¿Cambiará el Menú Político en Panamá?

Por Carlos Antonio Solís Tejada
Pre-candidato a diputado | Circuito 8-8

Occidente está en medio de una revolución sociopolítica que está barriendo con un virtual consenso entre gobiernos y sus diversas élites que impulsa medidas que no fueron debidamente consultadas con sus pueblos. Estas impulsan el libre mercado, la redistribución internacional del trabajo y del capital, la precariedad laboral, además del libre movimiento de personas y el multiculturalismo aunado al desmejoramiento de la calidad y recorte de los servicios sociales estatales que se consideraban intocables como la seguridad social, la salud, la vivienda y la educación, rompiendo así el consenso previo en el cual el gobierno se comprometía con cuidar bien de sus ciudadanos en exclusividad y homogeneidad (hasta consentirlos) desde su concepción hasta su muerte y las grandes corporaciones tenían un compromiso con las sociedades que les permitieron crecer garantizando un empleo y una carrera permanente con salarios y pensiones decentes.

Nunca fue del todo así, pero así más o menos lo recuerda idílicamente una parte importante de la población de muchos países que viven hoy día con el sin sabor de saberse desamparadas y excluidas por parte de una élite cada vez más distante conformada por políticos, empresarios, intelectuales, celebridades y tecnócratas con conexiones internacionales e intereses transnacionales, los llamados “globalistas”. Esta insatisfacción es especialmente cierta entre aquellos de la vieja clase trabajadora urbana y rural con un nivel educativo y económico medio y bajo o jóvenes (profesionales o no) con poca experiencia y prospectos laborales escasos, el nuevo “precariado” cuyos intereses se reducen a lo más inmediato y local. Dicho precariado no debe confundirse con los “informales” y el “lumpenato” aunque coincidan en muchos puntos, dados que sus trayectorias de movilidad social e intereses son opuestos.

A esto súmesele los cambios radicales en materia moral y cultural impulsados por una facción muy ruidosa de esta misma élite globalista, como la indiferencia cultural y moral, la multiculturalidad, la aceptación del matrimonio entre personas del mismo sexo, el aborto, la eutanasia, el laicismo militante y la ciencia como religión lo cual rompe con el acuerdo homogeneizador de muchas sociedades y ha terminado uniendo en causa común a una parte del precariado junto a una parte más discreta y sustancial de la elite global que no acepta ser parte de ese consenso “liberal” o “progresista” y que paradójicamente le brinda su carácter transnacional al movimiento.

Y como cerecita en el pastel, añádase al coctel, las crisis financieras y los grandes escándalos de corrupción administrativa y corporativa que asolan a muchos países y la mesa esta servida para la irrupción de nuevos actores políticos que han superado a “ la izquierda anti-sistema” compuesta de una minoría vociferante de clase media. Se trata pues, de una nueva ola de movimientos de corte nacionalista, proteccionista y relativamente tradicionalista que están retomando temas olvidados o desechados por el consenso “centrista” y “globalista” y que son reivindicados por amplios sectores de todas las clases sociales, idealizando el estado de cosas previo a la última ola globalizadora.

Si bien el ciberespacio y los medios de comunicación panameños dan la impresión de que existe una gran convulsión política alrededor de los tópicos antes mencionados, en términos generales, a nivel de calle, entre el pueblo llano, existe una paz, una apatía y un silencio de cara al sistema político existente difíciles de interpretar. ¿Será posible que aun exista confianza de expresar cualquier inconformidad con las autoridades y resolverlas pacíficamente en las urnas en lugar de manifestarlas a través del radicalismo político?

Si consideramos que un 52% de adultos está inscrito en partidos políticos, pudiera entonces interpretarse de manera simplista una gran conformidad con el sistema partidista tal cual existe. Esto nos deja con aun con un universo de 48% de personas que podrían considerarse no-partidista. Si interpretamos, otra vez, de forma simplista que el 33% del total de adultos que se abstienen a votar como parte integral de ese 48% no-partidista, es posible que existe un significativo 15% de personas que si son activas políticamente como votantes pero que no pertenece a partido alguno y que no se conforman con el menú político vigente: los famosos “independientes”.

