cada vez más urgente utilizar los recursos institucionales de gobernanza que ya ofrece la ley de descentralización, comenzando por el Consejo Nacional de Urbanismo, las Juntas de Desarrollo Municipal (que no deben confundirse con las Juntas de Planificación Municipal), y las Juntas de Desarrollo Local (las cuales dependen de las Juntas Comunales). El Gobierno debe convocarlas y sostenerlas con el fin de crear los acuerdos nacionales necesarios para el desarrollo desde la base, desde el desarrollo comunitario, priorizando los beneficios de los recursos geográficos y naturales en su entorno inmediato y luego en los siguientes niveles de influencia.

Un gobierno empresarial se debe basar en brindar un ecosistema que haga posible el emprendimiento, y eso comienza con educación de calidad, servicios básicos de calidad y gobiernos locales eficientes que atraigan buenos negocios, sostenidos por el mejor recurso humano local, y que estos tengan un nivel de vida satisfactorio en su patria chica. Pero para ello debe invertir, pues son en estos ambientes positivos en los cuales los grandes capitales, las empresas disruptivas y creativas surgen y se aglomeran, creando así un ciclo virtuoso. Pero todo comienza por darle los recursos técnicos y fiscales a los municipios bajo un régimen de autonomía que les permita arrancar y crear dichos ecosistemas, y que compitan entre sí. Para mañana, es tarde.

Este artículo de opinión fue publicado originalmente en el Diario La Prensa de 8 de noviembre de 2025.

Reurbanizar Ciudad de Panamá: el mayor megaproyecto de nuestra historia

No es un misterio para muchos panameños que el agua potable es un bien cada vez más escaso, ya sea porque, a pesar de estar conectados al sistema, no les llega, no lo hace con suficiente presión o, simplemente, la red no existe. Ni hablar del drenaje de aguas grises: este problema lo reconoce el IDAAN. Y el drenaje pluvial no es la excepción, como lo admite el MOP.

Este problema no es nada nuevo. Por años hemos visto protestas, primero de comunidades remotas y ahora también de sectores del centro de la ciudad, preocupados por la amenaza latente de nuevos proyectos inmobiliarios de alta densidad.

Tan grande es la crisis, que hoy día hasta los representantes de corregimiento y diputados de la ciudad de Panamá están buscando, ya sea prevenir más proyectos o hacer que sus promotores sean legalmente responsables de garantizar la provisión de agua a sus clientes.

Reconocer un problema tan básico y actuar en consecuencia ha sido un reto, tanto para políticos como para empresarios, quienes han preferido mirar hacia otro lado en nombre de la economía y, sobre todo, de la empleomanía.

Tampoco faltan las acusaciones mutuas para evadir la responsabilidad de actualizar y ampliar la oferta y distribución de agua potable, la red de tratamiento de aguas servidas y la gestión del agua de lluvia.

Para lograr esto último, debemos comenzar por proveer más espacio verde y más tierra libre en las ciudades, que absorban el agua y permitan cosecharla para su aprovechamiento doméstico y urbano, reduciendo así el consumo excesivo de agua potable.

También es fundamental conservar los manglares y respetar y ampliar la servidumbre natural de los ríos y costas urbanas, manteniendo sus sinuosidades para evitar desastres como los sufridos en Juan Díaz y Don Bosco o los derrumbes en Samaria.

Sin embargo, hay un elefante en la habitación que seguimos ignorando y que hace difícil cualquier ejercicio de planificación urbana: asegurar la provisión presente y futura de agua potable, el tratamiento de aguas servidas y la gestión del agua de lluvia mediante el megaproyecto más grande que el mismo tren o el metro de Panamá. Me refiero a la reurbanización de la ciudad de Panamá.

Reurbanizar la ciudad implica un proceso largo y paciente de modernización de la red de agua potable (no solo evitar fugas) y sanitaria, además de la actualización del drenaje pluvial, incluyendo la compra de terrenos para garantizar espacios verdes dentro de la trama urbana y para recuperar las servidumbres fluviales y marítimas.

También implicará adaptar nuestra red vial para priorizar al peatón sobre el automóvil, dando preferencia a las aceras por encima de los estacionamientos y nuevos carriles vehiculares, así como al transporte público y medios alternativos. Estas medidas, junto con la expansión de los espacios verdes, reducirán la sensación térmica y el consumo de energía eléctrica y gasolina, además de mejorar la calidad del aire.

Para materializar esta reurbanización, todos tendremos que hacer sacrificios económicos y materiales; es ineludible. Pero estos esfuerzos buscan un bien mayor: nuestro bienestar y una mejor calidad de vida. Más que un sacrificio, es una inversión que asegurará el crecimiento sostenible de la ciudad. Desde el residente, quien verá valorizada su vivienda, hasta el promotor, que enfrentará menos obstáculos para atraer inversión y desarrollar proyectos sin afectar los derechos de terceros. ¿Y la ciudad? Ganaríamos capitalinos más felices y la posibilidad de atraer nuevas y mejores oportunidades.

