Reivindicar el valor del sufragio para reivindicar la dignidad humana- Carlos Antonio Solís Tejada
La venta del voto
Observar por los medios nuevos y tradicionales los relatos e imágenes de cientos de personas madrugando para formar largas filas, que luego degeneran en empujones y atropellos, para conseguir un pedazo de jamón subsidiado en las «Naviferias» organizadas por el gobierno nacional, da mucho de que pensar sobre muchos temas que atañen al estado actual de la política criolla en especial el clientelismo político, el discurso demagógico paternalista que lo sostiene y el sentimiento buenista que lo justifica.
Estos tres puntos nos dan las claves del nivel de degradación de la democracia panameña por parte de una ciudadanía que no ha sabido apreciar el valor inestimable de su deber cívico de elegir a sus gobernantes. Este es un privilegio que en muchas partes del mundo no es posible tener y que por fortuna podemos disfrutar en Occidente por virtud de la Democracia, la cual con todas sus imperfecciones, nos permite vivir con mayor libertad comparado a otros regímenes. Sin embargo esto no siempre fue así.
Condicionar el voto: El Sufragio Censatario
Es importante recordar que en muchas partes de Occidente por un largo periodo de la historia de la democracia moderna, el derecho y deber de votar era una franquicia reservada a unos cuantos. Su acceso dependía de la legislación de cada país, pero tenía como denominador común, la exclusión de las masas pobres e iletradas de poder incidir directamente en la gobernanza de un país o ciudad por temor a los problemas políticos que pudiera generar someterse a la tiranía de la turba.
Este régimen electoral en muchos países se daba en la forma del sufragio censatario el cual hacía del voto efectivamente un privilegio de la clase media y alta condicionando este derecho a la tenencia de títulos de tierras, el pago de impuestos o al nivel educativo. El voto por tanto era un bien altamente cotizado que debía ganarse o mantenerse con mucho esfuerzo o astucia dependiendo de cómo se logre la movilidad socio-económica ascendente o se mantenga dicha posición.
Si bien no es mi deseo hacer apología de la exclusión social, me pregunto si el sufragio ha sido devaluado fuertemente al convertirlo en un derecho universal convirtiéndolo en un bien al que se piensa se puede despilfarrar por ser aparentemente de acceso común y gratuito. El gran problema del sufragio universal, es que si bien le da poder efectivo de incidir en la cosa pública a todos sin distinción, su potencial es solo aprovechable para unos cuantos que desean ejercer el poder efectivamente. Esto crea naturalmente una condición de mercado donde cada voto es una mercancía que se valoriza; mientras más oferentes pujen por adquirirlo para su provecho exclusivo, más se valoriza.
Es por ello que es totalmente racional su venta al mejor postor, si se piensa bien, unos venden el voto de forma idealista a la mejor propuesta programática, otros con necesidades más mundanas lo venden de forma realista al que más dinero u oportunidades de subsistencia ofrezca. En otras palabras, unos dan su voto a palabras e ideas que muy probablemente se llevarán el viento, otros a hechos más concretos y tangibles. ¿Quién es más irracional entonces?
También se puede argüir que la incorporación de las masas iletradas y empobrecidas ha sido un logro importante para la salud de las democracias al mantener sus gobiernos teóricamente en contacto con las necesidades más básicas para la subsistencia de los seres humanos: tener que comer, tener donde dormir, estar seguros y poderse mantenerse saludables y contentos en lugar de las elucubraciones ociosas de las elites intelectuales. Sin embargo, en países con niveles de pobreza altísimos se hace necesario debatir abiertamente sobre la pobreza, el rol del individuo y de la sociedad para superarla y cómo esto afecta el mercado electoral y la gobernanza en países como Panamá.
La pobreza: heroes y villanos
Si se observa empírica y/o anecdóticamente las historias paralelas de familiares y conocidos que se han mantenido, salido o caído en la pobreza, uno comprende que en el fondo hay un importante componente psicológico que condiciona a las personas en sociedades libres a pensar que están irremediablemente condenadas a ser pobres o que la vida les ha castigado a dejar una vida privilegiada y perdidos en la ignominia, o alternativamente hay personas que piensan que si tienen el poder de superar su condición. ¿Esto quiere decir que teniendo una mejor autoestima y los valores y actitudes que la estimulan o lo destruyen se resuelve el problema de la pobreza? Ojalá fuese así de sencillo.
