La Ciudad Espléndida

Observaciones urbanas para una sociedad más humana

La ciudad egoísta

Publicado el 18 mar 2016 – 03:08h, en el diario La Prensa, Ciudad de Panamáegoista-Carlos-Antonio-Solis-Tejada_LPRIMA20160318_0045_1

En el griego antiguo el adjetivo idiota describía a una persona ignorante, sin habilidad alguna, ordinaria y sin sentido de ciudadanía. Se consideraba que se nacía idiota (o ignorante) y que solo, mediante la educación (o el amor a la sabiduría), uno se convertía en ciudadano. Por lo tanto, un idiota, por su ignorancia –en el sentido más integral de la palabra– era una persona centrada en sí misma, sin participación, preocupación u opinión alguna en los asuntos públicos, y que solo se concentraba en los asuntos propios. Así, el idiota o ignorante era esencialmente egoísta, y en este sentido el egoísmo es signo de ignorancia e incivilidad.

Soy un fiel convencido de que nuestra ciudad, como muchas otras del mundo contemporáneo, ha sido construida por egoístas. Este egoísmo permea todos los estratos económicos, los niveles de instrucción formal e informal y los distintos grados de poder en nuestra sociedad. Si se tiene alguna duda, basta observar la ciudad bidimensionalmente, en un mapa; tridimensionalmente, en su realidad material, con sus escalas a nivel de calles, y hasta tetradimensionalmente, con sus olores y ruidos.

Sobre el mapa, en lugar de una urbe compacta, densa y eficiente, se evidencia una ciudad fragmentada que se expande al infinito, con urbanizaciones privadas de bajísima densidad, contenidas en sí mismas con toda clase de barreras. Verdaderos campos de concentración para uso exclusivo residencial, con poca o nula conexión entre sí, por expresa y egoísta voluntad de sus promotores, diseñadores y residentes, en la búsqueda del paraíso de la “privacidad”.

También se ve este egoísmo en los barrios informales concebidos como repartición de un botín robado a grandes y egoístas latifundistas, lo que convierte a sus nuevos dueños en pequeños y egoístas minifundistas, bajo el beneplácito egoísta de políticos electoreros que, en lugar evitar esos purgatorios urbanos, con políticas de vivienda efectivas y justas, prefieren hacer posible el “sueño”–o pesadilla– de un pedazo de tierra gratuito, con los impuestos de los demás, que pagamos la sobreextensión irracional de los sistemas de infraestructura pública urbana.

En muchas de estas zonas residenciales, el egoísmo de sus residentes no tiene parangón, cuando surge un problema de seguridad prefieren encerrarse tras barrotes, murallas y alarmas, en vez de prevenir y controlar el delito, atendiendo los problemas sociales subyacentes. Cuando surge un problema de movilidad urbana, lo resuelven comprando carros a egoístas empresarios del sector automotriz, a quienes no les conviene un mejor transporte público. Muchos egoístas dueños de autos y de establecimientos comerciales, residenciales y oficinas, ante la falta de estacionamientos solventan su problema particular ocupando las servidumbres, isletas y aceras públicas, en lugar de invertir en edificios de estacionamiento y pequeños circuitos de transporte público. Tanto en urbanizaciones formales e informales, en edificios de vivienda de interés social como en grandes condominios, las áreas comunes son tierra de nadie, pues no se quiere pagar por su mantenimiento y, muchas veces, quedan sujetas a la depredación o apropiación egoísta de algunos residentes, lo que desmejora la calidad del ambiente urbano.

El nivel de egoísmo de los promotores entra en colusión con el de los consumidores en el esfuerzo por exprimir cada metro cuadrado, concibiendo grandes zonas monótonas y con la casi nula dotación de áreas públicas, comerciales o institucionales. Esto hace que, por necesidad, sean tardía y malamente resueltas por los pequeños empresarios emergentes, que violan los códigos de zonificación diseñados para mantener la monotonía de esos engendros urbanos. Esta es una preocupación que no encuentra solución satisfactoria, a menos que se hagan heroicos esfuerzos de planificación, sacrificando parte de las áreas residenciales, con grandes inversiones, para ubicar de manera adecuada las escuelas, centros médicos, templos, estaciones de policía, y áreas comerciales, de trabajo, ocio y esparcimiento, así como edificios de apartamentos. Estas áreas crean comunidades, no ciudades dormitorio, por lo que debieron concebirse antes.

No contentos con el caos creado “haciendo ciudad”, los bancos, promotores, arquitectos, constructores y consumidores unen fuerzas egoístas para sembrar torres, so pretexto de ayudar a densificar; además, de plantar centros comerciales o de oficinas, so pretexto de satisfacer necesidades del mercado, sin ninguna planificación que indicase la manera apropiada de hacerlo, ni estudios de mercado independientes que lo sustenten. En su lugar, aducen que los procesos de planificación y estudio le restan dinamismo y dinero a sus emprendimientos. Como resultado, tenemos torres de oficinas y residenciales semivacías, vendidas a inversionistas, pero con pocos residentes; y centros comerciales que le roban al espacio público, quitando aceras y áreas verdes, en lugar de aportar al paisajismo.

