La Ciudad Espléndida

Observaciones urbanas para una sociedad más humana

El sistema no se toma, se hereda: advertencias para el relevo político

Ahora que se discuten las reformas al Código Electoral, es menester recordar que en Panamá la política no fracasa por falta de buenas intenciones. Fracasa porque el sistema está diseñado para neutralizarlas, encauzarlas o —en el mejor de los casos— volverlas funcionales. Quien no entiende esta premisa antes de cruzar el umbral del servicio público termina, tarde o temprano, reproduciendo aquello que prometió combatir.

La arquitectura del poder actual no es un accidente; es un diseño. Desde la entrada en vigor del Código Electoral de 1997 —y sus posteriores reformas—, la política panameña dejó de ser un espacio relativamente abierto para convertirse en un mercado de acceso restringido. No fue una reforma técnica ni administrativa: fue un rediseño estructural que elevó las barreras de entrada, homogeneizó el discurso aceptable y premió la logística territorial por encima de la doctrina, la formación o la densidad ideológica.

El arquetipo institucional

El Partido Revolucionario Democrático (PRD) no solo se adaptó a estas reglas: en buena medida las inspiró. El Código no obligó al PRD a transformarse; más bien institucionalizó un modelo que ya había probado ser eficaz. Es así como la cobertura nacional, los umbrales de inscripción elevados, la estructura permanente, el control territorial y la resistencia financiera se convirtieron en requisitos de supervivencia.

Ese diseño dictó una sentencia lenta pero firme contra los partidos de ideas. El caso del Partido Demócrata Cristiano —hoy Partido Popular— es el ejemplo más nítido: una organización de cuadros asfixiada por un modelo que privilegia el liderazgo logístico sobre el liderazgo intelectual. El diseño institucional transformó la participación política en una afición de lujo: al elevar los costos de permanencia, el sistema garantiza que solo los actores con financiamiento sostenido lleguen a la papeleta, dejando las ideas en un segundo plano frente a la capacidad de pago.

La lección previa al Código: Papa Egoró

Esta lógica no nace en 1997. Panamá ya había vivido, en la década de 1990, un antecedente incómodo con el Partido Papa Egoró: un movimiento orgánico y disruptivo que logró irrumpir sin pedir permiso al sistema. No fue derrotado de inmediato; fue agotado —y abandonado por su líder—. La necesidad de financiar su permanencia terminó empujándolo a la irrelevancia. El Código de 1997 no surge en el vacío: perfecciona esa lección y cierra las grietas que experiencias como Papa Egoró habían expuesto.

La ilusión de la renovación independiente

Este marco es indispensable para analizar, sin romanticismos, la figura de la libre postulación. Aunque se presenten como ruptura, muchas de estas irrupciones han dependido de las mismas palancas de siempre: alto financiamiento y acceso privilegiado a los grandes medios.

Más que una derrota del sistema, esto parece su actualización. El diseño de 1997 demuestra su capacidad para absorber la disidencia, permitiendo caras nuevas que utilizan herramientas antiguas. Se produce así una renovación estética que funciona como válvula de escape al descontento social sin alterar los incentivos centrales. Ganar una elección mediante los mecanismos tradicionales de las élites no equivale a derrotar el modelo; equivale a aceptar el contrato para administrarlo como una oposición controlada.

El debate superficial: aritmética vs. estructura

En el contexto actual, mientras se discuten nuevas reformas al Código Electoral, la miopía del relevo político resulta evidente. La bancada de Vamos y otros sectores emergentes han concentrado su capital político y su capacidad de movilización en la aritmética legislativa —el sistema de asignación de curules—, ignorando los nodos reales donde se reproduce la exclusión. Pelear por el residuo o el cociente es discutir la decoración de la casa mientras los cimientos están podridos.

La verdadera falta de pluralidad y participación ciudadana no nace en el método de elección, sino en las barreras de entrada, en el financiamiento que actúa como filtro de clase y en las reglas de permanencia que asfixian a quien no tiene un padrino económico. Al enfocarse solo en la mecánica parlamentaria, el nuevo liderazgo independiente demuestra una alarmante falta de profundidad para atacar el origen del problema, validando —quizás por omisión— el mercado político que juraron transformar.

