Fracasos y corrupción estudiantil, un síntoma del fracaso y la corrupción social.
Por Carlos Antonio Solís Tejada
Después de varios días de calificar un cerrito de trabajos finales en casa, tarde en la noche y después de un largo suspiro llega el momento del fatídico “clic”. Esa noche sabía que las siguientes semanas, después de subir las notas, estarían sazonadas por llamadas, mensajes de texto y correos electrónicos de algunos estudiantes alegando sus casos o buscando extorsionarme. ¿Y si simplemente les hubiera puesto la “C”?
Si bien eso me hubiera garantizado una Navidad en paz, mi conciencia no me hubiera dejado tranquilo, no hubiera sido ético, no hubiera sido pedagógicamente correcto y no hubiera sido justo con el contribuyente que prácticamente beca a estos estudiantes, la mayoría sin necesidad económica, en la “Universidad del Pueblo”. La próxima generación de profesionales panameños no puede forjarse mediante la lástima y la mediocridad.
Quien estas líneas suscribe, no lo hace desde una posición de superioridad e infalibilidad académica, de hecho cuando estudiante, también pasó por la penosa experiencia del fracaso. En dicha situación uno tiene las siguientes opciones: cambiar de carrera, llorar y lamentarse amargamente, molestarse, acosar y reclamarle al “malvado” profesor, dejar la universidad y buscarse un trabajo o simplemente aceptar el fracaso, levantarse, limpiarse las rodillas y recomenzar habiendo asimilado los errores propios y, con nuevos bríos y conocimientos, volver a tomar los cursos “fracasados” o volver hacer los trabajos mal hechos con la esperanza de no volver a fracasar. Y así es la vida, uno no nace sabiendo y los fracasos son parte de ese proceso de aprendizaje.
Algunos repiten frases cliché tales como “los profesores nos debemos a nuestros estudiantes” o que “el fracaso de nuestros estudiantes es nuestro propio fracaso”… Ojalá fuera así, lastimosamente el mayor factor de fracaso de algunos estudiantes que han pasado por mis cursos ha sido el plagio (o copia y pega), un reflejo no solo del fracaso moral de nuestra sociedad que acepta y promueve el robo descarado del trabajo intelectual ajeno, sino de la pereza mental no solo del estudiante sino de muchos docentes de escuela básica, pre-media, media y hasta universitarios que no se toman la engorrosa labor de leer los trabajos de sus estudiantes, ni corregirlos, ni rechazarlos por deshonestos.
También refleja el fracaso de muchos padres de familia que apadrinan la mentalidad mediocre de “cumplir con el trabajo y ganarse una nota” el cual supone ser premiado con excelentes calificaciones solo por el hecho de entregar un trabajo, sin importar la calidad y méritos del trabajo en sí (su contenido), sino el “esfuerzo” del estudiante. Muchos llegan incluso a pelear con los docentes “defendiendo” las notas de sus críos, sin importar el mal que les hacen. En Panamá seguimos creyendo que el fracaso es malo cuando en realidad la vida nos demuestra todo lo contrario, esto va contrario sensu, pero es así.
Después del plagio los demás trabajos fracasados reflejan la pobreza analítica y crítica además de una escasa cultura general y una falta de curiosidad patológica en el estudiante para quienes investigar consiste solo en buscar en Google, consultar una sola fuente, leerla por encima, copiar y pegar en Word, y con suerte meterle una que otra palabra propia para hacer pasar el trabajo como suyo. En mis tiempos, se hacía lo mismo, pero se transcribía verbatim de las enciclopedias previa búsqueda tediosa en una biblioteca. Sin embargo no existen atajos, esta falta de cultura general solo puede ser superada desarrollando la suficiente curiosidad que lleve a la persona a leer mucho, viajar, explorar lugares, reflexionar y practicar su escritura. Conscientes de la problemática a los estudiantes se les da múltiples oportunidades de mejora, sin embargo la pereza mental y la deshonestidad es tal, que muchos no logran recuperarse.
Esto nos trae al estudiante, quien al fin y al cabo debe cuestionarse a sí mismo que quiere de la vida y si cuenta con las habilidades necesarias para alcanzar sus metas…si es que las tiene. La buena y mala noticia es, que la Universidad no está hecha para todos, pero existen alternativas. Lastimosamente en Panamá dichas alternativas no tienen el glamour de los títulos cuasi-nobiliarios de Ing., Arq., Dr. o Lic. Si supieran que dicho glamour muchas veces no viene acompañado de un salario glamuroso, se lo pensarían dos veces antes de despreciar una profesión técnica bien paga y perder su tiempo frustrándose en una carrera universitaria para la cual no tienen talento, con la dichosa esperanza de “superarse en la vida”.
Temo mucho por mi hija recién nacida y su generación, que deberá en pocos años ingresar a un sistema educativo (público y privado) caduco, anquilosado y corrupto, en donde, si se quiere una educación de supuesta calidad, se le debe pagar una “donación” ilegal y una anualidad sin garantía alguna de una educación integral a una escuela privada internacional. De lo contrario uno debe confiar su suerte en las escuelas privadas tradicionales cuyos contenidos curriculares y cuerpos docentes no difieren mucho de los de las escuelas públicas, cuya única ventaja es quizás meramente administrativa al ofrecer mayor dedicación horaria, mayor disciplina y nivel de exigencia y con suerte salones menos congestionados y mejor equipados.
Además, tienen el dudoso privilegio de ofrecer un ambiente social menos diverso (en lo social y en lo intelectual), eminentemente de clase media, donde los estudiantes menos talentosos, problemáticos o en riesgo social son retirados y enviados al sistema público o a escuelas privadas menos exigentes. Este privilegio tiene un alto costo social, con escuelas públicas saturadas con un cuerpo estudiantil demasiado diverso (en lo social, económico y en habilidades de aprendizaje), docentes desmotivados, sobrecargados y con escasa cultura general además de escasas instalaciones físicas en penoso estado ruinoso.
A esto súmele los horarios cortos y las interrupciones constantes al proceso de enseñanza aprendizaje por huelgas y padres de familia semi-analfabetas, con estados maritales inestables y tenemos el cóctel perfecto para los fracasos constantes en las escuelas públicas cuyos estudiantes son “pasados” y terminan muchos llegando a la universidad pública, junto con los estudiantes regulares de escuelas privadas pequeñas o tradicionales, a uno de mis cursos (o el de algún otro colega) para una vez más terminar frustrados, amenazándonos y culpándonos de un fenómeno que se cultivó desde su tierna infancia y del cual el estudiante mismo deberá encontrar la suficiente fuerza de voluntad para superar. No es imposible, si algunos de mi generación lo hicieron, y de la que nos antecedió también, algunos de ellos también podrán.
El autor es arquitecto y urbanista, profesor en la Universidad de Panamá.
