La Nueva pero Antigua Normalidad

Por Carlos Antonio Solís Tejada
A medida que la “Nueva Normalidad” está acaparando la atención de todos, en momentos en que estamos superando la primera fase de la pandemia, la mayor incógnita que surge es el cómo se materializará dicha nueva realidad; despertando una necesaria y sana conversación entre profesionales y aficionados de las ingenierías, la arquitectura, la salud pública y el urbanismo en todas partes del mundo. Esta no es una discusión baladí, pues se trata ante todo de una modificación de nuestro comportamiento cotidiano a nivel personal y social que tiene lógicamente impactos no solo en el espacio, sino en el tiempo y la frecuencia con la que interactuamos.
Esto podría ser así si tomamos como válidas las distancias recomendadas para prevenir la transmisión del virus por medio de las gotículas respiratorias (2 metros con máscara, 10 sin máscara) como por aerosol en áreas cerradas (8 metros) además del tiempo en que puede vivir en las superficies en áreas cerradas (3 horas) y 14 minutos en el aire además de la frecuencia de múltiples contactos en esos espacios de tiempo y espacio los cuales pueden ser medidos por densidad y tráfico.
Comúnmente solemos visualizar dichas distancias linealmente, como una regla con rayitas cada 2 metros, pero, esto podría ser un error ya que nuestras interacciones pueden girar circularmente por lo que sería mejor ver los 2 metros como un radio de distancia con círculos de 4m de diámetro alrededor de cada persona ocupando efectivamente, con mascarilla, un área personal de 12.57m2. Sin embargo, creo que todos hemos vivido la incomodidad de tener una mascarilla puesta respirando aire caliente por más de 10 minutos por lo cual mucho terminan exponiéndose al bajar las mascarillas para respirar aire templado, lo cual es seguro en radios de 10 metros o sea 314 m2.
También me parece erróneo mirar esto bidimensionalmente cuando se trata de enfermedades de transmisión aérea, en realidad deberíamos estar midiendo el área personal tridimensionalmente como un volumen en metros cúbicos ya sea como una semiesfera a nivel de suelo y como una esfera completa en altura tomando como centro la altura de la cabeza y girando el radio 2 metros verticalmente. Esto nos da un volumen de área personal de 50.27m3 con mascarilla y 1,256.64m3 sin mascarilla.
Como podrán observar, mientras no se encuentre una vacuna, cumplir escrupulosamente con los parámetros de bioseguridad recomendados por los organismos de salud pública no será cosa fácil y esto nos obliga reconsiderar completamente cuanto espacio estamos dispuestos a pagar en arrendamientos o en hipotecas considerando cuanto rendían los espacios antes de la pandemia y cuánto van a poder rendir una vez terminada la cuarentena.
Para que tengamos una idea de los que estamos hablando, si consideramos por ejemplo que el precio por metro cuadrado de alquiler en el mercado comercial estaba entre $20.00 a $30.00 en el centro de la ciudad de Panamá lo cual significaba un alquiler promedio mensual de $2,500 mensuales por un espacio de 100m2 (sin incluir canon de mantenimiento) con 40 personas dentro como aforo máximo, con el coronavirus solo pueden estar 9 personas, lo cual afecta la relación entre rendimiento por metro cuadrado en ventas de dicho espacio vs el precio de alquiler por metro cuadrado y obligaría a una reducción del espacio comercial alquilado.
En cambio en el mercado de oficinas en el Área Bancaria de la Ciudad de Panamá puede estar cerrando en aproximadamente $12.70 mensual el metro cuadrado, por lo cual una oficina de 100m2 se pagaría $1,270 de alquiler mensual (sin incluir el canon de mantenimiento). Previo a la pandemia en dicho espacio podrían caber 7 personas en una oficina tradicional, si se trabajara con mascarillas se puede mantener el mismo espacio sin problemas, eso es si lo miramos bidimensionalmente. Esto podría significar que no debería haber cambios trascendentales…o quizás sí.
El problema comienza a complicarse cuando consideramos la altura del cielorraso (y el peligro de contagio a través de los sistemas de aire acondicionado) además del hecho probable de que no todos los colaboradores, clientes o visitantes van a respetar el uso estricto de la mascarilla ni de los protocolos de limpieza. Cuando comenzamos a considerar dichos riesgos, entramos en cuenta de que probablemente deberemos repensar completamente no sólo los espacios de oficinas, sino todos los demás espacios tanto inmobiliarios como no inmobiliarios.