El ancla del poder local

El corazón del modelo no está en la Asamblea, sino en las juntas comunales y los concejos municipales. Allí se construye la lealtad diaria y se garantiza la reproducción del modelo incluso tras derrotas electorales. El sistema no disciplina de inmediato; disciplina con el tiempo, cuando la supervivencia exige negociación permanente sobre recursos locales.

La advertencia final

La política panameña no se transforma desde la intención ni desde una victoria aislada. Todo actor nuevo enfrenta una bifurcación inevitable: o construye una alternativa estructural, fuera de los círculos tradicionales de financiamiento, o termina adaptándose para sobrevivir. Esa adaptación suele llamarse “pragmatismo”, pero casi siempre es asimilación.

Panamá no necesita más actores que prometan “no ser como el PRD” mientras operan con los mismos recursos y debaten con la misma superficialidad técnica. Necesita actores dispuestos a romper las reglas del mercado político, incluso si eso implica renunciar a la comodidad del acceso inmediato. La historia es clara: el sistema no se toma; se hereda o se reproduce. Quien no entienda eso antes de entrar no cambiará la política panameña. La política, inexorablemente, lo cambiará a él.

El autor es arquitecto, urbanista y excandidato a representante de corregimiento.

Este artículo fue originalmente publicado en el Diario La Prensa de 10 de febrero de 2026.

La escala o la irrelevancia: la integración pendiente entre Panamá y Costa Rica

Durante demasiado tiempo, Panamá y Costa Rica, los dos países con mayor desarrollo humano de América Central, han vivido cómodos dentro de sus propios relatos fundacionales. Costa Rica se proyecta como la Suiza centroamericana, un Estado social sólido dentro de una región volátil; Panamá, en cambio, se promueve como el hub global del istmo, sede de una plataforma logística y financiera excepcional. Ambas narrativas han sido útiles para construir cohesión interna, pero comparten una limitación estructural en la geopolítica del siglo XXI: la escala.

En un mundo que se reorganiza en bloques económicos, cadenas de suministro regionalizadas y mercados ampliados, la excepcionalidad de estos dos países colindantes, con poco más de cinco millones de habitantes cada uno, encuentra rápidamente sus límites. La pregunta que rara vez se formula con franqueza no es cuál modelo nacional resulta más exitoso, sino si es viable que ambos sigan operando como economías separadas que, aun sin proponérselo, compiten por la misma inversión, el mismo talento y oportunidades similares.

La integración profunda entre Panamá y Costa Rica debe entenderse no como un gesto ideológico ni una consigna regionalista, ni como una reacción intuitiva basada en sus niveles de desarrollo similares, sino como una respuesta racional para superar las restricciones que impone la relativa pequeñez de ambas naciones en un sistema internacional que penaliza la fragmentación.

Dos economías, dos especializaciones complementarias

Un análisis desapasionado de las capacidades productivas de ambos países revela una complementariedad evidente. Costa Rica ha construido, con consistencia, una economía orientada a la manufactura avanzada y a la complejidad exportadora. Su régimen de zonas francas, su capital humano y su ecosistema institucional han permitido atraer industrias de alto valor agregado, especialmente en dispositivos médicos y tecnologías de precisión.

Panamá, por su parte, ha desarrollado una especialización distinta pero igualmente estratégica. Su fortaleza no reside en la manufactura, sino en la articulación de flujos: logística, conectividad aérea, servicios financieros, telecomunicaciones y plataformas corporativas. Panamá opera como un acelerador regional, un punto de convergencia donde capital, datos y mercancías reducen costos de tiempo y ganan escala.

Separadas, ambas economías enfrentan límites claros. Integradas, conforman una cadena de valor regional más completa y competitiva.

Integración más allá de los aranceles

La discusión contemporánea sobre integración ya no se centra en los aranceles. El verdadero desafío está en la arquitectura institucional. La infraestructura sin armonización normativa produce fricción; los tratados sin interoperabilidad regulatoria generan frustración.

La oportunidad para Panamá y Costa Rica consiste en construir un espacio económico funcionalmente integrado donde producción, logística, gestión corporativa y talento puedan articularse sin obstáculos innecesarios. No se trata de borrar fronteras políticas, sino de reducir fricciones operativas: homologar procesos, coordinar regímenes especiales, facilitar la movilidad del capital humano y permitir que los ecosistemas productivos dialoguen entre sí.

