La Ciudad Espléndida

Observaciones urbanas para una sociedad más humana

La Habana en Panamá: Una historia de dos Ciudades.

Antes de la Revolución, La Habana era una ciudad emergente sostenida por las ganancias del azúcar, convirtiéndola en un imán para el capital extranjero y de gente ambiciosa, era una ciudad plena de actividad comercial, su mercado de bienes raíces bullía en movimiento y sus corruptos gobiernos realizaban grandes obras publicas. En muchos sentidos, La Habana de los década de 1950 fue la precursora de ciudades como Panamá en el Siglo XXI. Esta característica notable de La Habana contrastaba con las enormes disparidades en el poder adquisitivo de sus habitantes.Aunque hay que hacer la salvedad de que en las cuarterías y solares de la ciudad colonial y en los tugurios de las afueras solo vivían cerca del 6%de su población y la distribución de la riqueza de Cuba era de las menos mal repartidas en América Latina .

A pesar de esto, en La Habana como en Panamá el grueso de las enormes ganancias de su bonanza económica fueron a parar a un puñado de familias y políticos corruptos que especulaban con la tierra a precios exorbitantes en las mejores ubicaciones, mientras que lentamente empujaban a la clase media y a los pobres hacia areas fuera de la ciudad con pobre acceso a servicios públicos. Este marco socio-económico urbano sirvió de caldo de cultivo perfecto para la frustración y el resentimiento entre aquellos cubanos marginados de la ciudad y de la prosperidad desembocando en la Revolución Cubana de 1959, recibida efusivamente por todos los habaneros de todos los estratos sociales pues traía consigo una promesa de justicia económica para todos los cubanos, independientemente de su condición social, el fin de la corrupción política que caracterizo la Cuba republicana y el perfeccionamiento de la democracia, una promesa escasamente cumplida a un alto precio para la libertad y los derechos humanos de los cubanos.

Para decir la verdad si bien la dictadura civil de Fulgencio Batista fue la apoteosis de la corrupción institucional, esta no la había inventado, solo la llevo a su máxima expresión, un proceso que había comenzado desde que se declaro la Republica de Cuba en 1902.
Tomando en cuenta estas referencias históricas, la profundización de la crisis política en Panamá, cada día recuerda las condiciones políticas, económicas y sociales que desembocaron en el descalabro económico y social en que se convirtió la Revolución Cubana. Estas eran: un país con un alto desarrollo económico con ciertos avances sociales y con una creciente capa media que representa mas del treinta por ciento de la población que la posiciona como uno de los países mas ricos y desarrollados de la región pero con una riqueza mal distribuida entre la ciudad y el campo y entre ricos y pobres y una clase dirigente con una comprensión primitiva de la política y del estado como la (mal)repartición del botín entre unos cuantos y en desmedro de los demás en lugar de un servicio que se le presta a la sociedad y una elite económica con un pobre concepto de su función como mayordomos y no dueños de la riqueza del país.
Con el colapso de la alianza y probable exposición de la corruptela Panameñista-Martinellista los panameños una vez mas seremos recordados hasta que punto la corrupción, el poco importa y el juega vivo han carcomido nuestra sociedad como lo hizo el régimen batistiano en Cuba deslegitimando aun mas los partidos políticos y abriéndole las puertas a la izquierda radical como ocurrió en La Habana y como ocurrió en Caracas… y si no tenemos cuidado ocurrirá en Panamá.

Cuba y Venezuela eran sociedades cuya gente no emigraba, pero cuyos sistemas políticos y económicos colapsaron y fueron presa de la frustración popular que puso en el poder a políticos demagogos y populistas que por lo menos les dan, quizás , migajas mas grandes que las que les daba el antiguo régimen ‘democrático’  terminando por destruir su economía mandando al exilio a su capital humano acumulado y desmantelado un desarrollo económico construido por el esfuerzo de generaciones de cubanos y venezolanos. Es preocupante el surgimiento de partidos como el FAD y el PAP pues a pesar de su aparente insignificancia política, en la presente coyuntura cualquiera con suficiente habilidad de manipulación política de las masas puede montarse en la ola de desencanto y frustración y destruir en 2014 lo que imperfectamente hemos construido desde 1903.

Ya Cambio Democrático, demostró esta posibilidad y en su afán por enquistarse en el poder, quizás sin querer, le ha abierto las puertas a otros, como decimos en buen panameño, ‘trabajando para el ingles’ para que se tomen el poder al desmantelar el ‘status quo’ político. Por tanto es hora de que los panameños tomemos conciencia de las lecciones de la historia latinoamericana reciente y no permitamos que se repita en nuestro país. ¿Que piensan?

´Déjà vu´ político: Carlos Antonio Solís-Tejada

Publicado en Diario La Prensa 8 de septiembre de 2011

El colapso de la Alianza por el Cambio tiene reminiscencias a dos hechos anteriores, el primero la expulsión del PDC del gobierno de Endara por, supuestamente, hacerle oposición, ser arrogantes, además de espiar y conspirar su derrocamiento desde el Ministerio de Gobierno y Justicia, bajo el entonces vicepresidente Ricardo Arias Calderón. Con la alianza rota, el destino del hoy Partido Popular ha sido, desde entonces, subsistir a la espera de recobrar la gloria y credibilidad perdidas.