Es aquí donde nos damos cuenta que posiblemente no se necesitarán de las grandes plantas de oficinas o de comercio, al contrario gracias al teletrabajo las oficinas podrán achicarse y emplear al personal de atención al cliente estrictamente necesario (incluso compartirse entre empresas) y gracias al comercio electrónico los grandes espacios comerciales podrían ser reemplazados por espacios de exhibición más modestos dejando el inventario en los parques industriales para su distribución. Esto podría dejar mucho espacio vacante lo cual representa un grave problema para sus propietarios y las entidades financieras que les prestaron para la compra o construcción de dichos espacios.
Desde el diseño arquitectónico se podría reconsiderar formas de organizar el espacio y de convivir que creíamos ya desfasadas por ejemplo las oficinas con divisiones, la circulación cruzada del aire y la ventilación natural mediante cielos rasos altos, grandes ventanales con quiebra-soles, muros gruesos, grandes abanicos industriales y entornos arbolados que ayuden a reducir la sensación térmica de forma natural. Esto es sí descontamos, desde la Ingeniería Mecánica, una solución más pragmática mediante mejoras a los sistemas de aire acondicionado que prevengan, con un alto nivel de confiabilidad, su vulnerabilidad a la contaminación con virus y su propagación a través de sus ductos y difusores en sistemas centralizados.
En el caso de las oficinas, la necesidad de mayor ventilación abierta podría significar a corto y mediano plazo considerar mudarse a edificios con estas características lo cual podría significar una mayor disponibilidad de espacio de oficinas con ventilación mecánica y ventanales cerrados lo cual agravaría los dolores de cabeza de los dueños de dichos espacios en toda la ciudad bajando quizás los precios de los espacios construidos como de la tierra (lo cual sería buenas noticias para los sectores de menores ingresos y los jóvenes).
Pero no todo son malas noticias, curiosamente los edificios diseñados y construidos previo a la década de 1990, con su arquitectura adaptada al trópico (especialmente aquellos del Barrio de La Exposición, La Cuchilla, Perejil, Bella Vista y El Cangrejo) podrían volverse a poner de moda ya que, con ciertas adecuaciones para los usos modernos, en muchos casos podrían cumplir con las nuevas necesidades, sin descontar el desarrollo de espacios similares en Santa Ana y San Felipe.
En el mercado comercial, La búsqueda de mayor amplitud de espacio para el distanciamiento físico podría beneficiar grandemente el desarrollo de plazas abiertas, cafetines, jardines y mercadillos similares a Sabores de Mi Barrio o a la Plaza de Francia. También la “nueva normalidad” podría significar diseñar centros comerciales con ventilación natural tal y como alguna vez lo tuvo el Centro Comercial El Dorado o como la planta baja del Edificio El Hatillo.
Los nuevos ganadores podría ser también la Santa Ana- Avenida Central y Calidonia, si juegan bien sus cartas, aprovechando y aumentando su peatonalidad, derribando los grandes letreros (que tapaban cualquier posibilidad de ventilación e iluminación natural) y dejando de saturar el interior de las áreas comerciales permitiendo así una circulación más fluida de personas en las tiendas además de mejorar la iluminación nocturna, la protección contra el sol y la lluvia y el encontrar alguna manera de bajar la sensación térmica al caminar por el sector. Todos estos sectores cuentan con espacios comerciales y de oficinas más pequeños lo cual podrían ser perfectos para la “nueva normalidad” lo que en efecto significaría una vuelta al pasado.
El trabajo remoto y el comercio electrónico y la necesaria reducción del tráfico entre sectores de la ciudad podrían significar también la desconcentración de los espacios de trabajo y comercio si se permitieran más usos mixtos en las barriadas exclusivamente residenciales. Esto podría dar lugar a pequeños centros de oficina y la introducción de negocios vecinales necesarios como lavanderías, tiendas, peluquerías, etc. a distancias caminables previniendo de esta manera los traslados y la aglomeración en los supermercados y centros comerciales fuera de las barriadas, evitando así la posible rápida propagación viral que sufrió Arraiján.