Un entorno así permitiría que, desde una plataforma jurídica e infraestructural coherente, una empresa investigue en un parque tecnológico, fabrique en una zona franca, consolide su logística en una terminal marítima o aérea y gestione su operación regional indistintamente en cualquiera de los dos países.

El eje fronterizo como punto de anclaje

La dimensión territorial de esta integración tiene su eje natural en el occidente panameño y el sur costarricense. El desarrollo portuario, la modernización fronteriza y una eventual conexión ferroviaria no deben concebirse como proyectos aislados, sino como infraestructura habilitante de una economía transfronteriza.

La conectividad física y digital, bien coordinadas, permitiría transformar una frontera históricamente conflictiva en un espacio de convergencia productiva, reduciendo costos y ampliando oportunidades a ambos lados.

La resistencia silenciosa

Si la lógica económica es tan clara, ¿por qué el avance ha sido tan limitado? La respuesta es incómoda, pero necesaria: la integración altera equilibrios internos.

Las barreras no arancelarias, los conflictos sanitarios recurrentes y las disputas comerciales episódicas no responden únicamente a criterios técnicos. En muchos casos, reflejan la defensa de intereses sectoriales y de espacios de discrecionalidad política. Un mercado ampliado, regulado por normas más impersonales y coordinadas, reduce márgenes de control y expone ineficiencias que hoy permanecen protegidas.

Esta resistencia no es exclusiva de un país ni del otro; es un fenómeno compartido.

La escala como condición de relevancia

Panamá y Costa Rica enfrentan una disyuntiva estructural: persistir como dos economías funcionales pero limitadas en el tablero hispanoamericano, o avanzar deliberadamente hacia una integración que les permita ganar escala, previsibilidad y capacidad de negociación.

La geografía ya los hizo vecinos. En el siglo XXI, la relevancia no la otorga la excepcionalidad aislada, sino la cooperación institucional sostenida.

El autor es arquitecto y urbanista.

Este artículo fue publicado originalmente en el Diario La Prensa de 28 de enero de 2026

La ciudad huérfana: por qué Panamá necesita nuevas herramientas de gestión

Existe una frontera invisible pero palpable en nuestra ciudad. Cruzarla toma apenas un segundo: es el instante en que salimos de la seguridad, la limpieza y el orden de un edificio o urbanización de propiedad horizontal (PH) y ponemos un pie en la acera pública. En ese preciso momento, pasamos de una “ciudad con dueño” a una “ciudad huérfana”.

Esta desconexión no es casual; es un fallo de diseño de nuestra legislación urbana. Panamá sufre, en la práctica, una polarización urbana extrema: o vivimos bajo el régimen privado estricto de un PH, o quedamos a merced de un Estado central y de municipios que, por falta de presupuesto o de capacidad operativa, no logran frenar el deterioro de la ciudad.

El resultado lo vemos a diario. Zonas recientemente renovadas con inversiones millonarias, como Vía Argentina, Calle Uruguay, avenida Central o Vía España, empiezan a mostrar signos de decadencia prematura. ¿Por qué? Porque el municipio no tiene la agilidad para cambiar una luminaria o reparar una baldosa con la velocidad que exige una zona comercial activa. Mientras tanto, en barrios históricos y asentamientos informales consolidados como Boca La Caja, la comunidad vive con el temor de que la “renovación” sea sinónimo de expulsión, como ocurrió con el intento fallido de zonificación.

Es urgente admitir que las herramientas actuales —la zonificación rígida y la dependencia casi exclusiva del presupuesto estatal— están agotadas. Panamá necesita abrir un debate serio sobre la creación de nuevos regímenes de gestión urbana que llenen el vacío entre lo público y lo privado.

Necesitamos legislar para crear figuras intermedias. Imaginemos, por ejemplo, que los vecinos y comerciantes de una calle turística deteriorada pudieran asociarse legalmente para autogestionar su seguridad y mantenimiento, complementando la labor municipal sin privatizar el espacio, mediante un Área de Mejoramiento Comercial (Business Improvement District). O pensemos en zonas urbanizadas o turísticas como Coronado o Cerro Azul, que no desean un régimen estricto de propiedad horizontal ni un proyecto de posicionamiento inmobiliario común —como ocurre en un AMC—, pero que sí necesitan organizarse para dar mantenimiento básico a sus áreas públicas y de servicios, a través de una Asociación de Mantenimiento Residencial, figura conocida técnicamente como entidades urbanísticas de conservación.