En el camino se pasaron, con aplanadora, la voluntad de quienes ya vivían en esas zonas mal urbanizadas. Si bien algunos de estos residentes se aferran al carácter mal planificado de sus monótonas zonas residenciales, la verdad es que las violentas imposiciones de los “hacedores de ciudad” no han dado cabida al diálogo sesudo que hubiese permitido planificar el espacio urbano, de forma científica y con todos los actores involucrados. La solución no es fácil, todo comienza por dar el salto cualitativo y pasar de “idiotas” a ciudadanos, para entonces estar en condición de reconfigurar nuestra urbe en una ciudad generosa con sus habitantes y sus visitantes.

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De este escrito surgió el primer conversatorio sobre La Ciudad Egoísta en la Sociedad Panameña de Ingenieros y Arquitectos el miércoles 23 de marzo de 2016 el cual contó con la participación de miembros de la Red Ciudadana Urbana.

Vean los enlaces siguientes.

Primer Conversatorio. La Ciudad Egoista 23.03.2016

1er Conversatorio sobre la Ciudad Egoista. Parte 2

Urbanismo Panameño. Una oportunidad perdida

Publicado el 18 feb 2016 – 02:02h en el diario La Prensa, Ciudad de Panamá

 

El 15 de febrero de 2016, el alcalde de la ciudad de Panamá, durante una presentación de su plan de acción, ante la Sociedad Panameña de Ingenieros y Arquitectos (SPIA), dijo algo que nos debe preocupar a todos los profesionales del urbanismo. Al ser cuestionado por un colega, miembro de la Junta Municipal de Planificación, sobre las condiciones excluyentes hacia el profesional panameño por parte del pliego de cargos del estudio del Plan Parcial de Ordenamiento Territorial de San Francisco, el alcalde contestó que los profesionales locales no tenemos experiencia en planificación, algo que la directiva actual de la SPIA no supo responder con contundencia.

No es cierto que no exista la experiencia ni la capacidad; los planes y normas desarrollados hasta el momento atestiguan la experiencia local, aun cuando su ejecución deje mucho que desear. Sin embargo, no debemos temer a los errores, porque mediante un buen proceso de aprendizaje de estos se puede ir perfeccionando el ejercicio urbanístico. En este sentido es clave la inclusión de las instituciones académicas en ese proceso de aprendizaje. Además, quien estas líneas escribe, logró reclutar un equipo panameño con la formación necesaria, con la intención de licitar.

La empresa Idom, que por cierto ya está trabajando con el municipio y el Metro de Panamá en proyectos financiados por el Banco Interamericano de Desarrollo, resultó ganadora, a pesar de no cumplir con lo exigido por la Ley 15, de 1959 (al tener una mayoría de profesionales extranjeros) ni reunir los requisitos del pliego que exigían maestrías en diversas especialidades, y aceptar licenciaturas españolas como equivalentes a títulos de maestría, sin ser validadas por la Universidad de Panamá, además de otra serie de irregularidades.

Más pudo el apuro de tenerlo todo listo de cara a las elecciones presidenciales de 2019, que el deseo de dejar un legado permanente al país.

El alcalde habla de empoderarnos en el proceso de planificación, sin embargo, este proceso es excluyente de la participación económica del profesional panameño. No basta con darle a firmas jóvenes proyectos de planificación más pequeños, como los de calle Uruguay y vía Argentina; si queremos construir las capacidades locales, es necesario facilitar la participación de las empresas y profesionales del patio en proyectos más complejos, privilegiando su contratación al diseñar los pliegos de cargos, de manera más flexible y teniendo en mente el desarrollo de las capacidades locales. Por tanto, buscar a expertos foráneos, como desea hacer el municipio, resulta contraproducente.

Si bien los extranjeros pueden contribuir con nuevas y valiosas perspectivas, estos se llevan su know-how global y local fuera del país, además de acarrear gastos al contribuyente en pasajes aéreos, honorarios internacionales, vivienda, gastos legales… a menos que hagan todo a control remoto con nuestros impuestos, sin pagar ellos impuestos locales. Los consultores internacionales nos podrían asistir fortaleciendo las capacidades faltantes del municipio y panameñizando así su conocimiento, para lograr la autosuficiencia local, algo que está en el espíritu de la Ley 15 de 1959.