Necesitamos una alianza público-privada para acelerar este proceso. Los municipios y el gobierno central están en una posición clave para lograrlo. Solo falta voluntad.

¡Para mañana es tarde!

Este artículo fue publicado originalmente en el Diario La Prensa de 26 de marzo de 2025.

La salida a la hiper-centralitis crónica de Panamá


Últimamente hemos sido testigos de las tensiones entre los representantes de corregimiento y los alcaldes de tres de los cinco municipios del Área Metropolitana de la Ciudad de Panamá causada por las limitaciones en la distribución de los fondos de funcionamiento e inversión presupuestados para los corregimientos.

Si bien es cierto que sin dichos fondos sus respectivas juntas comunales no pueden brindar los servicios y proyectos demandados por sus comunidades de manera sostenible, cabe preguntarse cómo llegamos a este punto y, sobre todo, cómo podemos salir de este atolladero. El resolver este problema será clave para restaurar y asegurar la legitimidad de nuestro sistema político.

¿Por qué? Sencillamente porque para la gran mayoría de los seres humanos nuestra relación con el gobierno comienza y termina dentro de los radios de 500 metros que circundan los lugares donde vivimos, estudiamos, trabajamos, hacemos negocios, nos entretenemos y rendimos culto a Dios o sea nuestro mundo inmediato. Es en este mundo inmediato donde radican nuestras familias y demás relaciones sociales con las que se fundamenta nuestro sentido de comunidad y el territorio donde ocurre nuestra verdadera patria.

Tradicionalmente, nuestro régimen municipal, centrado en los Cabildos, desde su fundación en el siglo XVI hasta el siglo XX tenían el poder de poder resolver directamente y fueron el motor del desarrollo social y cultural de nuestras comunidades…hasta el surgimiento del Estado Nación Moderno que fue acaparando y socavando su poder para atender problemas locales y sobre todo robándole el control sobre su fiscalidad.

¿Y todo esto para qué? ¿Ha demostrado el Gobierno Central ser ese justo y racional administrador de la cosa pública? ¿Han demostrado sus ministerios y entidades centralizadas la capacidad para atender las denuncias y las necesidades de nuestras comunidades? ¿Pueden sus funcionarios e inspectores cubrir tanto territorio en tiempo perentorio para atender toda clase de denuncias? ¿Qué tal delegar en los municipios?

Para añadir más complejidad al asunto, los municipios también se encuentran con un mundo cada vez más complicado, con territorios más densamente poblados, lo que ha llevado a crear nuevos municipios o a crear nuevas subdivisiones administrativas. Panamá en su caso decidió crear las juntas comunales, pero sin darles una base fiscal sobre la que sostenerse haciéndolos dependientes de las alcaldías para atender problemas muy locales reproduciendo el problema de las entidades centralizadas. Para rematar muchos municipios y corregimientos han sido creados también sin una base fiscal lo suficientemente robusta para justificar su existencia.

La solución resulta ser obvia: Primero fusionar corregimientos cercanos hasta lograr la base fiscal necesaria para sostener la administración del nuevo corregimiento y que este también sirva de sostén para el distrito con los demás corregimientos. En caso de no lograr dicha solvencia, deberían fusionarse municipios vecinos hasta lograr la necesaria solvencia fiscal y fortaleza administrativa además de atraer la inversión privada y estimular la economía en sus territorios.

Segundo, invertir la pirámide fiscal y desaparecer la Autoridad Nacional de Descentralización, siendo las juntas comunales las primeras encargadas de recaudar los impuestos y sus comunidades las primeras beneficiarias, seguidos por los municipios y finalmente el gobierno central. Para muchos esto no resulta tan obvio tomando en consideración la calidad de representantes y alcaldes que típicamente se eligen y la calidad de instituciones que estos políticos y sus ciudadanos generan. ¡Pero esto no se resuelve acudiendo al gobierno central! Si algo nos demostró el último gobierno es que la ignorancia, incapacidad y corrupción no es patrimonio exclusivo de representantes y alcaldes.

En lugar de pelearse, esta es la oportunidad para que se unan los representantes con sus alcaldes para fortalecer sus municipios atrayendo la inversión privada y estimular la actividad económica en sus comunidades para aumentar así la recaudación fiscal, pero para que esto tenga éxito debe haber una coordinación efectiva y un sistema de repartición de beneficios justo que compense el esfuerzo tanto de representantes como de alcaldes para hacer sus municipios brillar.

Este artículo fue originalmente publicado en el Diario La Prensa de 20 de septiembre de 2024