Imaginemos también un marco legal que proteja a las comunidades vulnerables del centro de la ciudad, permitiéndoles constituir fideicomisos sobre sus tierras. De este modo, podrían regularizar sus viviendas y acceder a crédito sin el riesgo de que la especulación inmobiliaria compre el barrio lote a lote y los desplace. Este modelo, conocido internacionalmente como Community Land Trust, separa la propiedad del suelo —comunal— de la vivienda —individual—, asegurando que la plusvalía urbana beneficie a quienes han vivido allí por generaciones y no solo a actores externos.

Pensemos, además, en nuestros activos públicos deteriorados. Contamos con escuelas y edificios institucionales ubicados en terrenos de altísimo valor, cerca del Metro, que se deterioran por falta de recursos. Necesitamos una ley que faculte —y no penalice— a las instituciones públicas o sin fines de lucro titulares de estos activos inmobiliarios a generar ingresos propios, alquilando espacios para comercios o servicios en sus plantas bajas, con el fin de financiar su mantenimiento sin depender de la burocracia central. Esto resulta especialmente crítico en proyectos de vivienda pública del Miviot, así como en escuelas, centros de salud, hospitales o iglesias cercanos a estaciones del Metro, zonas pagas o terminales de transporte.

No se trata de inventar la rueda. Estas figuras —áreas de mejoramiento, entidades de conservación y zonas de gestión mixta— ya funcionan con éxito en ciudades que van desde Medellín hasta Londres. Se trata de modernizar nuestro “software” legal para mejorar el “hardware” urbano.

Mientras sigamos intentando gestionar la ciudad del siglo XXI con leyes del siglo XX, seguiremos atrapados en la queja constante. Es momento de proponer un nuevo pacto urbano que otorgue a ciudadanos y comunidades las herramientas legales para cuidar y transformar su entorno, sin sustituir al Estado, sino complementándolo. La ciudad no puede esperar más.

El autor es arquitecto y urbanista.

Este artículo fue originalmente publicado en el Diario La Prensa de 14 de enero de 2026

Reparando la ciudad escalera: Boca La Caja como ejercicio de reflexión urbana

En columnas anteriores he intentado describir una disfunción urbana que se repite con insistencia en la ciudad de Panamá. En El salario vital, la ciudad y la trampa de la polarización abordé la distancia creciente entre ingresos y vida urbana viable. En La ciudad escalera exploré cómo ciertos barrios dejaron de cumplir su papel histórico como plataformas de movilidad social. Este texto no anuncia proyectos ni propone planes en ejecución. Busca algo más elemental: ordenar una reflexión sobre qué condiciones permiten que un barrio céntrico vuelva a funcionar como escalera urbana.

Boca La Caja sirve aquí como caso de estudio conceptual. No porque sea excepcional, sino porque concentra muchas de las tensiones que atraviesan hoy a los asentamientos informales céntricos del país.

Los datos censales de las últimas décadas muestran una trayectoria elocuente. Tras un crecimiento importante entre 2000 y 2010, el barrio registra una reducción significativa de población en el censo más reciente. Más allá de las cifras puntuales, la tendencia es clara: Boca La Caja pierde población neta, especialmente en edades productivas, y envejece. No estamos ante un territorio que absorba nuevas generaciones, sino ante uno que las ve partir.

Conviene afinar el diagnóstico. En asentamientos informales céntricos, la salida del barrio rara vez se explica por el costo cotidiano de vivir allí. La presión opera de otra manera. El tejido físico llega a su límite: lotes saturados, crecimiento informal agotado, ausencia de espacio para que nuevas familias se establezcan. A ello se suman restricciones legales y administrativas que dificultan herencias ordenadas, subdivisiones, formalización o acceso a financiamiento. El barrio deja de ofrecer el siguiente peldaño.

Este bloqueo estructural convive con factores igualmente determinantes. La inseguridad cotidiana, aun cuando no adopta formas extremas, desgasta y condiciona decisiones familiares clave. La aspiración social también pesa. El progreso personal suele ir acompañado del deseo de habitar entornos que reflejen ese esfuerzo. Cuando el barrio no transmite señales claras de mejora, la mudanza se convierte en una forma de coherencia vital más que en una ruptura afectiva.