Con el surgimiento de candidaturas por la libre postulación muchos independientes mediante sus firmas están abriendo el camino para el surgimiento de nuevos movimientos políticos que pudieran renovar el orden existente. Dicha posibilidad no es tan irreal si consideramos que la militancia real en los partidos políticos, salvo el PRD, no supera el tercio de su membresía, en otras palabras, existe un potencial de votos partidistas que podrían decantarse por un independiente, tal y como lo demuestran cerca del 50% de respaldo aportado por los miembros de partidos políticos a dichas precandidaturas.

Esto representa una gran oportunidad y una gran responsabilidad para quienes aspiran a una candidatura independiente. Es posible que la situación actual de podredumbre en el país pudiera estar impulsando el gran respaldo recibido por las candidaturas independientes por parte de cerca de un cuarto del padrón electoral. En este escenario, lo peor que podrían hacer los independientes es dividirse, algo probable si consideramos que el sistema está diseñado para que ello ocurra, a menos que alguna de las tres candidaturas que logren entrar en las papeletas para los distintos cargos de elección popular logre aglutinar el voto independiente.

Pero, por los vientos que soplan, las tres candidaturas presidenciales probablemente se constituyan en tres alianzas políticas distintas con sus estructuras de apoyo consolidadas desde el nivel de candidatos a representantes de corregimiento, pasando por los candidatos a diputados y a alcaldes apalancando todos a un candidato presidencial, actuando de hecho como proto-partidos políticos. Sin embargo, dado el carácter personalista de las candidaturas independientes es posible que se vean tentados a cometer el craso error de descartar a los precandidatos perdedores, sus estructuras (en caso de tenerlas) y sobre todo sus ideas. Esto es importante considerando que ni las candidaturas, ni las elecciones se ganan en Panamá por internet, ni por televisión. Se ganan con estrategia, logística y dinero.  Algo que los partidos tienen de manera más consolidada y organizada.

Dado que prácticamente los candidatos punteros se están organizando como los partidos políticos, no estaría de más ser más serios y convocar sendos congresos por alianza para determinar en mesas de trabajo los lineamientos políticos de sus movimientos, su plan de gobierno y sus propuestas más importantes de cara el elector. En este sentido lo mejor sería aliarse por afinidad de ideas, principios y ética de trabajo, por ejemplo, sería ideal una alianza «progre» entre Ana Matilde Gómez para presidente con Ricardo Lombana como vicepresidente (incluyendo al grupo de Miguel Antonio Bernal como ministro de gobierno o de presidencia quizás) y por otro lado una alianza más conservadora entre Marco Ameglio con Francisco Carreira y una alianza oportunista entre Dimitri Flores con algún partido político pequeño.

Pero de cara al futuro sería muy importante para el electorado, que de salir perdedores, dichos movimientos políticos independientes no mueran y continúen creciendo y consolidándose de manera que se enriquezca el menú político en 2024 con partidos políticos listos para darle voz a aquellas inquietudes políticas que difícilmente se escucharían si no fuera por esta vía legitima. Para que estos movimientos tengan éxito, insisto será necesario la organización y movilización electoral de la clase media inconforme, pero esto requiere salirse de la comodidad del ciberespacio y pasar a la acción concreta, no en las calles sino actuando de manera colectiva y organizada para lograr dicha movilización, no basta con quejarse de “la gente” y de su “apatía” hay que tomar partido y apoyar a aquellos que ven que pueden realizar un cambio, recoger las firmas necesarias para luego (con suerte) motivar y movilizar el voto a su favor. De salir electos algunos de estos movimientos estos no deben conformarse y avanzar hacia la conformación de nuevos partidos, que representen la voz de aquellos que no se sintieron representados por los partidos existentes. De esta manera comenzaremos ordenada y legítimamente a cambiar las cosas en este país.