¿Está todo perdido para los dueños de modernos centros comerciales? No del todo, de hecho algunos cuentan con amplias plazas de estacionamientos que podrían alquilar además de permitir el desarrollo a nivel de calle de mercados y cafetines al aire libre mientras los espacios cerrados podrían ser re-desarrollados y convertirse en nuevos barrios integrados a la ciudad. Estos se podrían convertir en nuevos nodos urbanos con edificios de usos mixtos, residenciales-comerciales u oficinas con comercio en planta baja. Los edificios de oficinas vidriadas deberán también considerar un rediseño de sus fachadas tal que les haga competitivos nuevamente ya sea como oficinas o como nuevos edificios residenciales o de usos mixtos, permitiendo darle más vida al Área Bancaria después de horas de trabajo.
¿Qué tal los medios de transporte? Quizás las mayores víctimas de esta pandemia serán los medios de transporte masivos densamente ocupados como trenes, buses y aviones y quizás los mayores ganadores serán bicicletas, los monopatines, los automóviles y el ganador inesperado: los buques de pasajeros. Si bien los casos del Zaandam y el Diamond Princess parecieran contradecir lo dicho, si lo pensamos bien, lo ocurrido en dichos buques puede ser subsanable, considerando que tienen (a diferencia de los aviones) mayor disponibilidad de espacio con mayor flexibilidad para modificar el volumen de pasajeros para viajes internacionales además de mayor flexibilidad para evitar contactos innecesarios con superficies infectadas y brindar una limpieza más frecuente de los espacios durante el viaje. Esto significaría volver a modos de transporte previos a la democratización del transporte aéreo.
El impacto a los medios de transporte masivos urbanos podría afectar más su ya de por sí baja rentabilidad, al tener que reducir la cantidad de pasajeros por viaje. El teletrabajo y la desconcentración de usos podrían quizás ayudar a reducir el volumen de pasajeros y podría ayudar a darle un nuevo propósito al metro y los buses pasando de ser medios para acercar a los trabajadores de las periferias al centro, a ser medios para conectar diversos pequeños y medianos nodos urbanos. En este sentido será necesario que el Metro se convierta en un gran terrateniente y desarrollador inmobiliario creando nuevos nodos alrededor de las estaciones, paradas y terminales tal y como ocurre en metros más antiguos como el de Londres.
Quizás el tema de mayor debate entre urbanistas será el de la densidad. Ciertamente la densidad no solo de población sino de actividades es lo que distingue a una ciudad de un villorrio. En los últimos tiempos muchos urbanistas contemporáneos demonizaban la sub-urbanización con grandes zonas de uso exclusivamente residencial como la fuente de todos los males de las ciudades en especial la dilapidación de escasos recursos públicos para suplir grandes distancias y la segregación espacial en el otro extremo los grupos NIMBY y sus urbanistas demonizaban la densificación como fuente de otra serie de males como el de la especulación urbana y el hacinamiento.
Si bien parecía al principio que existía cierta correlación entre lugares densamente poblados y una alta tasa de contagio, dicha correlación se comprendió que tiende a disminuir cuando se consideran otros factores tales como la universalidad de los servicios sociales (como el acceso a centros de salud y la disponibilidad de camas y equipo médico) o el acceso universal al agua potable, buena alimentación, buen descanso además de una mayor disponibilidad de áreas verdes. En cambio dicha correlación tiende a aumentar cuando se considera lugares con mayor exposición en tiempo y volumen de personas en un espacio determinado como las iglesias, hospitales y mercados.
Es posible que mientras más escasos sean dichas instalaciones, más aumenta el volumen de personas que acuden a estos lugares y el tiempo que tardan en visitarlos aumentando así la probabilidad de contagio. Lo mismo ocurre con la falta de vivienda asequible y con la disponibilidad de espacio dentro de una vivienda, es probable que mientras mayor sea el déficit de vivienda asequible, mayor el hacinamiento en las unidades existentes y mayor la probabilidad de contagio. Esto nos indica que de cara al futuro para evitar el hacinamiento en espacios públicos y privados debemos ampliar la cobertura de servicios públicos y comerciales a nivel barrial y reducir dramáticamente el déficit de vivienda.
Dicho esto, con el coronavirus, las bajas densidades de los suburbios y su mayor disponibilidad de espacios abiertos nos hubieran llevado a pensar que serían menos susceptibles a pandemias, sin embargo la experiencia de áreas como Arraiján y Tocumen nos demuestra que no fue así. Esto posiblemente se pudo deber, entre otras cosas, a la falta de conectividad entre barrios, la falta de equipamiento de espacios comerciales e institucionales vecinales (a distancias caminables en el trópico) además de la falta de equipamiento urbano como aceras más amplias, parques más grandes y de arborización callejera para hacer más agradable el trayecto hacia los comercios y espacios comunitarios.