Es aquí donde el concepto de ciudad escalera requiere precisión. La ciudad fue escalera porque permitió subir y, llegado el momento, moverse. Los barrios populares bien conectados ofrecían empleo, educación, redes y proximidad. Desde allí, muchas familias podían mejorar su situación y decidir irse en mejores condiciones, o incluso volver más adelante. El problema actual no es tanto la movilidad sino la salida anticipada, forzada por la imposibilidad de consolidar el ascenso dentro del territorio.

Cuando la ciudad deja de ofrecer plataformas intermedias, la escalera se rompe.

La educación ocupa un lugar central en esta reflexión. Un barrio puede tolerar limitaciones físicas durante cierto tiempo si ofrece una trayectoria educativa creíble. Históricamente, la ciudad escalera funcionó cuando la escuela del entorno inmediato acompañaba el ascenso social y lo hacía visible. Pensar hoy en esa función obliga a considerar arreglos institucionales distintos a los que han predominado. La figura de una escuela concertada —pública en su misión, con gestión autónoma y estándares exigentes— permite imaginar un anclaje educativo que articule formación académica, educación técnica y proximidad al empleo. Cuando la escuela se percibe como plataforma y no como antesala de salida, la aspiración encuentra un cauce dentro del propio barrio.

Ese horizonte de largo plazo, sin embargo, debe convivir con la viabilidad económica del presente. Un barrio que aspira a recuperar su función de escalera necesita también conectar su economía cotidiana con la ciudad formal que lo rodea. La capacitación técnica de corto plazo, la formalización progresiva del emprendimiento y el acceso a circuitos productivos reales permiten que las familias sostengan su permanencia mientras sus hijos se forman. Sin esa conexión inmediata, la aspiración educativa queda suspendida en el tiempo y la salida vuelve a adelantarse.

Este anclaje se refuerza cuando quienes sostienen los servicios públicos se integran al tejido cotidiano. La presencia residencial de maestros, personal de salud y policías, viviendo en el mismo barrio donde trabajan, contribuye a normalizar la vida diaria, fortalecer vínculos y estabilizar expectativas. No como privilegio ni como imposición, sino como parte de una ecología urbana más coherente.

En este marco aparece una figura clave: el Ciudadano Ancla. Vecinos formados en el propio barrio —técnicos, enfermeras, administrativos, profesionales medios— que hoy viven fuera del centro, no por ruptura con su comunidad, sino porque el territorio dejó de ofrecerles condiciones para quedarse durante etapas decisivas de su vida. Su eventual retorno no se entiende como nostalgia, sino como una fase legítima dentro de la trayectoria urbana: quedarse un tiempo, irse mejor y poder volver si las condiciones lo permiten.

La reflexión sobre el suelo resulta inevitable. Cualquier análisis serio debe considerar cómo evitar que la mejora urbana se traduzca automáticamente en desplazamiento. Instrumentos como los fideicomisos de tierras comunitarias permiten imaginar escenarios donde el valor generado permanezca vinculado al territorio y a quienes lo habitan. No como receta ni anuncio, sino como categoría analítica para pensar cómo se protege la función de plataforma del barrio.

Solo en ese contexto adquiere sentido hablar de urban infill. El relleno urbano aparece como consecuencia, no como detonante. Responde a condiciones previas: seguridad razonable, anclajes educativos, viabilidad económica inmediata, presencia institucional estable y demanda interna real. Se trata de alojar, de forma ordenada, tanto al Ciudadano Ancla que retorna como a los servidores públicos que se integran al barrio, sin introducir presiones externas que desfiguren su función.

Aquí el arquitecto de barrio cumple un rol preciso y acotado. No es un planificador distante ni un inspector punitivo. Su función es guiar el proceso de ordenamiento estético y ajuste predial: negociar linderos, ganar aceras, abrir pequeños espacios públicos y dar coherencia formal al crecimiento. El orden urbano y la calidad estética no operan como lujo, sino como señales de cuidado, previsibilidad y dignidad compartida. Señales que solo se sostienen en el tiempo cuando existe una forma de organización vecinal capaz de gestionar lo cotidiano, resolver conflictos y dialogar de tú a tú con el resto de la ciudad.

Este ejercicio de reflexión apunta a una idea central: reparar la ciudad escalera no significa fijar población ni negar la aspiración de cambio. Significa devolver opciones. Permitir que quedarse sea viable durante ciertas etapas de la vida, que irse sea una decisión y no una imposición estructural, y que volver deje de ser una excepción improbable.