Creo que está de más recordarle a la ciudadanía que la mayoría de los profesionales urbanistas en Panamá, incluyendo este servidor, tienen formación y hasta experiencia, tanto en Europa como en Estados Unidos, lo que ha servido de base para crear el equipo de la Dirección de Planificación Urbana del Municipio de Panamá, y es la base de expertos con la que cuentan las empresas establecidas en este país. Sin embargo, el municipio decidió perder una oportunidad para hacer avanzar el desarrollo del urbanismo local.

Por ello, para evitar esta clase de despropósitos y avanzar al desarrollo de las ciencias urbanas y de la planificación, es necesario crear esta carrera especializada e integrar a todos los profesionales de distintas disciplinas, especialistas en el tema (no solo a arquitectos e ingenieros) y protegerlos, mediante una ley de carrera, y un gremio que la regule, fortalezca y defienda. Esto es necesario para cimentar la descentralización con el recurso humano para el desarrollo de los planes locales, distritales y regionales, y su actualización; además de fortalecer la capacidad institucional de los municipios con la mayor disponibilidad de planificadores experimentados. Algo que, paulatinamente, tendrá su influencia en el sector inmobiliario. El Municipio de Panamá tiene la clave para comenzar este proceso.

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Hacer buen urbanismo es rentable para todos

Publicado el 02 ene 2016 – 00:46h en el diario La Prensa, Ciudad de Panamá

Según las estadísticas oficiales, en 2015 la economía panameña perdió fuerza porque uno de sus motores, la industria de la construcción, mermó. No obstante, según el análisis alternativo de miembros de la Red Ciudadana Urbana, esta leve desaceleración es un ajuste ante la manera insostenible y anárquica con que se dio el boom inmobiliario. Para ellos, el estado de anarquía era tal que el cortoplacismo, la avaricia, la politiquería, el juega vivo y, ¿por qué no?, la vanidad de los últimos gobiernos, pudo más que el desarrollo urbano planificado y ordenado que hubiera rendido más y mejores frutos. Como urbanista, para mí este es un punto de vista que vale la pena considerar objetivamente.

De este caos han surgido ciudadanos conscientes que han tenido que enfrentar la anarquía reinante y dar a entender a la actual administración nacional y municipal que deberían intervenir. Es importante entender que, contrario a lo que dicen los medios y los poderes económicos, estos ciudadanos creen en el desarrollo económico pensado, ordenado y sostenible, y no están en contra del sector inmobiliario. Solo exigen que se cumplan las leyes y su espíritu, que se respete a la gente y se prefieran siempre las mejores prácticas urbanísticas, arquitectónicas y constructivas. Algo en que todos podemos estar de acuerdo. En pocas palabras, para estos ciudadanos si el sector inmobiliario y la industria de la construcción hubieran hecho las cosas bien desde el principio, estaríamos ahora mismo gozando no solo de crecimiento económico, sino de un alto nivel de desarrollo humano.

Si bien es cierto que un Estado excesivamente burocrático puede convertirse en ineficiente y corrupto, es necesario que el sector inmobiliario y de la construcción reconozca que no se pueden pasar por alto los derechos de las personas –cuya única defensa es la ley y las normas urbanísticas– so pretexto de la ineficiencia estatal y un falso desarrollismo. Es necesario que todos los panameños comprendamos que las leyes y normas urbanísticas y ambientales, con sus detalles técnicos, existen para garantizar un ambiente armonioso y de confort, además de la seguridad de todos, tanto en el presente como en el futuro, y no están para estorbar la libertad de empresa y el pleno goce y disfrute de la propiedad privada, ni violentar la seguridad jurídica de las inversiones, ni impedir, porque sí, el desarrollo inmobiliario.

Es un principio democrático básico que la libertad de empresa y la propiedad privada deben siempre responder y supeditarse al bien común y a la seguridad jurídica ciudadana, y bajo ninguna circunstancia puede someterse dicho bien común exclusivamente al beneficio económico de algunos grupos de poder financiero. Pues de nada vale tener crecimiento económico si no se traduce en mejor calidad de vida para todos.

Me parece entonces importante que en 2016 el sector inmobiliario reactive la economía haciendo las cosas bien, invitando a los pocos que dañan la imagen del sector a que dejen atrás los atajos y el “juegavivismo”. Sentémonos juntos en pie de igualdad y planifiquemos con ganas el futuro de nuestras urbes y así, mancomunadamente, podamos decidir y honrar nuevas reglas del juego que alineen a ciudadanos, empresas y gobierno con el fin de ofrecerle al país una mejor calidad de vida. Hagamos un frente común para que el Estado sea más eficiente en la aplicación de las normas, premiando y estimulando al que hace las cosas bien y castigando con firmeza a las personas naturales y jurídicas que violenten las normas. Este es el futuro que nos conviene a todos. Hagamos que 2016 sea realmente feliz, construyendo, juntos, la ciudad que queremos.

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