Esto probablemente forzó a hacer un sinnúmero de viajes en automóvil, taxi o bus hacia los centros comerciales y supermercados en las afueras de estas barriadas o en las vías principales lejos de las mismas aumentando así la exposición a contagios. En conclusión, la experiencia panameña nos corrobora que no es la densidad en sí lo que aumenta la probabilidad de contagio, sino la manera como diseñamos nuestras ciudades y que tan accesibles son los servicios públicos y privados a nivel barrial lo que determina nuestra susceptibilidad a futuras pandemias.
¿En esta línea de pensamiento, que significará la “Nueva Realidad” para las instituciones cívicas y religiosas? Quizás para la policía, bomberos, etc. no signifique mayor cambio, pero a largo plazo quizás deban considerar ampliar su cobertura al nivel barrial, esto será crucial en el caso de las escuelas. Pero, para instituciones religiosas como la Iglesia Católica el cambio podría ser todo un reto considerando que en ciudad de Panamá y en las cabeceras de provincia la Iglesia había resuelto la falta de espacio para un mayor número de fieles oficiando misas en horarios consecutivos por las mañanas y una o dos misas de noche. En muchos templos parroquiales y capillas era común ver gente parada por no encontrar donde sentarse cómodamente en cualquier misa los domingos, siendo esta situación peor durante las grandes festividades como Pascua o Navidad.
Las múltiples misas dominicales en áreas urbanas de hecho estiran al máximo el escaso número de sacerdotes que existen en cada parroquia. Con las nuevas reglas de distanciamiento será necesario encontrar soluciones más creativas, por ejemplo las misas campales con el fin de no exponer a los fieles al peligro de contagiarse en espacios cerrados además de algunos cambios al rito de la misa por ejemplo el saludo de la paz. En parroquias menos concurridas quizás este sea menos el caso, sin embargo la popularización del uso de equipos de aire acondicionado en las parroquias pueden suponer un riesgo. Una solución podría ser reducir su uso o eliminarlos abriendo los templos a una mayor ventilación cruzada y el uso de abanicos industriales.
Un reto similar confrontará el Ministerio de Educación al tener que verse forzado a saldar una viejísima deuda social: la construcción de más escuelas para eliminar los turnos matutinos y nocturnos y permitir la extensión de los horarios además de reducir dramáticamente el número de estudiantes por salón, de manera que la relación educando-docente pueda ser más personalizada y de mayor calidad. Todo esto quizás sea posible gracias a la necesaria distancia física en el aula de clases pues donde antes cabían 30 estudiantes posiblemente sólo puedan caber 5, lo cual obligaría a tener salones más grandes o construir más escuelas barriales. Esto supondrá una enorme presión al sistema educativo para formar y reclutar docentes poniendo en peligro la calidad en pos de la cantidad.
Similares retos encontraremos en las escuelas particulares en cuanto a el espacio físico pero con el agravante de que se verán forzados quizás o a crear más sedes o sucursales, a crear más salones o cambiar combinando clases virtuales con clases presenciales en pequeños grupos. O quizás se vean forzados a bajar su matrícula y cobrar más por una experiencia más personalizada. Cualquiera de estas opciones supone un riesgo grande para la sostenibilidad de los colegios particulares como negocio. Lo que decidan definitivamente tendrá un impacto en el sistema público migrando o no más estudiantes del sistema privado al público poniendo más presión en el Ministerio de Educación para saldar otra vieja deuda social: el mejoramiento de la calidad de la educación. Su inacción podría significar el perder una generación más y condenarla a la pobreza y el desempleo crónico.
En Conclusión más que una “Nueva Realidad” nos podríamos estar reencontrando con la “Antigua Realidad”, con modos de vida que creíamos superados y que quizás nos hagan reflexionar sobre los excesos de los últimos 30 años derivados de la hiper-urbanización y la excesiva imitación, de estilos de vida y de modelos arquitectónicos y urbanísticos foráneos que son reflejo de nuestra obsesión por imitar sin contextualizar. También nos permite reflexionar sobre los excesos del desarrollo inmobiliario y su tendencia a querer exprimir al máximo la rentabilidad de la tierra urbana obligando a vivir con mayor hacinamiento en el centro de las ciudades y descuidando así la calidad de vida o cobrando una suma adicional para rescatar algo de ella.
