El Otoño Panameño

El ambientalismo se ha convertido en el catalizador para la movilización juvenil en Panamá, esto es innegable y no es casualidad. Desde la década de 2000 las generaciones nacidas desde 1990 al presente han sido educadas, algunos dirían adoctrinadas o catequizadas, en los preceptos más básicos de esta ideología que pretende suplantar e incluso colonizar la religión cristiana. Estos serían, la visión del hombre como un ser más de la naturaleza en pie de igualdad con el resto de la creación en dignidad y derechos.

Por tanto la acción del hombre sobre animales, plantas, tierras, aguas y rocas es vista por sus adeptos como agresión, y su aprovechamiento económico como explotación. Para expiar sus pecados contra la Madre Naturaleza o la Madre Tierra, no pocos chicos y jóvenes adultos (en su mayoría de clase media profesional) están dispuestos a practicar una dieta vegetariana o vegana (irónicamente consumiendo productos fruto de la explotación agrícola y dando muerte a plantas).

Otros expían sus pecadillos consumistas intentando reciclar, separando su basura en múltiples fórmulas (nunca poniéndose de acuerdo en qué, cómo y a donde va todo el material) y depositándolo en botes donde piensan inocentemente que serán enviados a alguna avanzada fábrica local que aprovechará el material, cuando en realidad solo es clasificada y embalada para su exportación en rutas de materia prima que muchas veces termina en vertederos o en el mar fuera de la vista en otro país. Algunos piensan que contribuyen su parte comprando productos “ecosostenibles” o “tecnologías de energía limpia” cuyo material y combustible proviene (adivinen) de la explotación del subsuelo, muchos de los cuales son extraídos mediante la explotación de menores, la destrucción de comunidades, el ambiente, etc.

Para los más adultos, su ambientalismo tardío toma otro matiz, el del fenómeno NIMBY (Not In My Back Yard o está bien pero al lado mío no) con argumentos que van desde el clásico “Panamá es muy pequeño para la minería” o la más sofisticada y chovinista “Panamá tiene una riqueza ambiental única por sus bosques tropicales” por tanto “la actividad minera se da mejor en zonas desérticas”.

Lo paradójico de los ambientalistas (verdaderos y tardíos) es que todos hacen uso extensivo de los recursos naturales, desde lo que comen, a lo que visten, a lo que usan para transmitir su mensaje y cómo se transportan. Todos los avances en tecnologías “eco-sostenibles” han podido darse gracias a sus antecesores “no-sostenibles” sin las cuales no hubiera sido posible desarrollar y fabricar las innovaciones.

Además de las más de tres décadas de adoctrinamiento ambientalista, muchas de estas opiniones surgen por la efectiva campaña mediática de eco-activistas que han hecho uso de imágenes de la minería a cielo abierto, dando a entender a muchos de que así solamente es la minería hoy día: depredadora y devastadora de la madre tierra.

Por otra parte para asusar los sentimientos nacionalistas, el ambientalismo hace gala de argumentos particularistas, esa vieja creencia de que somos únicos e irrepetibles…cuando en realidad nada es nuevo bajo el sol y creerse único es vanidad de vanidades. Además, dichos argumentos ignoran movimientos similares en las zonas desérticas del Perú y Chile, en donde la minería irresponsable por parte de empresas foráneas también destruye su hábitat y aguas subterráneas[1].

Esto nos da a entender que no es tanto el lugar donde se de la minería, sino el cómo se da la minería, por tanto toca informarse si ya ha sido superado este reto en otros países en Norte América, Oceanía o Europa. ¿Por qué? Porque al parecer en Hispanoamérica, la debilidad institucional, el extractivismo, las economías basadas en la exportación de materias primas y la preferencia por el dejar hacer al sector privado de nuestras élites ha sido el caldo de cultivo perfecto para permitir que empresas foráneas desaten sus peores prácticas (aquellas que les ahorre más costos operativos en nuestros países) con el beneficio añadido de la impunidad institucionalizada que no permite vislumbrar la posibilidad de que existan mejores prácticas y tecnologías en dicha industria y en cualquier otra o actividad humana.