Leída desde esta óptica, Boca La Caja no es un proyecto por anunciar ni un problema a resolver de una vez. Es un espejo de las fallas acumuladas de nuestra política urbana. Reparar la ciudad escalera comienza, necesariamente, por entender por qué dejó de cumplir su función.

El autor es arquitecto y urbanista.

Este artículo fue originalmente publicado en el Diario La Prensa de 9 de enero de 2026

La ira de Arraiján y la sed de orden

En la periferia del área metropolitana de la ciudad de Panamá, donde el urbanismo ha sido históricamente un accidente y no una disciplina, Panamá Oeste se ha convertido en un laboratorio político inesperado. Las recientes acciones de la alcaldesa de Arraiján, Stefany Peñalba —demoliciones expeditas y cierres de comercios bajo la bandera de la recuperación del espacio público— han desatado una ovación ciudadana que la élite capitalina no debería subestimar, ni tampoco aceptar sin preguntas.

Para entender ese aplauso hay que entender la frustración. Arraiján y La Chorrera son hoy el gran dormitorio de la masa crítica laboral del país. Allí viven profesionales y técnicos que se levantan de madrugada para enfrentar un mercado laboral poco meritocrático y una ciudad que les cobra costos invisibles todos los días. No es solo la inflación lo que erosiona sus ingresos: son las horas perdidas en el transporte, la precariedad de los servicios y el desgaste físico y emocional de una periferia mal planificada lo que se come cualquier aumento salarial.

Para esta clase media periférica, que vive bajo reglas rígidas por miedo a perder lo poco que ha logrado, el desorden urbano y el “juega vivo” ajeno no son simples molestias. Son agravios personales. Durante años han sentido que el país funciona bajo un sistema de castas, donde algunos operan con impunidad mientras otros cumplen sin excepción. Por eso, cuando una autoridad manda maquinaria a derribar cercas, abrir servidumbres públicas o cerrar negocios irregulares, lo que se celebra no es la dureza, sino la igualdad ante la ley. El mensaje es claro: el pacto de invisibilidad a cambio de privilegios se ha roto.

Pero para calibrar bien el fenómeno, hay que mirar también la debilidad institucional que lo precede. El municipio panameño ha sido históricamente una entidad frágil. A la asfixia presupuestaria se suma una tradición de clientelismo que ha desplazado la competencia profesional. Al llenarse las planillas con cuotas políticas en lugar de urbanistas o juristas idóneos, la administración local carece del músculo técnico necesario para sostener procesos complejos.

Si a eso se le añade un sistema legal hipergarantista, donde cualquier sanción puede diluirse en una cadena interminable de apelaciones, el resultado es la parálisis. En ese contexto, el estilo de Peñalba resalta por contraste: frente a la imposibilidad de desatar el nudo burocrático, ha optado por cortarlo.

Ahí surge el dilema de fondo. Existe una línea delgada entre eficacia y arbitrariedad. La sed de orden es tan profunda que la sociedad está dispuesta a tolerar discrecionalidad con tal de ver resultados. El riesgo es confundir limpieza con institucionalidad y cambiar el caos por decisiones que dependen demasiado del temperamento del funcionario de turno.

El contraste con otros municipios del área metropolitana es revelador. Mientras algunas alcaldías privilegian la gestión de bajo conflicto y alto impacto visual, y otras apuestan por reformas institucionales más lentas pero estructurales, Arraiján ha optado por un reformismo de choque. Más que una anomalía, es un síntoma.

Lo que ocurre en el Oeste no es un episodio aislado. Es una advertencia. El modelo de “dejar hacer” ha agotado su legitimidad en los territorios que sostienen al país. El desafío no es escoger entre un Estado que no actúa y uno que actúa sin reglas. El verdadero reto es construir un orden administrativo donde la ley se aplique de forma pareja, previsible y sin necesidad de aplauso.

Arraiján nos está diciendo algo que la política panameña no puede ignorar: el debate ya no gira en torno a quién promete más, sino a quién es capaz de hacer cumplir las reglas sin privilegios, sin miedo y sin excepciones.

El autor es arquitecto y urbanista.

Este artículo fue originalmente publicado en el Diario La Prensa de 8 de enero de 2026