La destrucción de los abuelitos modernos
por Carlos Antonio Solís Tejada
Para la mayoría de los capitalinos, o por lo menos las generaciones nacidas antes de la década de 1990, la Ciudad de Panamá que conocemos es una ciudad relativamente nueva. Tanto es así que aun contamos entre nosotros con personas que fueron testigos conscientes de cada etapa de la inexorable expansión lineal hacia el este que tuvo nuestra ciudad a partir de 1917 con la creación del Barrio de La Exposición y luego de Bella Vista en 1924. Dicha expansión sin lugar a duda creó un nuevo paisaje urbano que reflejó de manera dinámica los estilos más en boga durante la primera mitad del siglo XX e indudablemente constituyó una ciudad relativamente joven y por tanto efímera o impermanente.
Muchos son conscientes de los vistosos estilos ‘Neo-clásico’ y en especial del ´Neo-colonial´ o “Bellavistino”, de muchas residencias del casco urbano de la ciudad. Estas últimas son muy admiradas y amadas hasta el día de hoy por propios y extraños ya que reflejan el espíritu barroco y ecléctico del panameño, constituyendo además todo un símbolo aspiracional. Si no me creen, basta observar la extensa progenie ‘pobre´ del bellavistino, el ´feo-clásico´ que aparece en todos los suburbios capitalinos, con sus falsas columnas salomónicas, sus falsos capiteles corintios, sus colores pasteles o chillones y sus techos de tejalit.
Sin embargo, existe muy poca conciencia de la existencia de otros edificios con estilos también ‘de antaño’ que por sus líneas sencillas y su asociación con la pobreza urbana han sido subestimados y hasta devaluados en la mente barroca arribista de muchos capitalinos. Me refiero a los edificios con influencias, ‘Art-Decó’ y ‘Streamline’ de la primera modernidad panameña, en Curundú, Calidonia, Santa Ana y Bella Vista, los abuelitos de todos los edificios modernos de nuestra ciudad capital.
Si bien es cierto que no todo edificio, por el hecho de ser viejo debe ser forzosamente preservado, si se hace necesario conservar una memoria de nuestra cultura material y de su contexto urbano, aunque sea con los ejemplos más emblemáticos de la primera modernidad mediante un minucioso estudio que sustente su declaración como patrimonio arquitectónico de la ciudad de Panamá. Sin embargo, dado el espacio (m2) que ocupan, estas edificaciones emblemáticas son precisamente las que más peligran y son inmisericordemente desaparecidas por sus dueños junto con los edificios ‘bellavistinos’. Ejemplos claros han sido el Teatro Bellavista y las llamadas Rentas. Igual suerte están a punto de correr la Piscina Adán Gordón (administrada por Pandeportes) y el Edificio Arraiján (administrada por el Banco Hipotecario) ambos en el corregimiento de Calidonia.
Al igual que la Casa Wilcox, dichas edificaciones son la representación material de una época. Tanto la Piscina Adán Gordón como el Edificio Arraiján, dan fe de los primeros esfuerzos del joven estado panameño en proporcionar salud corporal mediante el deporte además de vivienda digna al panameño de ingresos modestos. La demolición de la emblemática plataforma de clavados y de la característica fachada ‘streamline´ de la Casa Club debería constituir un crimen contra el patrimonio arquitectónico, aun cuando las instalaciones de la piscina no hayan sido declaradas como tal. En este sentido Pandeportes y los colegas de Tapia y Watson, deberían reformular el proyecto ya licitado considerando que dicha piscina, junto con el Estadio Juan Demóstenes Arosemena, constituye uno de los únicos vestigios en pie de los IV Juegos Centroamericanos y del Caribe que se celebraron en Panamá en el año de 1938 además de formar parte del escaso patrimonio moderno del país. Por otra parte, está de más decir que es un conjunto arquitectónico con enorme significado en la historia de la natación y el deporte en Panamá y demolerlo sería colaborar en la destrucción del patrimonio deportivo, cultural, arquitectónico y urbanístico de nuestra ciudad.
En el caso del edificio Arraiján (1944), este representó un avance en las políticas de vivienda accesible ofreciendo apartamentos chicos con baño propio, lo cual le distinguía de los caserones de inquilinato de madera con baño único que ofrecía el sector privado. Si bien es comprensible que el innegable estado descuidado y ruinoso de estos proyectos de vivienda los hacen candidatos a ser condenados y derribados, al igual que la Casa Wilcox, estos edificios podrían ser salvables con las técnicas adecuadas para ser puestas en valor para nuevos usos, por ejemplo, como vivienda de alquiler para estudiantes o jóvenes trabajadores solteros.
Es menester que tanto los capitalinos como sus autoridades (MUPA, MIVIOT y PANDEPORTES) comprendan la importancia de preservar en lo posible los aspectos positivos y rescatables de la imagen urbana que ha caracterizado la ciudad de Panamá en diferentes épocas, incluidas las más recientes, de lo contrario se pierde un elemento importante para el fomento del sentido de identidad local entre sus ciudadanos, asociado con la conciencia de formar parte de una historia urbana ininterrumpida que se extiende por décadas y siglos. Este es el mayor atractivo de ciudades como Londres, México o Buenos Aires y constituyen la base visible del potencial turístico de la cultura local. Por tanto, no se trata de ser nostálgicos, más bien de ser conscientes de la trascendencia de nuestras decisiones, dado que al permitir la desaparición física de estos últimos abuelitos, los capitalinos estamos privando a futuras generaciones, propias y extrañas, de una comprensión y apreciación integral de la historia y cultura de nuestra ciudad. Aprovechemos las festividades del V centenario de la fundación de la Ciudad de Panamá para crear consciencia y salvar nuestro patrimonio moderno a través de la conservación de estos abuelitos modernos.
El autor es arquitecto y urbanista