Los ambientalistas más duros piden que se prohíba la actividad completamente, pero ¿qué beneficio le rinde esto al país? ¿Estarán estos grupos ambientalistas abogando por profundizar el modelo económico basado en el conglomerado de servicios ligados al Canal de Panamá, (una obra que no hubiese sido posible hoy día gracias al ambientalismo)[2]? Algunos abogan por el Turismo, sin pensar que si es sobre explotado (para compensar la falta de ingresos), este turismo bajo esteroides puede afectar monumentos históricos, parques nacionales y el derecho a la vivienda y aumentando el costo de la vida a la población local en zonas populares para el Turismo.

 ¿Acaso las comunidades del Istmo de Panamá no tienen derecho a poder explotar de la manera más conveniente los recursos de su territorio para poder impulsar su desarrollo? ¿Acaso el estado debe por fuerza prescindir de un recurso que puede financiar otras actividades económicas que pueden reducir el desempleo, el subempleo y el 40% de informalidad en el país? ¿Acaso debemos sacrificar el Desarrollo Humano de nuestra gente, de nuestras comunidades en el altar de la Pachamama?

Existen otros caminos para salir de esta crisis sin pegarnos un tiro en el pie. El primero es dejar que la Corte Suprema de Justicia haga su trabajo, y de ser viable, declarar inconstitucional el contrato. Esto siempre fue un asunto eminentemente jurídico que nunca tuvo que haber sido politizado ni sometido al efecto Dunning-Kruger de una opinión pública y un eco-activismo evidentemente ignorantes en materia jurídica o técnica. Pero una vez tenga efecto dicha inconstitucionalidad lo más conveniente para el país es que el Estado haga efectivo su derecho sobre la mina no de manera transitoria operando la mina, sino de forma permanente nacionalizando la minería en Panamá en el marco de una Empresa Minera Nacional.

Pero no basta con solo nacionalizar la Minería, también toca repensar de forma integral todos esos regímenes de incentivos, concesiones y alquileres en los que el estado terceriza su presencia institucional supuestamente por falta de recursos y conocimiento. Pero ese no es un reto insuperable y ya en décadas recientes el estado ha demostrado de que sí puede ejecutar y gestionar grandes proyectos y empresas comenzando por la Ampliación del Canal y continuando con el Metro de Panamá. Panamá no sabía construir un canal, ni un metro y mucho menos gestionarlos pero allí están las obras completas y exitosas para beneficio de todos. ¿Por qué habría de ser diferente con una Empresa Minera Nacional? Ok, existe también el IDAAN o la Autoridad de Aseo, pero su debilidad institucional se debe sobre todo al hecho de que son parte de la burocracia estatal y por tanto presa de los vaivenes políticos y de recurso humano asociados en lugar de ser empresas como la ACP o ETESA. Ni siquiera ese hecho es excusa pues existe el ejemplo de la eficientísima Autoridad de Pasaportes de Panamá, lo que al final nos dice que todo radica en el liderazgo y la cultura institucional más que en el hecho de ser público o privado un servicio.

La coyuntura se ofrece generosa para repensar el estatus quo, un estatus quo que solo beneficia a la Ciudad de Panamá y sus élites mediante enclaves económicos como el Canal de Panamá, la Zona Libre (y demás Zonas Económicas Especiales), los puertos, las concesiones mineras o las hidroeléctricas y pasar a un enfoque integrador, complementario y generador de nuevas actividades económicas para beneficio primero de los panameños y su desarrollo y no de empresas extranjeras y multinacionales que vienen, hacen y se van con todo y sus conocimientos además de nuestros recursos. ¡Ahora es cuando!


[1] Sobre este punto resulta un tanto iluminador el controvertido video de despedida antes de partir a un concierto en Argentina publicado el 1ero de noviembre de 2023 por Camila Aybar, activista de Sal de las Redes y cofundadora de CreaLabs, donde explica de manera explícita como han sido educados los panameños (de su generación) sobre la importancia de Panamá para el medio ambiente mundial, un argumento no exento de chovinismo y particularismo que arropa con la bandera la causa ambientalista. Un ejemplo claro de esto ha sido el BioMuseo, un sitio que más que museo o centro de investigaciones en Ciencias Naturales es un centro de exhibiciones y adoctrinamiento ambientalista.

[2] Vale la pena señalar que en 2008 cuando se estaba dando la campaña del Referéndum sobre la Ampliación del Canal esos mismos grupos ambientalistas, indígenas y de campesinos se opusieron al proyecto por los embalses en Coclé del Norte aprovechando la cuenca del Río Indio, pero hoy día utiliza dicha posibilidad que serviría para paliar la falta de agua para las operaciones del Canal de Panamá.