Es innegable que todos nacemos bajo circunstancias económicas, sociales y biológicas desiguales que condicionan nuestro punto de partida en la carrera de la vida sin embargo en una sociedad libre como la panameña está en cada individuo decidir cómo sus vidas evolucionarán y evaluar cuanto esfuerzo se está dispuesto poner. En este sentido un flaco favor se les hace en especial a los jóvenes nacidos en pobreza al decirles que su condición se debe a una sociedad malvada o un sistema económico perverso que los condena a vivir así. Este discurso es sumamente dañino al crear sentimientos de impotencia que condicionan a las personas a ser vulnerables a la dependencia y la necesidad de someterse a un patrono del cual dependerán absolutamente para subsistir o buscar el camino de la delincuencia, la violencia, la deshonestidad y el mal vivir en lugar de formarse y educarse trabajando con disciplina poco a poco para procurarse un mejor futuro
Si nuestra sociedad fuera tan malvada y el sistema económico tan perverso, ¿como se explica que en Panamá como en otras partes del mundo, se den millones de historias de movilidad social de éxito; aquellas como la de muchos de nuestros padres o abuelos que decidieron individualmente educarse, trabajar duro o emprender, no para hacerse millonarios o poderosos, sino más bien para avanzar aunque sea un peldaño arriba en la carrera de la vida? Es evidente que las limitaciones existen pero no son insuperables; empero tampoco se puede absolutizar la posibilidad del éxito por esfuerzo propio ni tampoco idealizarlo ya que no todos logran el avance económico de forma legítima y no todos logran ser premiados justamente.
Tomando el punto anterior en consideración, existe el peligro real de vanagloriarse de la ventaja social y sentirse moralmente superior, pero por otro lado no se puede negar y callar el rol de los valores, las ideas, actitudes y creencias en las decisiones que se toman para avanzar en la vida. Estos valores alimentan la esperanza de que los hijos de estos escaladores sociales, avanzásemos uno o dos peldaños más que ellos al ofrecernos nuestros padres una ventaja comparativa relativa a su condición original. No hay que vanagloriarse pero tampoco se debe tener vergüenza de hablar al respecto a quien necesite un consejo para prosperar.
Nótese como el ambiente más óptimo para el avance social es el de una sociedad libre, pero no necesariamente el de una sociedad justa. La libertad, al permitir a todos escoger de acuerdo a nuestros gustos, valores y potencial crea necesariamente desigualdad en los resultados de nuestros esfuerzos sin embargo al mismo tiempo en teoría le permite a todos igual oportunidad de decidir su destino.
La búsqueda de una sociedad justa es positiva siempre y cuando reduzca las brechas entre distintos puntos de partida pero puede ser perjudicial si se convierte en una excusa para buscar una ilusoria igualdad de resultados, esto simplemente va contra la naturaleza misma del ser humano y la sentido de su competitividad colectiva o individual que permite a las sociedades avanzar.
Si se quiere nivelar las brechas en el punto de partida, urge mejorar la calidad del sistema educativo y de salud pública, haciéndolas atractivas para todas las clases sociales. Si bien existen grupos sociales que buscan proveedores de servicios que los separen socialmente de grupos más desaventajados, la mayoría de los que buscan los servicios privados buscan servicios y ambientes cónsonos con su estándar de vida y no necesariamente la exclusión social.
Un ejemplo de ello lo vemos en las escuelas privadas católicas de la Ciudad de Panamá, si bien al principio sirvieron a la elite socioeconómica, hoy por hoy los servicios educativos que ofrecen de una calidad relativamente mayor que la mayoría de las escuelas públicas y privadas son accesibles tanto al hijo de la clase media baja como al hijo del millonario. Lo mismo vale para los hospitales privados. Esto nos indica que existe un potencial para universalizar servicios públicos de calidad en condiciones óptimas, donde ricos y pobres se sientan igual de cómodos y se pueda garantizar un comienzo en condiciones educativas y de salud similares para todos, sin embargo es muy difícil controlar otros factores diferenciadores como la integridad de las familias con presencia de padre y madre, la condición socio económica de las personas o las diferencias biológicas, psicológicas o antropológicas.