El 30 de agosto de 2011, después 25 meses en el gobierno y 20 años después de la expulsión del PDC, Cambio Democrático le aplica su propia medicina a los hoy panameñistas, justicia divina tardía dirá alguno. Pero ¿por que? y ¿para qué? Esto nos trae al segundo hecho histórico las luchas de las elites que sirvieron de fondo al golpe de 1968, cuando la Guardia Nacional –en componenda con la elite no tradicional– derroca al gobierno Panameñista representante de la elite tradicional. Al considerar estos antecedentes, no sorprende lo ocurrido, porque es la clásica lucha por el poder entre las elites tradicionales y no tradicionales. Bajo esta luz, se entiende que la oposición a la segunda vuelta, del panameñismo y el PRD, no es una defensa a ultranza de la democracia, sino del viejo orden que Cambio Democrático destruyó en 2009. En esta clase de luchas, a los sectores medios y populares, nos toca hacer de espectadores o peones de batalla, una vez dirimida la lucha tendremos claro el rumbo del país. Sin embargo, me parece menester hacer varias preguntas: ¿Cuál es la agenda detrás de un plan tan fríamente calculado, cuya eficiente ejecución hemos visto en los últimos 25 meses? y ¿Cuáles serán las nuevas fracturas políticas que surgirán a partir de 2011?

Caracterizar estas fracturas, ideológicamente, sería inexacto, pero útil para el análisis. Posiblemente se dé un frente anti-CD, evolucionando en un partido de centro centro izquierda contra el nuevo régimen de centro derecha del partido único que monopoliza los tres poderes y busca una prensa cortesana. Aun sin una clara agenda política, CD posiblemente se decante por un modelo de desarrollo económico neoliberal a ultranza; sin embargo, su proyecto social permanece en el misterio… Y si aún no lo tienen he aquí una clave ¿Buscará CD ampliar la escalera de la movilidad social en Panamá o la pateará? Sería revolucionario si esta facción ascendente de la elite panameña rompiera el frustrante techo de vidrio que segrega a tantos obreros, profesionales, técnicos y pequeños empresarios de las mieles de nuestra actual bonanza. Una política económica y social que busque ampliar el acceso a las oportunidades laborales-salariales, educativas, empresariales y de bienestar social es el legítimo cambio que esperamos los panameños, no migajas ni una autocracia rapaz y autística. En el ínterin sigamos vigilantes y pongamos freno a toda política perniciosa a los altos intereses del país.

Quitándose la careta

Publicado en La Estrella de Panama 04-10-2011

H ace poco el semanario británico ‘The Economist’ publicó un tardío artículo sobre la ruptura de la alianza de gobierno. Este artículo hubiese pasado desapercibido a no ser por la un tanto descarada respuesta del ministro de la Presidencia, Demetrio Papadimitriu, donde entre otras cosas acusa al semanario de ‘faltar al sentido común y a la verdad’ y lanza perlas como esta: ‘… un nivel de gobernabilidad óptimo no puede ser alcanzado cuando se comienza con el 70 por ciento del país en oposición… alcanzar una mayoría es vital para asegurar la legitimidad y estabilidad democráticas, las cuales son clave para el crecimiento económico y el desarrollo continuos’.

Una aseveración bastante discutible, si se toma en cuenta otras experiencias de democracias pluralistas en Europa y las Américas donde se gobierna mediante alianzas y coaliciones a veces forzadas por deber con el electorado como pasó en Alemania en 2005 o en el Reino Unido en 2010.

Al parecer al Sr. Papadimitriu y CD, además de tener la ilusión de que el mismo porcentaje que los eligió seguirá apoyando su gobierno siempre (un mito siempre desmentido por las encuestas de opinión), parece no entender que la gobernabilidad democrática no requiere tener al 70 por ciento de la población cuadrados con el político ni su partido.

Precisamente una de las virtudes de un sistema multipartidista es la necesidad en que se ven los políticos de negociar agendas y ser más inclusivos buscando consensos. Pero para personeros del gobierno como el ministro de Seguridad Pública, José Raúl Mulino, que han dicho con anterioridad que vinieron a ejercer el poder y que no van a cogobernar con la sociedad civil ni con nadie, está más que claro que aquel arte de buscar consensos que debería ser la democracia no es algo que les interese, sino pregúntenle a los panameñistas. Sin embargo, Cambio Democrático, pese a todo, quiere gobernar autoritariamente, pero bajo un discurso ‘democrático’, algo que los hace más afines a los regímenes estalinistas y fascistas que a las democracias liberales.

El Sr. Papadimitriu, al hablar sobre el tema del candidato propio de CD con cierta arrogancia, cree estar tratando con gente ignorante y obvia el hecho de haber roto la palabra empeñada, y el valor que eso tiene, al desconocer los acuerdos pactados previamente con los panameñistas y pasa a justifica la acción invocando los principios de pluralidad y competitividad en las elecciones, en clara burla a nuestro sentido común y nuestro sentido de la decencia y el honor.

Es mi parecer que lo que más debe indignarnos a los panameños, además de la inestabilidad política a la cual han sometido irresponsablemente nuestro país nuestros gobernantes, debe indignarnos la decadencia moral a la que han llegado, donde han entronizado de forma descarada el engaño, la mentira y el doble discurso como medios legítimos para alcanzar el poder. No es que esto no se haya dado antes, pero, ¿con tanta desfachatez?, ¿sin guardar siquiera las apariencias? En mis 30 años de vida solo recuerdo haber leído sobre cosas así… en la Edad Media. Ojalá no estemos a las puertas del oscurantismo liderado por mercachifles sin ningún sentido del honor ni la decencia.