El Buenista, el Demagogo y su Padrino
No poder controlar todas las desigualdades y desventajas no debe servir de excusa para tratar de obstaculizar el camino a los aventajados ni de infantilizar a los menos aventajados, el buenismo hace precisamente esto, es de por si un vicio de la nobleza de corazón. Un exceso de bondad hacia los marginados puede crear dependencia al desincentivar el esfuerzo propio al regalar todo desde notas escolares, efectos personales a comida excusándose en las supuestas barreras estructurales que pone una imaginaria elite con motivos malévolos. El buenista trata de proteger como niños a los más pobres de la crueldad de la vida, lo que no se percata el buenista es que muchos de los que trata de proteger tienen vicios de conducta y carácter que deben corregir temprano antes de que sea demasiado tarde.
Al buenista le acompaña el político demagogo aquel que usa en provecho propio las desigualdades sociales para crear en los más desaventajados envidia y resentimiento y en los buenistas un sentimiento de indignación tomando la bandera de la justicia social. Lo más curioso tanto del buenista como del demagogo es que nunca estarán dispuestos a ceder sus privilegios en nombre de la igualdad social, ni tampoco sacrificarán sus vidas y comodidades para lograr elevar el estándar de vida de los más pobres. De hecho muchos buenistas y demagogos viven del cuento, si algún día se erradicara la pobreza se quedarían sin causa y buscarán otro grupo al que defender como niños…de hecho ya está ocurriendo los nuevos pobres son quienes ellos cataloguen creativamente de minorías.
La gran tragedia de la democracia en países pobres es que por lo general es la demagogia, y no la honestidad, el discurso ganador. Lo que hace de la demagogia un discurso ganador frente a la honestidad es que viene acompañado de acciones materiales inmediatas en la forma de ayudas y donaciones. Es así como el demagogo se convierte además en paternalista recibiendo el espaldarazo discursivo de su amigo el buenista y el alimento económico de los grupos de interés que quieren dominar la política del país. El financista se convierte en padrino del demagogo y del buenista, por lo tanto ambos le hacen consciente o inconscientemente el mandado al padrino. Por su parte, el padrino pone a disposición del buenista y el demagogo todo el aparato mediático que junto con el aparato académico perpetua su mensaje y mantiene a raya al honesto.
El demagogo junto con su padrino encarece cada vez más la política al hacer de cada ciclo electoral y de gobierno una competencia desleal de quien dona más y quien promete más trabajos en el gobierno. El buenista sabe que esto no está bien, pero lo justifica intelectualmente en base a la pobreza y necesidad que existe en el país. Lo que escapa de la vista del buenista es que existen distintos tipos y grados de pobreza, no es lo mismo ser pobre en las comarcas indígenas o en algunas comunidades rurales apartadas que ser pobre en la ciudad de Panamá. Como tampoco es lo mismo ser pobre en África comparado a ser pobre en Inglaterra. Para el buenista en la práctica todas las formas de pobreza son iguales y merecen la misma receta: más asistencia pública y poco trabajo en cambios actitudinales. El primero trae cambios superficiales más rápido que el segundo; además el pedir un cambio actitudinal supone para el buenista un juicio de valor que admite el supuesto de que existen valores y formas de vida superiores y otras inferiores lo cual para el buenista»culpabiliza» a quien el ve como víctima de la sociedad.
Para el demagogo como a su padrino estas sutilezas no le son de mucho interés, lo importante es que el buenista les siga manteniendo el cuento. Es así como en Panamá reina el caos, es así como la clase media se encuentra secuestrada y esquilmada por el demagogo, su padrino y el buenista. La clase media se ve obligada, por ley y por deber moral, a pagar la cuenta de los gustos del demagogo sin verdaderamente trabajar (solo seguir las ordenes de su padrino), pagar con sus impuestos los negocios leoninos del padrino con el estado además de la inacción del estado frente a los grandes intereses económico y pagar con sus impuestos la bondad del buenista en forma de asistencia pública, botellas y subsidios a la mayoría de la población sin rendición de cuentas que mantiene la base de votantes contentos y mantiene la maquinaria electoral engrasada, no importa el partido al que se pertenezca.
Lo más patético de todo es que a pesar de ser la clase media la que paga la fiesta, es la que menos voz y voto tiene, primero por ser minoritaria, segundo porque el buenista se encargará de censurarla públicamente como clasista, racista e insolidaria y todos los epítetos que se le ocurra. Peor aún a pesar de ser quien paga es la clase que menos prioridad recibe en los servicios públicos y menos valor por su dinero verá…y no tiene opción.
Para salir de esta situación, la clase media debe: A. Trabajar incansablemente para educar y sacar de la pobreza el mayor número de personas liberándolas de las garras del demagogo, el buenista y sus padrinos B. Tomarse el poder para librarse de sus secuestradores o C. Salir del país y dejar que se pudra. Claramente, el primer camino es el más digno y existen dos herramientas que podría encarrilar al demagogo, al buenista, al padrino y sus dependientes en el camino correcto: El voto censatario o alternativamente el pago universal del impuesto sobre la renta.
El voto censatario, calificaría para votar solamente a aquellos que pagan el impuesto sobre la renta y tienen como mínimo una título de bachillerato. La ventaja de un sistema así es que permite a quienes sostienen al estado tener la voz cantante y evitar así que los que dependen del estado abusen del erario público. La única desventaja sería acallar la voz de una gran mayoría…temporalmente. Puede ser temporal ya que tanto el demagogo, como el buenista y sus padrinos pueden trabajar incansablemente para lograr formalizar a quienes dependen de ellos que viven en la precariedad de la informalidad.
Los negocios informales son microempresas con mucho potencial, sin embargo el informal tiene el mismo problema del profesional independiente, precisa disciplinarse financieramente y laboralmente. Los asalariados lo tienen más fácil pues su patrono por lo general se encarga de inscribirlo en la Caja de Seguro Social y se encarga de pagar sus impuestos tanto el educativo como el de la renta, si es que tiene el nivel de ingreso que lo obliga a pagarlo. Además, el patrono acumula el ingreso diario del asalariado y lo deposita en una cuenta bancaria por el. Al final de cada quincena el patrono se aseguró de crearle un ahorro a su empleado y le obliga a controlar sus gastos al tener que planificarse quincena a quincena o mes a mes, en muchos casos no lo logra, en muchos otros sí.
Dado que el demagogo necesita del voto de los pobres, en un sistema censatario necesitará lograr que sus seguidores paguen impuestos y abran cuentas de ahorros. Al mantenerse constantes y disciplinados en dos años estas personas pueden acceder al crédito bancario. Acceder al crédito le posibilita mejorar su nivel de vida y le obliga a disciplinarse más financieramente, dicha disciplina le ayudará si tiene suerte, a expandir su negocio y convertirse en un pequeño empresario con un área de trabajo más cómoda, equipo y maquinaria que le permita ejercer mejor su negocio. Si tienen éxito estos pequeños empresarios contratarán personal impactando inmediatamente en la vida de sus vecinos. Esto los independiza efectivamente de sus benefactores aunque mantendrá con ellos un lazo de gratitud que se debilitará con el tiempo.
La otra manera que se puede aumentar la base de votantes es universalizar el pago del impuesto sobre la renta esto si bien le dará un dolor de bolsillo a los más pobres, ese dolor de bolsillo le hará cuestionar que hacen con su plata al político demagogo además de obligar a los informales a salir de la informalidad para poder ser representados. Al formalizar a los informales es muy posible que desaparezca paulatinamente el clientelismo al incrementar los llamados a mayor transparencia, sacar a muchos del desempleo al permitir a muchos jóvenes estudiar y estos eventualmente exigirán mejor educación, mejores servicios de salud y mejor transporte y finalmente estos al ingresar felizmente a la clase media deberán paulatinamente exigir la profesionalización y meritocracia en la administración pública.
En fin es posible que al revalorar el sufragio haciéndolo una franquicia exclusiva para quienes les importa e interesa la política puede ser positivo siempre y cuando se busque ampliar esa base de votantes sacándolos de la informalidad y educándolos a contribuir al fisco y mejorar su vida; es allí donde el buenista será de gran ayuda y recibirá toda la ayuda del político honesto. Es paradójico que lo que antes tuvo una connotación excluyente, tenga que regresar para incluir efectivamente a quienes formalmente están incluidos pero que en la práctica han vendido su voz al mejor postor, con efectos dañinos para si y el resto de la sociedad.
